¿La Inquisición un avance en el proceso penal de su tiempo?

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Por Mikel Arizaleta 

Interesante el artículo publicado por Dietmar Pieper en Der Spiegel sobre cómo “La Inquisición” supuso un avance en las prácticas sancionadoras de su tiempo.

El tema de fondo era: ¿cómo obtener la verdad en un tribunal? En la duda la gente durante largo tiempo apeló a dios, porque se fiaba de él. De modo que cuando no se lograba el esclarecimiento mediante el interrogatorio a sospechosos o los testimonios de los testigos, los jueces apelaban a la instancia del altísimo, obteniendo una sentencia divina. Y ésta fue práctica  procesal usual desde principios de la Edad Media hasta entrado el siglo 13, hasta que el papa modificó el proceder procesual substancialmente, oponiéndose  a aquella práctica común de, en caso de duda, recurrir al mismísimo santísimo dios, que pronunciaba sentencia. Claro está, la respuesta divina venía por boca clerical. Luego, en muchos casos, ante casos espinosos y controvertidos papas, cardenales y obispos han seguido recurriendo al espíritu santo, que era otra forma de divinizar su santísima voluntad clerical.

En noviembre de 1215 el papa Inocencio III convocó a más de 1000 obispos, abades, patriarcas y metropolitanos a un concilio en Roma. Fue la reunión eclesial, el cónclave, más importante de la Edad Media. Una de las conclusiones de este IV Concilio de Letrán fue prohibir a los sacerdotes intervenir en las sentencias. Ya no había apelo a dios. En un mundo en el que la Iglesia se metía y mandaba en todo con esta decisión se privó de base y fundamento a los procesos usuales, practicados desde siglos.

En este IV Concilio de Letrán se analizó y estudió por primera vez un hecho intraeclesial, es decir, del modo y manera que se trataban y juzgaban las acusaciones contra clérigos. El concilio dispuso que en adelante se procediera “per inquisitionem”. Y de este modo la palabra entra en el mundo, que con el tiempo se iba a convertir en una de las palabras más horribles y espantosas: la Inquisición.

El procedimiento judicial, examinar mediante demandas, “per inquisitionem”, terminó convirtiéndose en un instrumento del poder de la Iglesia sobre los creyentes matón, temible y, hasta hoy, desacreditado. Pero la imagen dibujada de ella con frecuencia es incompleta y muy equivocada. Porque en un principio la Inquisición fue un avance, un gran paso. Fue algo moderno, menos brutal y degenerador de lo que creemos.

Que en el  laterano se prohibiera la sentencia divina y se estableciera e impusiera el procedimiento judicial “per inquisitionem” no fue mera casualidad. Quien hoy día pretenda entender el advenimiento de la Inquisición hace bien en examinar con cierto detalle el método del hallazgo de la verdad, utilizado entonces en la sentencia divina.

Por ejemplo en la prueba de las tres rejas rusientes. Los hierros, se dice en una fuente jurídica del siglo 13, deben estar separados entre sí por un paso, deben estar colocados en el suelo y ser del tamaño “de la planta de pie de un hombre, de la longitud del talón hasta el metatarso”. Quien pasaba de lado era, de inmediato, considerado convicto, culpable. Si daba uno de los tres pasos sobre esa plantilla de hierro candente “se debía esperar la evolución vendando la quemazón con cera durante tres días, y luego observar a la persona detenidamente para juzgar si se le debía mandar a la hoguera o no”.

Por lo que las sentencias divinas dejaban un gran espacio al arbitrio humano. Piel quemada puede indicar inocente, sobre todo si las manos y los pies presentaban callos forjados por un duro trabajo. Por eso no sorprende que en el siglo 13 un cronista asegurara en Varad, zona entonces húngara hoy rumana: en 306 procedimientos judiciales, según tradición, tan sólo tuvo lugar una sentencia divina mediante el procedimiento de los hierros candentes; en 210 casos los jueces les declararon inocentes.

Es cierto que siguió habiendo críticas de sentencias en las que se hacía intervenir al altísimo en asuntos terrenales. En el s. 9 el arzobispo Agobardo de Lyon se enfadó y airó ante el pensamiento de que la voluntad de dios se manifestara en duelos y desafíos: “Como si el todopoderoso tuviera que servir a las hostilidades o triquiñuelas humanas”.

Es de suponer, en esa mentalidad, que cuando el mismo dios se involucra en un proceso se descarta en él error alguno. Pero el hecho era que, a pesar de todo, había sentencias erróneas. Así el papa Alejandro III (1100-1181) cuando echó en falta una valiosa copa hizo someter a la prueba de las rejas a un sospechoso. El hombre fue condenado, y más tarde se supo que el ladrón fue otro.

En el siglo 12 el tiempo era propicio, estaba ya maduro para cuestionar en serio las sentencias divinas. El historiador Peter Dinzelbacher observa en el teólogo parisino Petrus Cantor -a cuyas clases asistió también quien más tarde sería el papa Inocencio III- “un gran escepticismo escolástico, muy racional”. Petrus Cantor  enumeró y relató con minuciosidad y detalle los numerosos disparates y las múltiples contradicciones detectadas y habidas en las sentencias divinas. Y cuestionó el que la voluntad de dios se manifestara realmente en las sentencias divinas. Y se preguntó ¿por qué la Iglesia no utiliza un instrumento, si supuestamente es tan poderoso, para convertir a los paganos?

El que la dirección de la Iglesia, en el IV Concilio de Letrán, se apartara de las sentencias divinas fue, por tanto, lógico. Es cierto, la vieja práctica no se modificó de inmediato y en todas partes. Pero es intransigente y duro el tono, que el emperador Federico II años utiliza después del concilio en las “Constituciones de Melfi” (1231) -obra de normas jurídicas para el reino de Sicilia bajo su dominio-. En ella el monarca exigía “que se extirpe esa mentalidad de quienes confían que el calor natural del hierro rusiente disminuiría o, lo que todavía es más idiota, se enfriaría caso de ser el acusado inocente”.

El cambio de mentalidad y de práctica jurídica en los procesos se hizo esperar, fue lento. El dejar de lado la sentencia divina forma parte de una revolución fundamental, llevada a cabo entre el s. 11 al 13: los hombres se descubrieron como tales, hicieron uso de su capacidad de pensar y de la argumentación racional, e intentaron regular sus asuntos sin ayuda del altísimo.

Sin duda alguna fue un paso adelante, que conllevó nuevos problemas. Mientras dios sentenciaba no cabía duda en las pruebas de un proceso judicial (al menos en teoría), pero cuando  fueron los hombres quienes debían tener la última palabra surgieron graves preguntas: ¿Qué pruebas son obligatorias en un proceso? ¿Qué hacer cuando las afirmaciones de los testigos son contradictorias? ¿Cómo se prueba si una  confesión, una declaración,  es verdadera y completa?

En el intento de hallar respuestas a estas preguntas, que surgen sin  intervención del dedo divino y el milagro, anida el tuétano del nuevo proceso judicial “per inquisitionen”, mediante indagaciones.

Lo que pensaron e idearon los juristas de la Inquisición para obtener la verdad fue muy racional. El historiador de Dresde, Gerd Schwerhoff, resume lo que caracterizó a los procesos de la Inquisición, que comenzaron en el s. 13: frente a técnicas de ocultación y encubrimiento técnicas de interrogación orientadas al futuro y el empleo metódico del registro de notas y apuntes indagados”.

Apuntes y notas sistematizadas se convirtieron en arma afilada, de modo parecido a los servicios de información modernos. En sus actas los inquisidores cruzaban pruebas, afirmaciones de ahora y antes, comparaban interrogatorios habidos…, que les ayudaran a detectar contradicciones y mentiras en los procesos dirigidos por ellos. Un ejemplo sacado del pueblecillo del sur de Francia, Villeneuve-la-Comtal: En un interrogatorio en el año 1246 un hombre llamado Guillaume Bonet atestigua que simpatizó con los cátaros perseguidos por la Iglesia católica, pero que jamás  asistió a una determinada ceremonia cátara denominada “melioramentum”. Pero el hecho fue que Guillaume Bonet, ya en otra anterior toma de declaración, había admitido haber participado en el rito cátaro. Cuando el inquisidor le leyó en su presencia el protocolo de su anterior interrogatorio no tuvo más remedio que admitir su mentira.

Cabezas pensantes y dirigentes de la Inquisición redactaron  manuales extensos, en los que entre otras cosas exponían con que técnicas de interrogatorio y psíquicas se podía llegar a obtener la verdad. Tuvo gran resonancia el “Directorium Inquisitorum” del catalán Nicolás Eymerich (1320-1399). En él el monje dominico exponía diez modos y maneras de cómo los acusados “esconden o silencian sus  engaños y errores”, “simulan enfermedades” o “se hacen los tontos”.

Sobre todo en la inhumana lucha contra el hereje fue por lo que se hizo tan tristemente famosa la Inquisición. La herejía, el apartamiento de las reglas de fe de la Iglesia, ya en los primeros tiempos condujo y llevó a amargas y encendidas disputas; incluso hay documentadas algunas pocas ejecuciones de herejes. Pero los disidentes, desde el punto de vista del papado, llegan a convertirse en el gran problema eclesial por primera vez en el s. 12, con el movimiento de los cátaros (ketzer-kattus-cathari). El nombre proviene del griego “katharos”, puro, que a veces se asoció con el latín cattus, gato. Asociación que explica el supuesto ritual de besar el culo del gato como animal del demonio, según Alanus ab Insulis: quia osculantur posteriora cati, in cujus specie ut dicunt apparet eis Lucifer. Ritual de este tipo, conocido como osculum infame, se describe en Vox in Rama (1233) por el papa Gregorio IX

Los cátaros ansiaban y perseguían ideales ascéticos y rechazaban la mayoría de sacramentos, como el matrimonio y, sobre todo, el sexo. Su visión del mundo era dualista: aquí dios y el alma pura, allí Satán y el malévolo mundo creado por él. Sus bastiones los tenían en el sur de Francia y en el norte de Italia, pero también en otros lares halló clientela el movimiento cátaro. Sobre todo en Occitania, una región del sur de Francia por entonces políticamente muy autónoma, en donde los poderes mundanos y eclesiales procedieron con gran virulencia contra ellos. En el 1209 se inició una guerra durante 20 años, que ha pasado a la historia como cruzada contra los albigenses (de acuerdo con la ciudad de Albi a unos 80 kilómetros al noroeste de Toulouse). Fue especialmente sangrienta y bestial cuando los caballeros católicos conquistaron la ciudad de Bézier y, según la tradición, mataron a 20.000 cátaros.

Hay que decir que esta masacre cátara nada tiene que ver con los procesos inquisitoriales, surgidos en ese tiempo. Los procesos inquisitoriales seguían un determinado curso, como por ejemplo así consta en el “Ordo processus Narbonensis” de 1244: Como jefe de la investigación aparece un enviado del papa, que pide a toda la población de un lugar reconocer sus faltas. Quien voluntariamente se muestra arrepentido en el día indicado puede contar con un trato  indulgente (excepto los herejes vueltos a recaer). Quienes se confiesan culpables deben abjurar de la herejía y obligarse bajo juramento a  dar el nombre de otros herejes.

Normalmente los arrepentidos, vueltos a recaer, eran castigados en el seno de la Iglesia, expiando sus pecados en la cárcel, mediante peregrinaciones de penitencia o cosiéndose en sus ropas cruces penitenciales con tela amarilla. No fueron tantos, muchos menos de los que se imagina, los que terminaron ardiendo en hogueras. El inquisidor Petrus Silas, que en 1241/42 juzgó en nueve pueblos a 650 personas, no sentenció a nadie a muerte, ni siquiera  condenó a nadie a penas de cárcel.

Más tarde adquiriría fama el dominico Bernard Gui, a quien el papa le nombró inquisidor de Toulouse en  1307. El escritor Umberto Eco en su novela “El hombre de la Rosa” le convirtió en un mal bicho, pero hay que decir que más bien fue un rígido burócrata. Por sus detalladas actas se deduce que Gui efectivamente no se espantaba de mandar a la pira, pero la verdad es que en la mayoría de los casos impuso castigos más suaves y benignos.

Según cálculos del historiador francés Yves Dossat el % de los acusados en total, que al final murieron en la pira, fue del 1%. No cabía esperar con los acusados de entonces un proceso limpio, más o menos semejante al que hoy concebimos. En los inicios de 1200 los juristas desarrollaron reglas procesuales todavía más afinadas y justas, según las cuales los acusados tenían derecho a un defensor, a presentación de pruebas propias y a conocer los testigos que les acusaban.

Pero en la furia y barbarie de la persecución a los herejes no cabía hablar de justicia y ecuanimidad procesual. Y ahí yace y radica el mayor pecado de la Iglesia a lo largo de la Inquisición medieval. Desapareció la instancia del defensor. Los directores de los procesos podían mantener en secreto los nombres de los acusadores, con lo que a los denunciantes se les ofrecía campo para acusar de lo que les viniera en gana. Y como los inquisidores lo que más valoraban era una confesión el papa les permitió con su bula “Ad extirpanda” (1525) incluso la tortura. Hasta entonces  ésta sólo había sido lícita en asuntos mundanos.

Ahora se denominaba a los herejes “ladrones y asesinos de almas”, y por eso podían ser torturados por ladrones y asesinos vulgares. La ejecución del tormento se dejaba en manos de los ayudantes mundanos de la Inquisición, los clérigos no podían meter mano. Estaban prohibidos tormentos a los torturados que condujeran a la mutilación o a la muerte. Una forma frecuente de tortura era endurecer la mazmorra, que en ella los acusados sufrieran hambre y sed.

Tras la Edad Media la Inquisición no jugó casi papel alguno salvo en Italia y en el ámbito de poder de los reyes españoles. El papa, que hasta entonces la mayor parte de las veces había elegido personalmente a los inquisidores, estableció en 1542 una autoridad central en el Vaticano, que cuidara y vigilara la pureza de la fe católica. Cambió varias veces de nombre, de forma modernizada se sigue manteniendo hasta el día de hoy; desde 1965 se denomina “Congregación para la doctrina de la fe”.

Durante siglos los funcionarios romanos de la Inquisición reprimieron también el avance científico e intelectual de la cristiandad. Entre las víctimas más destacadas se hallan el monje y filósofo Giordano Bruno, que en 1600 fue quemado en Roma como por hereje y mago. El investigador Galileo Galilei por sus descubrimientos astronómicos instauró una visión moderna del mundo y terminó en 1633 en prisión y  arresto domiciliario.

¡Y es  que con la Iglesia hemos topado!

Mikel Arizaleta

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