La información sin maquillajes

Rodolfo Walsh y la Agencia Clandestina: La información sin maquillajes (*) 

Por Natalia Vinelli 



Hacía tiempo que Rodolfo Walsh venía pensando en «usar el lenguaje como un objeto, esgrimirlo como un martillo». Incluso llegó a fantasear con cuentos y hasta con una novela clandestina. «¿No hay millones de cosas para contar en esa forma? ¿No son las cosas más importantes?». 

Walsh se sumó a Montoneros en 1973. Allí trabajó en el Departamento de Informaciones e Inteligencia de la Secretaría Militar y no en el área de Prensa. Sin embargo, muchas veces encaró proyectos que fusionaron tareas de contrainteligencia con mecanismos de comunicación. Entre ellos, la Agencia de Noticias Clandestina ANCLA.

A fines de 1975, cuando el golpe de Estado era sólo una cuestión de tiempo, la necesidad de desarrollar una prensa clandestina se hizo urgente.

Sus reflexiones acerca de la literatura subterránea, sumadas a su participación en la agencia cubana Prensa Latina (1959), el Semanario CGT (1968) y el diario Noticias (1974), ya le habían señalado las posibilidades de la prensa como herramienta para la lucha y la organización popular. La vieja idea comenzó entonces a tomar cuerpo.

Reunido con un grupo de cuatro compañeros de quienes era responsable, Walsh discutió el diseño de un plan de emergencia destinado a enfrentar el golpe con respuestas políticas. La propuesta tenía en cuenta, entre sus previsiones, el feroz bloqueo informativo que se iba a producir, ese «multitudinario esquive de bulto» que bastardea la esencia misma de la profesión periodística.

Pero la embestida militar del 24 de marzo aceleró los tiempos. La meditada brutalidad de la represión y las continuas caídas obligaron a adecuar el funcionamiento orgánico a la nueva coyuntura. En esos primeros y vertiginosos meses del autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional», el grupo de militantes montoneros ultimó los detalles de la agencia. Una vez puesta en funcionamiento, Walsh se dedicó a otras tareas relacionadas a Inteligencia, y ANCLA quedó bajo la responsabilidad de «Lidia».

A partir de junio de 1976 empezaron a llegar por correo cables informativos a las redacciones del país, a los corresponsales extranjeros, a los miembros de la Iglesia, de las Fuerzas Armadas y de los grupos del poder económico. Sus objetivos: informar a los periodistas, oficiar como instrumento de denuncia y actuar como herramienta de acción psicológica contra el régimen militar.

Cubierta con una identidad política difusa, la agencia puso de manifiesto toda la información que en aquellos años era negada sistemáticamente a los argentinos: las diferencias entre la junta militar, los objetivos del plan económico, las expresiones de resistencia popular y las violaciones a los derechos humanos. Y no era más que un pequeño grupo de personas decididas, una pila de papeles y algunas máquinas de escribir.

Además, ANCLA contaba con un importante bagaje informativo. Por un lado manejaba el archivo periodístico del diario Noticias, y recopilaba y analizaba los informes publicados por la prensa legal; por el otro, cada sector de la organización hacía las novedades a través de los canales orgánicos.

La información se completaba con los datos arrojados por las interceptaciones a la red de comunicaciones de las fuerzas represivas. Esta actividad se denominaba «escucha», puesto que requería escuchar cotidianamente las transmisiones y desentrañar sus códigos para captar algún operativo o secuestro. (Vale recordar que Walsh, gracias a su pasión por la criptografía, pudo descifrar los mensajes que pusieron al descubierto la invasión norteamericana a Cuba a través de Bahía Cochinos).

Las fuentes, por lo tanto, podían ser internas (estructura orgánica), públicas (diarios y revistas) y clandestinas («escuchas» y contactos «calificados»), además de los colaboradores «por afuera» de la organización: vecinos, trabajadores y estudiantes que superaban el terror para acercar información a la agencia.

De ahí se desprende su carácter ofensivo, que estaba dado tanto por la apuesta a la organización en una situación opresiva como por su definición como herramienta de contrainteligencia. Todas las actividades -militares y políticas- apuntaban a acelerar las contradicciones entre los grupos de poder, buscaban sus fisuras, rompían su unidad. 

Es por eso que se manejó con una «autonomía aparente» respecto de la organización: si bien respondía a una línea, no se presentaba como un órgano oficialmente partidario ni se circunscribía al éxito de una operación. Daba batalla, más bien, en el terreno de las apariencias. ANCLA no era una herramienta «panfletaria» o «propagandística», su estilo era depurado y evitaba el comentario. 

El cable del 19 de diciembre del '76 ofrece un buen ejemplo. Titulado «Malestar en la Policía Provincial», el texto pone de relieve la oposición interna entre policías y militares a partir de la detonación de un artefacto explosivo («reivindicado para sí por la organización peronista Montoneros») en la sede de la sede de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. 

De acuerdo al cable, las contradicciones «no se producían por casualidad.

Tienen sus orígenes en el día (…) que el Cnel. Trotz asumiera la subjefatura.

Todas las expectativas para ocupar dicho cargo estaban puestas en Gené, que hasta ese momento era una suerte de 'mentor ideológico' de Camps -escribía sus discursos- y el que (…) ejercía la subjefatura natural». «Según la ley orgánica de la PPBA el subjefe debe pertenecer a la repartición, algo que aquí se pasó por alto en tres oportunidades, ya que en la subjefatura se sucedieron el Cnel. Trotz, el Cnel. Mosto y en la actualidad el Cnel. Emilio Tabernero. Con este hecho, la vieja tirantez entre militares y policías de carrera se veía reforzada».

El despacho continúa: «Gené, considerado por sus pares como un brillante profesional, gozaba del respeto de altos cuadros de la repartición. De carácter dicharachero, jamás utiliza guardaespaldas y se lo define como ubicado en el campo de los «legalistas», es decir, que no son partidarios de los secuestros y otros métodos ilegales».

Entre junio de 1976 y junio de 1977, se enviaron cerca de 200 cables con el sello de ANCLA. En esa última fecha culminó su etapa orgánica. Sin contar el período julio-agosto de 1977, durante el cual no funcionó por las caídas y las salidas al exterior, los partes se mandaron con una regularidad estimada de uno día por medio. En agosto del '77, un grupo de periodistas reanudó los servicios informativos. Esta segunda experiencia, alejada de Montoneros, funcionó hasta finales de 1978.

El trabajo de la agencia, destinado a corroer las bases mismas del poder, pudo cumplirse gracias al coraje de los hombres y mujeres que la impulsaron. Esgrimir ignorancia sobre los sucesos de aquellos oscuros años, entonces, es una falacia. Como escribió uno de los militantes del grupo, «ANCLA fue el espíritu mismo de una profesión que antes y después, ahora mismo, otros se encargan de bastardear. Queda en nosotros evitar que la vuelvan a acorralar».

(*) El presente texto es un adelanto del libro ANCLA, una experiencia de comunicación clandestina orientada por Rodolfo Walsh, de Natalia Vinelli, editado por La Rosa Blindada (Argentina). Ya está disponible la segunda edición. 

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