La indiferencia es un delito

 La indiferencia olfatoria universal llegó a su fin cuando un pequeño grupo de ciudadanos perdió su tolerancia al olor de los cadáveres, aunque la presencia de los muertos fue considerada igualmente desagradable por los ricos y por los pobres, costó más de dos siglos educar a las clases bajas para sentir náuseas ante el olor a mierda.

   Aunque hoy lo que apesta es la misma indiferencia. Los instrumentos de la “opinión pública burguesa” son incapaces de moderar la transformación de la ira en esperanza. Tienen capacidad de generar epidemias afectivas pero al mismo tiempo neutralizan todos sus contenidos para someter todos los acontecimientos a la ley de la indiferencia. Su misión democratizadora es la de producir indiferencia al eliminar la diferencia entre los asuntos importantes y los accesorios.

  El disangelio, las malas nuevas, anuncian siempre la llegada de la distopía, el mal lugar. Cuando los predicadores del evangelio un simple atisbo de indiferencia frente a la Buena Nueva se entendía ya como un signo seguro de predestinación a la condena. Hoy los portadores de símbolos mantienen el orden político. La comunicación ritualizada le confiere un carácter duradero. Los mass-media no solamente son medios de transporte simbólico sino que se convierten ellos mismos en símbolos.

  Se puede contar con que la capacidad de penetración del simbolismo político absorba -en todos los grados jerárquicos y fuera de la jerarquía- a los sujetos con su pensamiento en una fase mágica y los haga convertirse en azote del prójimo. El que traspase los límites de la identidad entre las cosas está predeterminado a pasar por alto también las fronteras de la identidad existente entre los sujetos. El terror empieza con indiferencia.

    Con su manía por la antisepsia espiritual los creadores de indiferencia nos han contagiado de vulgaridad, de nihilismo. Este tiene dos aspectos: el abismo indiferenciado, la nada negra, lo animal indeterminado en lo que todo se disuelve; pero también la nada blanca, la superficie yerta en la que se han ido quedando las cosas que ya no necesitamos. Un oasis de horror en un desierto de indiferencia.

  Las expectativas de los independentistas, de los asistentes a las manifestaciones están yendo a menos. El peor enemigo de la revolución como del amor es el tiempo, porque la indiferencia, la resignación acaban apareciendo. Fin de la idea de ruptura. No hay trabajo: Imposibilidad para los hijos de dejar a sus familias. Lo mismo para las parejas: ya nunca se dejan; ¿para qué separarse? con otros sería lo mismo, peor todavía, nos quedaríamos con menos pasta todavía, así que vamos a negociar nuestras indiferencias respectivas. 

  Exacerbación del derecho a negarse a declarar, a permanecer difuminado, sin identidad, ejerciendo y recibiendo los beneficios del derecho a la indiferencia, no respecto de lo que cada cual  hace, ni mucho menos de lo que a cada cual le pasa sino con respecto a lo que cada cual  es.  Exterioridad absoluta, contrato social fundado al mismo tiempo, en la evitación y en el reencuentro, trenzamiento de intersubjetividades e intereses copresentes que coinciden episódicamente en lo que es – o debería ser – un horizonte abierto, intermitente, poroso y móvil: el espacio público.

   La crisis que nos iba sacar de la indiferencia nos está sepultando en ella. La mano queda de la indiferencia consigue que una tras otra las ilusiones alternativa se vayan muriendo. Así, la relación política se instala en la misma neurosis conyugal que la de la pareja o la de las nuevas generaciones. El precio que se paga es el de la intensidad débil, una exigencia menor, una inteligencia climatizada que jamás permite franquear el umbral de la ruptura.

     Pretenden la austeridad, la moderación, ignorando que donde la moderación es un error la indiferencia es un delito. Las buenas intenciones se invierten en la defensa del ahorro y del trabajo, en la hostilidad a la violencia, en el rechazo al racismo, y en una adhesión irrenunciable a la libertad de expresión a través de la pasividad: aceptación del librecambio y de la política de la moneda fuerte, hasta llegar finalmente a la indiferencia (o probablemente deberíamos decir la tolerancia) a los sufrimientos de las clases bajas.

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