«La incierta libertad de expresión»

Por Antonio Lorca Siero

A veces, cuando los gobiernos aprietan el cinturón a los francotiradores de la libertad se dice que la libertad de expresión no existe o sufre de graves carencias, pero no parece ser cierto. En cualquier lugar, si ese personaje que va por libre, dispara en la línea que marca el poder y alaba las virtudes de quienes lo ejercen, goza del privilegio de manifestarse como le plazca. En consecuencia, la libertad de expresión existe. Para que esto suceda basta con expresarse debidamente exponiendo lo bueno y alejar de la escena lo que pudiera llamarse incordiante para quien tiene el poder suficiente para reprimirle. Esto es igualmente aplicable no solo a lo institucional sino a grupos e individuos que disponen de un poder que les asista. El problema surge cuando en el lugar que ocupa el bardo a sueldo del sistema aparecen los auténticos francotiradores que disparan contra la verdad oficial, en este caso lo de la libertad de expresión se complica.

Hoy, pese a los grandes progresos auspiciados por la tecnología, en el plano social no se sigue al mismo ritmo. Soplan malos vientos para eso de poder hablar y escribir, transmitiendo pensamientos, al amparo de las libertades individuales, que hace algo más de dos siglos otorgó, como tantas otras, la revolución burguesa, cuando sus promotores se hicieron con el poder. Es un hecho fácilmente contrastado que la libertad de expresarse camina sin rumbo y responde a las circunstancias del lugar y del momento. En esta situación de deriva hay que tener en cuenta dos factores. Por un lado, el capitalismo se pronuncia abiertamente en favor de la libertad de expresión en el plano publicitario porque le favorece, sigue con que eso de que la libertad no solamente es un derecho, sino una realidad, aunque sea de pacotilla, simplemente porque así se vende mucho mejor la mercancía y se excita el ánimo consumista. Por otra, los que ejercen el poder político vienen a decir lo mismo, pero cierran el grifo de las libertades en cuanto el ciudadano, creyendo en ese derecho y haciendo uso del mismo en cualquiera de sus formas, hiere la sensibilidad del gobernante o de algún grupo significativo, es decir, discrepa de la doctrina oficial o de las creencias impuestas por decreto y afecta a sus intereses.

No obstante hay que hacer distinciones según el tipo de gobernante del que se trate. No actúa igual el representante de una república dictatorial, que el de una república totalitaria, que el de una república avanzada. Aunque pueda haber coincidencia en cuanto a que todos comulgan con el dogma capitalista vestido con distintos ropajes, representado en el ídolo del dinero, la diferencia en este punto reside en los procedimientos empleados para llegar al mismo fin: liquidar la libertad de expresión real.

Los dictadores, a menudo populistas en extremo, si las expresiones son de disidencia y les tocan personalmente, solucionan el problema acudiendo directamente al expeditivo garrotazo. Cuando se trata de alabanzas para su sabia dirección y su flamante figura, suben al adulador a los altares del pueblo para que le adoren por su sabiduría. Hay que reconocer que en este caso la libertad de expresión hablada y escrita existe realmente, siempre que se siga la línea marcada por el régimen.

En los sistemas totalitarios se admite sobre el papel la libertad de expresión, aunque con el lavado de cerebro colectivo basado en la ideología de partido único, casi sería suficiente para erradicar la contestación, porque la disidencia escasea ante la penuria de ideas alternativas; no obstante, queda en pie la represión para aliviar cualquier problema. También aquí se puede hablar de libertad de expresión, matizando que esta se encierra en la celda de la doctrina y como casi nadie escapa de ella, la libertad existe dentro su cárcel particular para encerrar hasta las ideas de un pensamiento colectivo obligado a ser lineal.

Queda por citar lo que suele acontecer en las repúblicas propias de las democracias capitalistas avanzadas e incluso en las que se han quedado rezagadas por la escasez de fondos. Aquí la libertad está garantizada en las constituciones y se hace lo posible para trasladarla al mundo real. Pero si las circunstancias cambian, de manera que los efectos de la libertad de expresarse molestan, hay que reclamar la ayuda de los expertos para buscar esa fórmula sutil que permita la libertad de expresión sin libertad. En este punto resulta conveniente distinguir entre los afectados. El ejercicio de la libertad de expresión por parte de la ciudadanía que alcanza al ejercicio del poder en sentido negativo, o lo que es lo mismo, no cantando sus virtudes, se dice que hay que limitarlo por ley, acudiendo al monopolio legislativo, y si se excede, según el criterio del gobernante, recurrir a la represión oculta o al castigo explícito del infractor de la norma echando mano de los tribunales. Si lo hace en sentido positivo, es decir, en tono de alabanza, la represión, de acuerdo con el mismo monopolio legislativo, se transforma en mérito, haciendo uso del decreto-ley. Queda claro que la libertad de expresión, tal como sucede en los otros regímenes, es una realidad, siempre y cuando no incomode al que gobierna.

Por tanto, la libertad de expresión existe en cualquier régimen.

Asimismo, hay que señalar la coincidencia entre los distintos regímenes en la forma de tratar de abordar la libertad de expresión cuando no transcurre por los cauces previstos. Todos acuden a una solución común que es la mordaza para quienes se salen de la línea marcada por el dogma oficial.

Como lo que inquieta a los gobernantes es que el ejercicio de esa libertad de expresión negativa para sus gobiernos trascienda al terreno público en virtud de la capacidad de difusión del medio utilizado, donde parece que es insuficiente la represión, viene bien la censura, aunque adoptando otro nombre menos contundente. Con el paso del tiempo, y a medida que la libertad en general da pequeños pasos tratando de consolidarse, el modelo de censura tradicional resulta estar mal visto, por eso hay que templarla con sutilezas para llegar al mismo resultado. Lo fundamental es el silencio, o sea, no difundir las expresiones que resulten negativas, excluyéndolas de la publicidad y de la propaganda; en contraste con lo positivo, con lo que hay que formar el pensamiento colectivo en la doctrina, insistiendo una y otra vez de la forma más machacona posible. No obstante, a veces la censura -que se encuentra en un grave aprieto con las nuevas tecnologías de la información y no basta con cerrar páginas web al objeto de dejar de estar informados- no es suficientemente eficaz para tener bajo control a los francotiradores de la libertad de expresión, en ese caso se acude a la persecución de las llamadas noticias falsas, en virtud de lo cual se declara la verdad oficial por decreto del que manda, la otra queda desautorizada y desterrada. Pero ya se sabe que las consideradas en ocasiones noticias falsas, a menudo resultan serlo porque chocan con lo que interesa al poder que se difunda.

También contribuye a reprimir sacar a la luz la fórmula del derecho frente a derecho dejando en el aire que hay que poner límites en el ámbito de lo que se considera negativo y eliminarlos en lo positivo. En este aspecto los principales usuarios suelen ser los particulares. Su defensa se remite a la competencia de los tribunales. Las expresiones positivas, cantando las virtudes del personaje supuestamente ofendido, se incorporan al currículum como un mérito. En cuanto a las negativas, reales o inventadas, pasan a ser consideradas injurias, calumnias o delitos contra el honor y perseguidas por la justicia. En realidad, limpiando la cuestión de la carga de apariencia, en el fondo son restricciones a la libertad de expresión invocando derechos de orden jerárquico superior. La cuestión clave parece ser la honorabilidad. Esta es un ornato del vivir en sociedad, que alcanza solo al envoltorio sin tocar al fondo de la persona, pero se vende como algo sustancial, ya que se postula como clave en la existencia. Mas el simple criterio de otro, es algo circunstancial que se restringe al ámbito de la opinión personal, que puede o no coincidir con al realidad y poco tiene que ver con la cuestión del honor. Como cualquier expresión contiene simples palabras, que en sí mismas no son ni buenas ni malas, pudiera ser una opción dejarlas estar. Tolerar que cada uno diga lo que quiera, porque no por eso el afectado pierde su identidad y en cualquier caso lo que digan otros no dejan de ser simples consideraciones, que no van a mudar haciendo uso de distintas formas de represión.

Planteada en tales términos, esta libertad de expresión, baluarte de libertades en las sociedades más adelantadas, resulta estar un poco coja y pende de un hilo, ya que se la condiciona a mostrarse en línea con lo que el afectado por la expresión desea oír. En caso contrario, el poder trata de responder usando el mazo y los particulares acuden a los tribunales para que restituyan su honor herido. Teniendo en cuenta que, en general, hablar se habla mucho y lo que se dice son palabras, haciendo uso del pragmatismo, cabría preguntar, si no sería más práctico que cada uno expresara su opinión más allá del recinto donde guarda sus pensamientos y los receptores se limitaran a tomar nota a efectos informativos sobre lo positivo o negativo que de ellos se piensa. Al menos no se perdería el tiempo en disputas, para dedicarlo a algo productivo. Ya que aunque se ensucie temporalmente una imagen acaba por limpiarse y del lado real permanece intacto lo que es y no lo que se cree ver. La libertad de expresión, de una forma u otra, siempre estará ahí, pese a los intentos por silenciarla.

Antonio Lorca Siero
Octubre de 2018.

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