La (in)comunicación en Cuba

Cuba es mi vicio y mi virtud –que es ara y no pedestal, que es el amor a mi patria libre y no a la vulgar tierra en que se funda–, en esta Cuba mía hay muchos problemas, problemas como para llenar un saco, o dos, y aunque ninguno imposible, lo cierto es que para que sea posible resolverlos, antes hay que resolver el problema de la comunicación. El problema de dialogar, de retroalimentarnos en las similitudes y en las discrepancias. Comunicarnos es la única manera de evitar el SIDA social que es la incomunicación, que terminará por destruir todo lo que hoy damos por hecho, al menos si no encontramos una vacuna –o una prensa que genere el diálogo.

Y el diálogo es horizontal, o al menos no es vertical, eso es monólogo. Pero también este diálogo necesita de la comunicación entre las generaciones sin que ninguna visión predomine sobre las otras –por el simple hecho de ser viejo no se tiene la razón, lo mismo por ser joven o no tan joven. Es necesario reactivar la comunicación entre las generaciones, entendiendo que muchas de las incomprensiones nacen de la incomunicación generacional.

La comunicación generacional que mejor funciona es cuando se establece entre dos o más personas de la misma generación, y este tipo de comunicación suele ser más importante de lo que las personas que pasan de “cierta edad” –cincuenta años o más– quieren reconocer. Quizás porque reconocer esto es reconocer que son más parte del problema que de la solución. No obstante hay que decir que la comunicación entre las distintas generaciones es condición sin la cual no puede existir el futuro de una sociedad.

La comunicación, en la época que se le nombra así, es muy difícil, tanto que diría que es todo lo contrario, porque ahora aunque tenemos más medios, estamos más incomunicados. Y no estoy hablando de que una carta de la ultramarina Guanabacoa a la fidelísima y vieja Habana de intramuros demora hoy más de lo que un siglo atrás. Aunque esto no deja de ser un problema, me refiero a que en esta informática-dependiente época en que vivimos, esta que se inauguró con Internet y se consolidó con Windows 95, todo está diseñado para que nos incomuniquemos “voluntariamente”. &nbsp Esta es una actitud que asola al mundo, y también a Cuba.

Y es voluntariamente entre comillas, porque la sobreinformación, es sabido, hace que cerremos la puerta a la información, a la comunicación. Si sobreinformas, la gente se incomunica; las personas que no paran de hablar son a las que menos se les oye. Los que repiten siempre lo mismo, y de la misma forma, nadie les hace caso, por mucha razón que puedan tener. Cada tiempo tiene una forma de decir, obviar esto es condenarnos a no ser escuchados.

Pero también la incomunicación está dada porque suele suceder que mientras más uno sabe de un tema, más le interesa saber también de otros. Para entender cómo se conecta su vida y los temas que domina con los demás que no domina. Y sin embargo, hay ciertos temas que nunca llegan a la prensa, que tiene el deber social de crear e incentivar el diálogo en la sociedad. Y la prensa de este país se empeña en informar que vivimos en un evangelio –la buena nueva– según ellos mismos, y que en general más nadie comparte.

Uno puede argumentar que en las prehistóricas sociedades capitalistas jamás se habla del por qué de las desigualdades sociales, de cómo el sistema que tanto alaban, a viva voz o entre líneas, las crea. Se habla de otras cosas, de sus pocas virtudes y otras muchas que no lo son, pero se adjetivan como tal; por lo cual las zonas oscuras, la falta evidente de futuro para ese tipo de sociedad, donde el hombre es el lobo del hombre, se deja en la zona donde la luz, ni la lupa de los medios, llegan.

Pero ¿y en Cuba? ¿Somos diferentes? Y si lo somos ¿por qué actuamos igual? Alguien que explique ¿Dónde está la comunicación entre los gobernantes y gobernados? ¿Dónde el debate social que siempre debe estar generando la prensa? ¿Dónde la comunicación entre la generación histórica, las intermedias y la actual? ¿Hacia dónde apunta la lupa de los medios y por qué? ¿Cuándo fue –yo no lo recuerdo– la&nbsp última pregunta inteligente que hizo un periodista cubano?

Para un ejemplo práctico –y demasiado cotidiano– de esta sobreinformación del desconocimiento de la sociedad, que termina degenerando en incomunicación, bastaría con tomar un periódico cualquiera, de un día cualquiera, que puede ser de hoy o de los últimos 15 años –ó 30, ó 40. Los cuales todo el tiempo están informando de lo bueno, de lo logrado, de las virtudes y algunos defectos supuestamente superados. Lo cual no está mal, pero cuando esto lo tenemos asumido y recalcado hasta el desgaste, y queremos –lógicamente– saber qué no anda bien. Para entender porque una libra de cebolla cuesta 20 pesos y una de puerco 35, cuando el salario mínimo es menor de 300 pesos, entonces los diarios nada dicen, nada argumentan. Esta necia cotidianeidad, que se vive a pesar de todo, a pesar de que no se menciona en los diarios. Y lo que es más lamentable, cuando se menciona, pareciera que los problemas provienen de los que producen, no de los que dirigen. Entre líneas la prensa –y la radio, y la televisión– crea sofismas dignos de ser recogidos en los libros de este milenario arte de nuestra occidental civilización. Pues pareciera como si los errores de los hijos no fueran culpa de los padres; que hay malos alumnos, y no malos profesores. Y cuando se dice –o se piensa– que la juventud está perdida, parece como si la generación que nos ¿mal? educó no tuviera su cuota de responsabilidad.

A ellos –a esta “aguerrida prensa” como irónicamente la calificó una vez Silvio– me encantaría preguntarles ¿en qué país viven? ¿con cuál pueblo conviven? O, siendo un poco más filosófico ¿El pueblo que no se refleja ahí es pueblo equivocado? ¿En serio? ¿Es eso posible, que el pueblo se equivoque? Dónde quedó aquello de “Vox populi, vox dei”. O aquello de que la verdad más verdadera se encuentra en la colectividad y no en la individualidad. Cuando Marx hablaba de invertir la pirámide de la sociedad, me parece evidente que tenía en mente precisamente eso, que el pueblo sabe lo que quiere, mejor que los emperadores y sus consejeros, mejor incluso que los presidentes y sus asesores. Es por eso que en el socialismo hay que mandar obedeciendo –como muy bien apuntaba el sub-comandante Marcos.

Si la prensa no es la que amplifica la voz del pueblo, entonces, ¿quién lo hace, quién lo debe hacer?

Pero la prensa de la isla parece desconocer estas verdades y para seguir en su error tiene que hacer silencio de los problemas actuales sobre los cuales &nbsp lo único que encontramos en los noticiosos es “la nada” que describía Michel Ende en su “Historia Interminable”, cuando uno de los personajes le indicaba a otro donde mirar para ver “la nada” que invade a su mundo y le dice: ¿lo ves? o, mejor, ¿no lo ves? porque la nada no se puede ver. Y es así como relata la cotidianidad la prensa cubana, como si los errores estructurales –de las estructuras sociales, políticas y económicas– de este país, que se ven sin necesidad de lupa, además de que se padecen sin que seamos hipersensibles, y sin embargo ellos no los ven.

Imagino que los periodistas son como turistas en su propio país, sin tiempo para ver esos pequeños errores, que no obstante se acumulan año a año, porque nadie habla de ellos. Incluso, a veces, siento que están convencidos que si no se les presta atención a los problemas, estos dejarían de existir –como sugirió Rubén Darío, cuando hablaba de los problemas del corazón y no de los otros, los existenciales. Porque en el agro, hasta los ciegos tienen que pagar los prohibitivos precios de la realidad innombrable. Pero así las cosas en este llamado siglo de la comunicación. Sin importar que sea esta una actitud irracional; como la que describe el proverbio africano: Todos quieren vivir, pero nadie envejecer. Cuando una es consecuencia inevitable de la otra, pues si se vive, se envejece. Si no se comunica, se incomunica. Si los problemas no se hablan, no se arreglan y la realidad se distorsiona.

Y por supuesto, sé que no existen las sociedades perfectas; existen las sociedades con futuro, y sociedades que no lo tienen –no sin cambiar las reglas sociales, políticas y económicas. Pero para que una sociedad tenga futuro es imprescindible la comunicación entre sus actores, por lo cual hay que señalar además de las virtudes, los errores. Para aceptarlos, para perfeccionarnos. Y aclaro que los únicos errores que son válidos, son los que la mayor parte de la sociedad identifica como tal, pero que eso no puede significar que se callen los otros (las minorías no se pueden negar, sobre todo en el socialismo)

La actitud contraria es creer que teñir las canas detiene tanto el envejecimiento, como que el negar los errores los elimina de la sociedad. Cierto, a veces parece que el maquillaje esconde las arrugas y como nos hace lucir mejor, podemos aparentar que no existen las imperfecciones. Sin embargo para esta actitud, cuando es demasiado dilatada en el tiempo –digamos, unos 15 años, ó 30, ó 40– y ya no se pueden esconder los evidentes&nbsp signos del envejecimiento, ni la acumulación de errores y de incomunicaciones, en la isla tenemos una frase que califica muy bien este proceder, decimos “es una vieja con colorete”. Quizás es una frase machista, pero define muy bien a los que no quieren ver lo que todo el mundo ve.

Hasta los que viven de él lo saben. No se puede vivir del maquillaje, ni el silencio ayuda a la comunicación, por mucho que se diga que pueblo y gobierno son la misma cosa, solo lo pueden ser si se comunican. Y solo hay futuro –socialmente hablando– si nos&nbsp comunicamos. Y la comunicación es diálogo, no monólogo. Y la comunicación es hablar en el mismo idioma, en el idioma práctico del pueblo, en el idioma&nbsp de la nueva generación, que es el motor de la sociedad.

Hay un momento en la vida que pasa por la aceptación de la realidad, porque esta ha cambiado tanto que es necesario un nuevo enfoque, para impulsarse a la siguiente etapa. Como las personas, los gobiernos, para intentar&nbsp la solución a cualquier asunto, tienen pasar primero por reconocerlos. Aceptar que existe una realidad diferente, para no decir que existe una realidad y que el gobierno, a través de la prensa, aparenta no verla. Quizás porque nadie tiene más culpa de las realidades de los países que sus gobiernos, y en Cuba –que es ara y no pedestal–, más.

EPILOGO

Cuando cerramos la puerta y los espacios al debate con la derecha, también lo hicimos para la izquierda. Como siempre, vivimos entre el no llegar y el pasarnos. Esta es una batalla que hay que dar, pues no se puede seguir arrastrando los errores de generación en generación y pretender que podemos avanzar sin arreglarlos. En mi opinión todas las medidas del gobierno se ralentizan y surten un menor efecto por esto.

Ciudad de La Habana, 8 de enero de 2009.

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