La historia se debe a los revolucionarios

“( … ) yo no conozco más muerte que una, y es la de perder la fe en mis compatriotas, y de eso, sé que no he de morir.”

Fidel tiene varios títulos, pero su autoridad se deriva mejor de la manera en que el pueblo lo llama: Comandante, o simplemente Fidel. Parece que todos lo han visto en persona alguna vez. Es una especie de jefe de familia.

No hubiera podido suscitar tanto entusiasmo y lealtad entre los cubanos, si además de su personalidad no les hubiera ofrecido realizaciones.

Él ha proyectado esa personalidad en la Cuba revolucionaria, de tal manera que afecta a cada ciudadano. No es un hombre en quien las pasiones personales influyan a la hora de sus decisiones. Abre las puertas de par en par cuando interrogan al político; las cierra cuando buscan al hombre.

Fidel es un hombre de respuestas inmediatas y directas. Sabe expresar con un gran orden lógico su pensamiento, que acompaña con gestos elegantes. Es mesurado y oportuno. Escucharlo es algo así como sentarse en la última fila de una sala enorme y sentir que los ojos distantes del conferenciante miran directamente a los nuestros.

El detalle es lo que pone en funcionamiento su memoria. Un dato minúsculo tira de otro y la narración va ordenándose hasta quedar tejida. No hay divagaciones, todo lo contrario, solo el afán de irse siempre a la realidad, a la verdad. Una fecha, un nombre, que no le viene a los labios, y su faz se ensombrece.

Es un objetivista nato, hasta tal punto que su persona no aparece casi nunca en su discurso. Circunstancia que da la impresión, desde el primer momento, de una gran seguridad en sí mismo.

Tiene una manera simple y afable de comportarse, y un interés en los problemas humanos de la gente que lo rodea.

Así es Fidel: tres palabras que más que una afirmación, encierran un sinnúmero de anécdotas, episodios y vivencias de todos los que de alguna manera han estado en compañía de uno de los estadistas más excepcionales de todos los tiempos.

A lo largo de estos 50 años he tenido el privilegio de estar presente en la mayoría de los actos que ha presidido Fidel, y tengo en mi memoria las grandes concentraciones celebradas en la Plaza de la Revolución y su desenvolvimiento en las conferencias de prensa. También he tenido la fortuna de acompañarlo en numerosos viajes al exterior.

Su vida está adornada con detalles legendarios, por eso, la tarea de hacer este libro no resultó fácil, y mucho menos la recopilación de los materiales, que en su gran mayoría eran testimonios dormidos por el paso del tiempo, y solo se encontraban latentes en la memoria de sus protagonistas.

La ayuda del correo electrónico facilitó la comunicación con los más distantes. La entrevista logró el acercamiento con otros no muy lejanos.

Deportistas, diplomáticos, periodistas, científicos, intelectuales y hombres de pueblo en general son los protagonistas. Sus labios cuentan las memorias y lo inolvidable que resultó aquel encuentro con el Comandante en Jefe.

El deporte logró la medalla de oro. Todos los que en una u otra disciplina defendieron la enseña tricolor, respondieron unánimemente a mis peticiones sobre el recuento de alguna anécdota imborrable y única relacionada con Fidel.

Cuatrocientas trece anécdotas, aunque parezcan insuficientes para la talla del hombre que protagoniza estas páginas, son capaces de perfilar el carácter de nuestro líder.

Sirva este libro para mostrar toda la humildad, sencillez y magnitud de quien es, para mí, faro de la humanidad y ejemplo de revolucionario en los siglos XX y XXI.

Los revolucionarios mueven la historia. La historia se debe a los revolucionarios.

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