La Historia es muy tozuda

Es curioso observar como en los numerosos análisis sobre la crisis del modo de producción capitalista, que en la actualidad son tan numerosos, se obvie la otra crisis que inseparablemente la acompaña y que explícitamente la explica: la crisis del trabajo asalariado.
&nbsp Rigurosamente, la única manera de definir un sistema social, es la forma en que se desarrolla la explotación del trabajo humano. No hay otra. Ni la apropiación privada de los recursos y medios de producción, ni la inmoralidad de su depredación, ni el parasitismo de sus clases detentadoras del poder, ni la usura o especulación, ni sus malos gestores. Todo esto ha sido común en todas las sociedades depredadoras que conocemos hasta nuestros días.
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&nbsp La decadencia de todos los sistemas sociales es inexplicable sin constatar la decadencia de las formas de explotación del trabajo humano en las que se desarrollaron. La crisis del trabajo asalariado acompaña a la crisis de la sociedad del Capital, como el trabajo servil acompañó a la decadencia de la sociedad feudal, como el trabajo esclavo acompañó a la decadencia de las sociedades imperiales.
&nbsp Capital y trabajo asalariado fueron durante el camino antagonistas pero complementarios inseparables. Su crisis es también inseparable. Es lo que la dialéctica llama la unidad de los contrarios.
&nbsp Esta simple cuestión que, salvo excepciones, pasa desapercibida, es de vital importancia puesto que es imposible vislumbrar un futuro no-capitalista sin concebir una nueva forma de trabajo que no esté sujeta a la enajenación. Es decir, si el trabajo asalariado es la única forma que por si sola define al capitalismo como sistema social, el trabajo no-asalariado deberá ser el núcleo central que deberá acompañar la germinación de una nueva relación social superadora.

&nbsp Si tuviéramos siempre presente el papel que juega el trabajo asalariado (su evolución) en la sencilla fórmula de dinero-mercancía-mercancía-dinero entenderíamos con suma facilidad el problema real de la crisis que nos acucia. Si el trabajo asalariado no estuviera en plena decadencia, la crisis actual no sería más que un suma y sigue parecida a otras anteriores crisis. Crisis cíclicas que se resolvían siempre tras un periodo de destrucción de grandes masas de capitales (de trabajo humano acumulado) para volver ha empezar con más fuerza otro periodo expansivo. Periodos expansivos en donde el trabajo asalariado, en plena expansión, seguía siendo la fuente más importante creadora de plusvalía.

&nbsp La revolución tecnológica ha trastocado totalmente esta situación. Curiosamente todos los esfuerzos en superar la crisis “creando más y más trabajo asalariado” guían sus esfuerzos en dirección contraria en la que se dirigen las fuerzas sociales implicadas en el avance del conocimiento humano y de la técnica. Mientras unos quisieran crear más trabajo (aunque fuera “trabajo de galeras”), los otros azuzan el ingenio para que nuevos sistemas robotizados lo sustituyan. La sociedad del Capital es incapaz de gestionar esta nueva revolución tecnológica que elimina necesariamente (y felizmente) el trabajo humano, tal como hasta ahora lo hemos conocido, en todos los procesos modernos de producción en cualquier rama de la actividad humana. Otro tipo de trabajo que solo se puede realizar, acumular y reproducir socialmente fuera de las leyes del mercado para el beneficio colectivo, clama por sustituirlo.
&nbsp Este trabajo creador hace inevitable el resquebrajamiento de las estructuras sociales y de poder de la vieja sociedad basada en el trabajo asalariado. &nbsp

&nbsp La sociedad trabajadora no debe temer a la Ciencia que es el motor de estos enormes cambios que se avecinan. No hay más esperanza en el trabajo asalariado que el Capital nos puede ofrecer: el trabajador no será para ellos más que un costo necesariamente a eliminar. Esclavos que no llegarán a poder alimentar… Es la soberanía sobre esta nueva revolución tecnológica en marcha la que posibilitará a la sociedad empezar un nuevo camino de bienestar y progreso.
&nbsp No podemos dar el más mínimo suspiro de esperanza a los nuevos sacerdotes “verdes”, a los apologistas del catastrofismo tecnológico, a los nuevos ludistas, conservacionistas y ciegos temerosos ante los avances del conocimiento humano. El problema nunca está en la Ciencia. El problema está en el sistema social que la enajena.

&nbsp El Manifiesto de los hiladores de Sallent de 1854, no se puede repetir.
&nbsp …”Lo que quieren los hiladores es que las máquinas selfactinas, que ahorran trabajo al obrero, desapareciesen. Ellas hacen ganar más del 90% al fabricante y lanzan a la miseria a los padres de familia (…) Deberían desaparecer como escarmiento de todos aquellos que para engrandecer sus fortunas no dudan en valerse de engaños (…) De todos aquellos que piden al gobierno una rebaja del 25% de los derechos de entrada de estas nuevas máquinas selfactinas (…) De todos aquellos que sustituyen la máquina manual en donde el trabajador se ganaba el pan y el de su familia por máquinas selfactinas que les han excluido del trabajo y han puesto en su lugar a mujeres y niños que pagan con sueldos irrisorios y que llegados a la mayoría de edad también serán despedidos y reemplazados…”

&nbsp En Cataluña tuvo una gran resonancia el movimiento surgido en Inglaterra contrario a la introducción de nuevas máquinas en la Industria. En 1835, en pleno trienio progresista, se quemó la fábrica barcelonesa Bonaplata y se destruyeron máquinas selfactinas en numerosas fábricas de hiladuras. Tal fueron las proporciones del movimiento que el Capitán General de Cataluña ordenó en vano que los fabricantes sustituyeran las selfactinas por máquinas más rudimentarias del tipo mule-jenny para evitar las situaciones de desempleo. Fue inútil porque ya desde 1779 la nueva maquinaria impulsada por Samuel Cromton estaba en pleno apogeo en Gran Bretaña. La Historia es muy tozuda.
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