La hipocresía del discurso antitotalitario (2)

Con el cinismo que la caracteriza, Pilar Rahola acaba el artículo citado con una frase de Albert Camus que se cuida mucho de contextualizar, y que dice: “La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino las faltas de las democracias”.

Aunque habría mucho que hablar sobre la evolución del escritor argelino-francés (sobre todo en lo referente a su propios país de origen donde la “democracia” francesa causó no menos de un millón de muertos, y utilizó todos los instrumentos del terror), sobre la frase se podía hacer las siguientes anotaciones.

—a) Decepcionado por el curso del movimiento comunista, Camus fue un entusiasta de la revolución asturiana del 34, de la revolución española, un combatiente contra la ocupación nazi, siempre solidario con la izquierda revolucionaria española (CNT. POUM)…

—b) La “tiranía totalitaria” es un concepto con mucha historia como veremos, que requiere de importantes matices. Por ejemplo, se ha hablado, y con razón, &nbsp de “globatotalitarismo”. De hecho, el origen de su definición está ligado al “totalitarismo” colonial…

—c) No hay ninguna muralla china entre las “tiranías totalitarias” y las democracias, especialmente en casos como la Sudáfrica del “apartheid” o el Israel sionista, donde se ha llegado organizar algo nunca visto: visitas turísticas para contemplar el “Gernika” de Gaza…

—d) Una de las características primordiales del “totalitarismo” es la que pretende que toda crítica a su actuación es antialemana, antinortemericanismo, anticomunismo, antisemitismo…

—e) Pero lo más cierto de la fase es que las tiranías se imponen en una gran medida por “las faltas” de “la democracia”, o sea, de quienes estarían obligados a impedirlo…

Con los datos encima de la mesa, se puede afirmar que la victoria del imperialismo y de la democracia (neo) liberal bipartidista tiene otra cara que no debemos olvidar. La cara de las “faltas” de los grandes aparatos que hasta hace poco “representaban” el socialismo…Es por ello que se puede decir con todas las palabras que para volver a hablar de socialismo y de revolución hay que ajustar las cuentas contra todos los que ensangrentaron una cosa y otra desde Stalin a Pol Pot…

Esas “faltas” han sido, muy especialmente, nuestros propios errores y horrores, de la izquierda tradicional integradora que ha instrumentalizado el movimiento obrero para buscar su propio lugar en el sistema. También, y no menos especialmente, por los desastres de lo que se vino a llamar “socialismo realmente existente”…En este terreno, las exigencias de la política exterior ruso-soviética que tanto daño causaron en la guerra española, también hicieron otras cosas, como por ejemplo que el PC indonesio se “suicidará” confiando hasta el final en Sukarno (amigo de la URSS y de China, pero que dio paso a Suharto en 1965), que el Vietnam estuviese “trágicamente solo”, como nos decía el “Che”.

El carácter agobiante del régimen “socialista” interior fue tal que a la hora de la verdad, ningún sector significado del pueblo mostró nada parecido a lo que aquí se montó en el 36 en defensa de la República y de los derechos del pueblo trabajador. La crisis del sistema ruso-soviético no solamente se llevó por delante las “democracias populares”, también ha contribuido a la perversión del sistema “comunista” chino, y de paso, contribuyó al estrangulamiento de la revolución sandinista triunfante, y cerró el avance del pueblo en el Salvador. Igualmente, contribuyó a bloquear el cambio en el cono sur africano, y el movimiento contra el “apartheid” ha acabado gestionado (con el apoyo del PC sudafricano) una auténtica involución económica que no ha hecho más que acentuar las diferencias sociales existentes en tiempos del “poder blanco”.

De ahí que para nosotros se trata de recuperar el antiguo axioma según el cual libertad y socialismo resultan complementarios, y abordar la cuestión de la instrumentalización de un concepto que, originalmente, surgió como un grito contra el fascismo, y también contra el estalinismo que acabó siendo una auténtica pesadilla para muchos antifascistas como evidencian páginas como las de Jan Valtin en La noche quedó atrás, ahora asequible en cualquier librería.

A la hora de llevar un debate cultural sobre el controvertido concepto, se impone situarlo en la siguiente cronología que extraemos de una lectura de la magnífica obra de Enzo Traverso, El totalitarisme. Història d´un debat (Universitat d´València, 2002):

—1) Entre 1923 y 1933, el concepto será forjado por los intelectuales antifascistas,&nbsp sobre todo para describir el ascenso del poder absoluto de Mussolini en Italia, donde ya se habla de “Stato totalitario”, así como de las primeras teorizaciones sobre una “revolución conservadora” en la Alemania de Weimar, por no hablar de la tradición contrarrevolucionaria más antigua (la que sigue a 1789) representada por la Acción Francesa, cuya influencia en el génesis del fascismo hispano hay que destacar;

—2) Entre la época del ascenso de Hitler y el comienzo de la “guerra fría”, la idea del totalitarismo parece inherente al antifascismo (eso es evidente en el cine “antifascista prematuro” norteamericano realizado ante todo por cineastas europeos exiliados), claro está, primero entre los perseguidos, italianos, alemanes (húngaros), españoles…Pero a partir de la mitad de los años treinta, ante el horror de los “procesos de Moscú”, y de las tentativas de adaptación en España sobre todo, y se desarrolla singularmente entre la izquierda antiestalinista (Víctor Serge, George Orwell). Las tentativas de establecer un paralelismo entre la Alemania nazi y la Rusia estalinista, quedará neutralizada después de Stalingrado.

—3) Durante la fase que va desde finales hasta 1968, el “totalitarismo” se identifica ante todo con el anticomunismo, primero porque el Eje ha sido derrotado, y segundo porque sus socios de antaño (España, Portugal, etc), han sido adoptados por el “mundo libre”…No obstante, este discurso todavía encuentra una potente resistencia en el movimiento obrero, y en una intelligentzia gauchiste muy fuerte en Francia (Sartre y Beauvoir se encuentran en la cumbre), y del que resulta no menos representativo el filósofo británico Bertrand Russell, &nbsp que al principio de esta fase se había mostrado como un anticomunista integral, y que ahora preside el Tribunal Russell, una pesadilla para el Pentágono.

—4) Después de la “fiesta” del 68 (que se prolonga hasta la insurrección sandinista), hasta&nbsp el tiempo que precede lo que se venido a llamar “el final del comunismo”, aunque el concepto ya comienza a estar desprestigiado y en decadencia en los países como Estados unidos, Gran Bretaña o Alemania, pero volverá a tener una nueva fase de expansión gracias al cambio cultural francés. Un cambio que tendrá lugar por el matrimonio formado por la derecha económica que financia a una nueva élite, la de los llamados “nuevos filósofos”, que resulta coincidente con el decadencia acelerada del PCF y la corrupción de la socialdemocracia (Miterrand) que había accedido al poder con un discurso de izquierdas, y tendrá como ariete la edición de El archipiélago Gulag, de Alexander Soljenitsin, premiado con el Nobel, y que tendrá el soporte de la disidencia de los países del Este, ya de vueltas de las tentativas reformistas frustradas con la ocupación rusa de Praga en agosto de 1968.

El punto central del nuevo discurso antitotalitario es que no hay distinción entre el estalinismo y cualquier otra fase o variante del socialismo, ni tan siquiera los más lejanos precursores quedaran al margen de esta revisión histórica, todavía instalada en la ideología dominante de los “medias”. El éxito de la fórmula ha sido tal que se ha establecido como un canon por el cual se analiza, no ya las prácticas propiamente estaliniana que abrieron un cisma radical dentro del propio movimiento obrero, sino también contra sus críticos comunistas más intransigentes…

Y como sí se tratara de un comodín, se aplica contra todo lo que se mueve en las fronteras exteriores, sin exceptuar ninguna disidencia…Se trata de negar que exista alguna alternativa a las leyes del mercado (“el horizonte actual de la historia” según el arrepentido Jorge Semprún), y a unas democracias en las que nadie pueda escapar a las leyes de los más fuertes, &nbsp y por lo mismo, de condenar toda las historia revolucionaria llevando el estereotipo negativo del estalinismo no ya a Lenin, o a La Bastilla, sino hasta el mismísimo Akenatón.

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