La hiperderecha: Bienvenido a la catástrofe de la democracia

Por Agustin Franco

¿Ultraderecha? No, amigo, no. ¡Hiperderecha! La hiperrealidad de la política es la catástrofe de la democracia, la ficción democrática bajo el velo de las urnas y el parlamento.

Por Agustin Franco

Baudrillard tenía razón, pese a que su filosofía de alta velocidad no es apta para todos los públicos y nadie lo imaginaría circulando por Extremadura ni siquiera como fantasma. Tenía bastante razón.

Poco importa ya que Marx tuviera razón, que en realidad capitalismo y democracia sean incompatibles, puesto que en la hiperrealidad no rigen ni la lógica formal ni las relaciones causa-efecto, basta con que haya muchas opciones para elegir y que todos puedan verlas, nada más. Así entre capitalismo y democracia hay (hiper-realmente) una unidad indisoluble.

El espléndido realismo del ‘divide y vencerás’ ha quedado obsoleto y superado por el fétido hiperrealismo del ‘multiplica y derrotarás’. El enemigo no existe, sólo más de lo mismo, multiplicado hasta el infinito. El sabor dulce de la victoria no es nada frente a la fascinación de ahogar, humillar y derrotar al diferente, al virus, al que no es más de lo mismo. Las identidades y las diferencias quedan reducidas a un juego de simulaciones infinitesimales, de cambios minimals, de estupideces máximas.

Así, la opción no es dividir a la izquierda, algo histórico en ella. Cuando la excepcionalidad del momento hace que incluso separada pueda gobernar, la opción es multiplicar las derechas (que a la postre mantendrán la unidad con los pactos dobles, triples y teatrillos parlamentarios que sean necesarios: más de lo mismo).

Y como ave fénix ha resucitado de sus cenizas el franquismo. En la esfera real toda exhumación no significaría más que un mero traslado de restos óseos. En la esfera hiperreal remover las cenizas es una auténtica resurrección y no fantasmal, sino hiperfantasmal. El miedo nos hace huir del peligro, el hipermiedo nos abraza a él.

Baudrillard tenía razón. Liberar de las tiranías y esclavitudes supone desatar también las peores pasiones. Algo que los altermundistas, defensores de las alternativas y de la justicia no han querido ver.

¿Queréis renta básica? Vale, accedo, pero con mis condiciones. Desmantelamos el estado de bienestar. ¿Queréis pensiones públicas? Vale, pero aumentamos la edad de jubilación y ‘modulamos’ su cuantía con los años trabajados. ¿Queréis trabajo? Sin problema: ‘Emprende’, te dirá el neoliberal. ‘¡Te lo garantizo!’, te dirá el postkeynesiano. Pero ambos te robarán la cartera (pero eso es una realidad que ya a nadie interesa).

¿Queréis memoria histórica? Accedo. Retiramos también de las calles los nombres socialistas. ¿Queréis igualdad de género? Por supuesto, pero este techo de cristal bien limpito y transparente, por favor. ¿Qué más: criptomonedas, ecología, espiritualidad? Pedid y se os dará.

El mal como principio de desequilibrio y disarmonía ha sido arrebatado al pueblo por los poderosos. La última vía de contestación popular ha pasado a las manos invisibles del poder. La última parcela de independencia para satirizar el poder ha sido conquistada. De ahí que las independencias territoriales sean hoy inútiles y extemporáneas. La hiperpatria hoy son los paraísos fiscales.

Antes quienes pretendían imponer sus creencias religiosas se dieron de bruces con la capacidad de sincretismo del pueblo, ruinosamente exorcizado con la parafernalia retórica de la inculturación y la interculturalidad. Ahora lo sincrético es la obligación de comulgar pública y publicitariamente a todas horas, en todas las redes, pantallas y dispositivos móviles. Y además una obligación like, sonriente, feliz, dulce. Infierno, dulce infierno.

Pero Baudrillard no tenía razón en una cosa muy importante. Su consecuencia aparentemente ‘hiper-lógica’ de volver absurdas las reclamaciones de derechos y de igualdad de acceso y oportunidad frente a su propuesta –teóricamente mejor– de abolir los códigos (con sus reglas de comunicación, con sus clasificaciones y jerarquías) imperantes falla doblemente.

Primer error. Sin acceso difícilmente se podrá cambiar la contraseña y controlar el sistema. Otra cosa es que quien excepcionalmente accede lo haga de forma epiclera (aceptando los valores de quienes mandan), lo que nos lleva al segundo error.

Segundo error. Los que controlan el código permiten a los discrepantes el acceso, pero en falso. Estás en el equipo, pero en el banquillo. Por tanto, hay que reclamar igualdad real, no formal. Y sobre todo debe ser un asalto con conciencia colectiva.

Pero, calma, no hay que desesperarse. El principio baudrilllardiano del mal funciona hacia delante y hacia atrás, hacia lo hiper-real y hacia lo infra-real. Recordemos que en el eje de lo real ya sólo nos encontraremos con la polarización surrealista y populista tanto de derechas como de izquierdas, terreno baldío.

Así que tranquilos, hay una lógica, infralógica, instintiva, inconsciente, más poderosa y fundamental que la hiper-lógica. Es la lógica caciquil: más de lo mismo, pero de lo peor, sin simulacros, áspera, machista, sin obediencias simuladas, más bien serviles, castradas. Rezando aquello de “¡ay, virgencita, que me quede como estoy!”

Bienvenido al desierto de lo igual.

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