La hija menor de Irène Nemirovsky

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Por Iñaki Urdanibia

Dos hijas tenía la escritora (kaosenlared.net/leyendo-a-irene-nemirovsky/ ), que en el momento de su detención quedaron a cargo de su padre, el físico metido a banquero Michel Epstein, que no tardó en correr la misma suerte que su esposa: ella detenida en 1942 y fallecida en Auschwitz a los pocos días de llegar a causa del tifus, según la versión oficial; él fue detenido algo más tarde y fue gaseado a su llegada al mismo campo al que fue llevada su esposa.¡ Auschwitz la muerte! Allá acabaron los tiempos en los en Issy – población a la que habían huido desde Paris- parecían vivir en una especie de sueño de una noche de verano, ya que la convivencia con las fuerzas de ocupación alemana no parecía revestir problemas: el marido , que dominaba el alemán a la perfección realizaba tareas de intérprete de los ocupantes y en donde la niña pequeña, Élisabeth, se convirtió en objeto de cariño y carantoñas de no pocos soldados de la Wehrmatch.

Tiempo le dio para poner a sus dos hijas, Dense y Élisabeth, en manos de una amiga, Julie Dumot, que se hizo cargo de ellas; un día, no obstante, dos gendarmes y un miliciano se presentaron en la escuela en busca de las dos chiquillas. La maestra las escondió y las entregó a la mujer que de ellas se hacía cargo, huyendo con ellas a Burdeos, allá las condujo a un pensionado de monjas católicas, en donde estuvieron escondidas y con nombres falsos-que ocultasen sus raíces- , nombres a los que ellas no se acostumbraban con facilidad . Allí estuvieron hasta 1944 momento en el que hubieron de ser acogidas en domicilios particulares. Al concluir esa situación de clandestinidad, tras la Liberación, tanto el banco del que su padre era directivo como la editorial Albin Michel se hicieron cargo de su escolaridad hasta que las chicas alcanzasen la mayoría de edad. Élisabeth fue acogida en casa de un abogado, y Dense en un pensionado católico. Durante todo el cautiverio las niñas guardaron como oro en paño algunos objetos familiares que su padre les había entregado, entre ellos un cuaderno con las iniciales I.N. que luego resultaron ser los manuscritos, incompletos, de la exitosa y polémica novela de su madre: Suite francesa. Tras llegar a Paris la esperanza de las muchachas seguía en pie, y sus visitas, con carteles en los que constaban los nombres de su madre y de su padre, no cesaron a la Gare d l´Est y al Hotel Lutétia por ver si sus progenitores llegaban de la deportación,.

Más adelante la menor, casada y con el apellido de su marido, Gille, se convirtió en editora, traductora y escritora, hasta su muerte en 1996. A su madre dedicó una sintiente biografía ( Irène Nemirovsky. El mirador : Memorias soñadas . Circe, 1995); la obra fue galardonada el año se su publicación original, en abril de 1992, con el premio literario de Wizo. Cuatro años más tarde publicó otro libro que es que ahora ha publicado Nocturna Ediciones: Un paisaje de cenizas , novela que fue premiada con el Gran Premio de las lectoras de Elle, convirtiéndose en finalista al Goncourt, descartándose al final debido a su fallecimiento.

Con claros tintes autobiográficos la novela relata las peripecia de una niña judía de cinco años- ha de subrayarse que bautizada en la religión católica- , Lea, llega a un internado religioso para ser escondida. La niña se muestra reservada, arisca y díscola tanto con las monjas como con el resto de internas. Lea se mostraba insolente y se campaneaba, de continuo, de su anterior modo de vida, realmente acomodado, lo que rebotaba a todas las que la trataban ( no está de más señalar cómo en la biografía de su madre a la hora de relatar los tiempos de su nacimiento en marzo de 1937 se lee que le rodeaban « las criadas, la nodriza, ama de llaves, camarera, cocinera…» ); en fin, como decía el otro, no se piensa del mismo modo habiendo nacido en un palacio que en una chabola. Ante las dificultades y falta de cumplimiento de las estrictas, y humildes, normas del internado, las monjas encargan a una chica más veterana, para que le sirva de guía; desde entonces Bénédicte y Lea se convierten en uña y carne, La complicidad es estrecha hasta el punto de que la pequeña acaba haciendo que la mayor sirva de tapadera a muchos manejos ocultos tramados por la niña que realmente se muestra maniobrera hasta límites insospechados. « En el fondo, esa niña no sabía nada de sí misma , nada de sus orígenes ni de su identidad . No era más que tierra quemada , un paisaje de cenizas circunscrito a las fronteras huidizas de una forma humana por la fuerza magnética de ese imán que para ella representaba Bénédicte ».

Diferentes visitas realizadas por la policía con el fin de hallar niñas judías, s saldaron , no sin dificultades y extraños silencios, por la niña al ser preguntada por su nombre y el paradero de sus progenitores. Lea se preocupa por el destino de sus padres, esperando siempre que volverían en su busca, recuperando así su acomodado modo de vida en el que había vivido con ellos. La cosa adquirirá dimensiones más extremas cuando la niña pasa a vivir en casa de los padres de Bénédicte que le cogen, a pesar de lo que la niña se muestra reacia al trato afectivo. En secreto, la niña hace acopio de materiales gráficos sobre los campos de concentración y escucha, a escondidas, la radio , enterándose así de todos los datos que le habían sido ocultados por todo dios. .Ciertas escapadas, novillos en hora escolar, de la niña, con el conocimiento de su cómplice Bénédicte, para acudir a las sesiones de diferentes juicios a los colaboracionistas y responsables de la persecución de los judíos, hacen que al final la situación estalle ante la ira de la niña por exigir , en público, la condena de los acusados que por los general salían librados; ella que estaba convencida de que eran los culpables de la desaparición de sus padres; hasta llegó a congeniar, en base a mentiras y lloros ,con un juez que le ayudaba a hacer lo deberes. El caso es que descubiertas las escapadas, son expulsadas del colegio. Los atónitos padres , gente liberal y comprometida, se culpabilizan por haber ocultado a la chiquilla la verdad del destino, casi seguro, de sus padres y acaban comprendiendo la actitud de la muchacha y de cómplice hija.

Solucionado el entuerto, las muchachas son enviadas a Paris a cursar estudios y allá ellas se sumergirán en el ambiente de la época, y en el compromiso en las juventudes comunistas, en las que las intervenciones discordantes de Lea, traerá por la calle de la amargura a los responsables de la organización, cuando oyen a la muchacha poner en duda la heroicidad del pueblo francés ante el ocupante germano ( resabios de las posturas críticas que su madre, Riere Nemirovsky, dejaba ver en su Suite francesa). Desde su llegad, no obstante, Lea no dejará de frecuentar las estaciones y hoteles en los que eran recibidos los deportados, con la vana esperanza de reencontrase con sus padres.

Cafeterías, balies-a los que Lea, al contrario que su amiga, no era nada aficionada- y muchas lecturas y canciones ( George Brassens, Boris Vian, Jean-Paul Sartre…); y en los ambientes del quartier latin, y las aulas de la Sorbona, Lea llegará a flipar con los cursos de Vladimir Jankélevitch, profesor de ética, con cuyas enseñanzas llegará simpatizar y del que se convertirá en acérrima seguidora.

Al final, casi haciendo buena la canción del bardo de Séte, y mutatis mutandis, il n´y a pas d´amour heureux.

Una contundente novela en la que se rastrea en la búsqueda de una identidad perdida, y ocultada; se hurga en la reconstrucción de los hechos y en la que la amistad cobra carta de naturaleza. En fin, una novela de la hija pequeña de la gran escritora Irène Nemirovsky…que da sobradas muestras de que de raza le viene al galgo; en este caso a la galga, en femenino.

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