La Habana, 50 años de revolución

LA HABANA, 50 AÑOS DE REVOLUCION

Por Olmedo Beluche

A mi amigo Aristides Arche-Unshelm,

sé que te gustaría volver.

A inicios de febrero de 2008, a casi 50 años del triunfo de la revolución cubana, hemos tenido el privilegio de visitar La Habana, antendiendo una gentil invitación del PCC hecha al Partido Alternativa Popular de Panamá. Son tantos los sentimientos que afloran, no solo por pisar el suelo de un país que es referente para todos los antiimperialistas y socialistas de América, sino por tener el privilegio de hacerlo en una coyuntura a todas luces especial y no exenta de debate para la isla.

Desde el momento que arribé al aeropuerto José Martí me hice el propósito de escribir este artículo y, sin embargo, tantas emociones e impresiones agolpadas en la mente me han dificultado decidirme por dónde tomar el hilo. De ahí que abordo esta reflexión más de manera anecdótica que rigurosa, como un deber personal hacia la Revolución Cubana, a la que tanto debemos, y hacia los compañeros de lucha en toda Latinoamérica.

Pero, para que tenga valor real, este artículo no puede ser una letanía de alabanzas, sino que debe reflejar la realidad tal como la percibimos, en lo poco que se puede aprehender en unos pocos días, con sus aspectos positivos, pero sin ocultar los problemas, señalados y reconocidos por los propios dirigentes del PCC con los que tuvimos la oportunidad de conversar. Marxismo y adulación no se llevan.

Valor agregado (como diría un capitalista) de este viaje, es que lo realizamos en un momento clave de la historia política de Cuba, en que se combinan: la enfermedad de Fidel y su retiro forzado de la actividad pública; las recientes elecciones a la Asamblea Nacional (realizadas el 20 de enero pasado); y cierta incertidumbre sobre la elección del próximo Consejo de Estado (próximo 24 de febrero). ¿Será Fidel reelecto para presidirlo? Nadie sabe la respuesta. ¿Es la hora de algunos ajustes políticos y económicos? Montones de opiniones escuchamos.

Un primer vistazo

“¿Has visitado antes Cuba?”, preguntan. “Sí, en 1985, en un encuentro estudiantil sobre la deuda externa de América Latina”. “Ah! Pero no es la misma ciudad, ha habido cambios importantes, sobre todo en infraestructuras y carreteras”, nos dicen. Y así se percibe. La limpieza, nuevos edificios, el aeropuerto, los nuevos hoteles, lo bien asfaltado de las calles, al menos en el área céntrica y turística.

Lo primero que salta a la vista al visitante son los contrastes de sus edificios y casas, entre la belleza deslumbrante de Miramar y la apariencia desvencijada, hace rato faltos de pintura, de los edificios de La Habana que dan al Malecón, o en barrios populares de bloques prefabricados, que datan de los años 60 y 70, como Alamar, por ejemplo.

Contraste entre la estructura turística del primer mundo, que se ve en Varadero, comparable tal vez a Cancún o a la costa sur de España, pero de lo que en Panamá no existe ni la sombra; y el aspecto decadente del puerto de Matanzas, distante pocos kilómetros. Un turista común, en Varadero, no añorará nada de la Costa del Sol española, aunque un matancero puede desear algunos servicios públicos, como el transporte, de Málaga, por ejemplo.

Pero lo que más me impresionó, es que las instalaciones turísticas son en gran medida estatales. Y si bien, abundan hoteles de cadenas europeas, como Meliá, en muchos casos se trata de empresas mixtas. Pero los pequeños bares y restaurantes, en Varadero y en La Habana, son todos estatales, y funcionan mejor que muchos locales privados del mismo tipo en la ciudad de Panamá. Lo cual desmiente a los neoliberales que afirman que lo estatal es sinónimo de ineficiencia.

Como panameño, y usando el método comparativo que siempre ayuda, puedo decir que el sector de La Habana Vieja, es una mezcla cien veces mayor de nuestro Casco Antiguo con la estancada ciudad de Colón. Una muestra de la importancia del puerto de La Habana para el imperio colonial español, cuya riqueza arquitectónica aún perdura, y el tipo de construcción caribeña típica de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

Caminar por las callecitas de La Habana Vieja, como lo hacen decenas de miles de turistas cada año, es impresionante. Se nota por todos lados la labor fructífera de preservación, conservación y recuperación a cargo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

A riesgo de parecer agente de turismo, debo decir que me parece interesante la combinación de plazas, iglesias y edificios coloniales, con pequeños hostales,restaurantes y bares, en los bajos, amenizados desde la mañana hasta la medianoche por decenas de músicos, conviviendo con escuelas, hospitales y habitantes normales. Me recuerda a ciertas zonas de Madrid.

Subiendo, desde el puerto, hacia arriba, donde está el Capitolio y el Teatro Nacional, ya uno se va encontrando con la Cuba no tan turística, y más real. Allí se combinan los almacenes, restaurantes y bares donde consume el cubano común. Uno halla tiendas de ropa o librerías, carentes del “glamour” de los “shoppings”, junto con una larga fila para entrar a un almacén cuyo letrero dice “Adidas”. Una soleada tarde de sábado miles de cubanos deambulan por la peatonales y se detienen a comer pizzas (no menos sabrosas, pero no tan presentables, como las de “Pizza Hut”) o hamburguesas y sándwiches (que no son los de McDonald’s).

Saliendo del centro, hacia el noroeste, tenemos el Vedado, con sus hoteles y edificios estancados en el tiempo, recuerdo de una época más cercana, de mitad del siglo XX, previa a la revolución.Allí también pulula la gente por todas partes, para placer de cualquier sociólogo que quiera practicar la observación participante. Hacia arriba y más adentro, la imponente Plaza de la Revolución, el monumento a José Martí y el conjunto de edificios gubernamentales, centro del poder político.

Sin duda, el paseo obligado y más llamativo de La Habana es el Malecón, en el que no faltan pequeños grupos de personas, en especial jóvenes, las 24 horas del día. Algunos charlando en torno a una botella de ron, otros pescando, o caminando. Casi cualquier tipo humano que busques, allí lo encontrarás. Para continuar los constrastes, allí está la Oficina de Intereses de Estados Unidos, con su letrero fluorescente, cuyo irrespeto diplomático no tiene precedentes en ningún lugar del mundo, y a su lado la Tribuna Antiimperialista con sus banderas que representando cada una los muertos del terrorismo norteamericano contra la isla.

Bordeando la costa, hacia el oeste, tenemos “La Quinta” (avenida), sede de las embajadas, hoteles y casas de lo que fue la burguesía batistiana. Lo único que me pareció chocante acá, hablando arquitectónicamente, es la embajada de la ex URSS, con una torre a la cual nadie atina qué utilidad tendría.

Volviendo a la gente, llama la atención al visitante varón, la belleza de la mujer cubana, pero que es un indicador visual de salud pública, sin duda. ¿Mendigos? Ninguno. Lo más cercano son las viejas vestidas a la usanza colonial con un habano en la boca que te cobran un peso por una foto con ellas.

¿Niños trabajando, vendiendo periódico o lavando vidrios en los semáforos? Nada de eso. Como me señaló Celia Hart: “Ves que todos van a la escuela y con zapatos, y eso que hay que pagarlos en pesos convertibles”.

Allí, sobre La Quinta, en una esquina con la 68, si no recuerdo mal, está unpequeño restaurante al aire libre, “El Burgui”, donde tuve el honor de pasar largos ratos, con una cerveza “Bucanero” en la mano,platicando con Celia Hart sobre Cuba, sobre sus padres y el Movimiento 26 de Julio,el socialismo, el movimiento trotskista intenacional y tantas temas que quedaron inconclusos, y que espero un día volver a continuar.

La lucha diaria del cubano: transporte, vivienda, comida

El pueblo cubano es uno de los más cultos de Latinoamérica, y no vamos a entrarle a estadísticas que cualquiera conoce, sobre sus altos niveles educativos, sus programas culturales, su cine o sus artistas que recorren el mundo. Me refiero a que el cubano común está bastante bien informado. Por decir algo, igual opinan sobre la experiencia bolivariana de Venezuela y “el socialismo del siglo XXI”, que sobre los precandidatos presidenciales norteamericanos y sus propuestas.

Una de las características del pueblo cubano, muy caribeña ella, igual que en Panamá, es su franqueza (aderazada con bastante irreverencia, heredada de la revolución) y su hablar casi a los gritos. Basta caminar un poco por ahí, y conversar con la gente, para que esa noción de “dictadura” que quieren vender se caiga. En pocos días pude escuchar críticas al sistema, tanto de gente razonada y honestamente socialista, como de descontentos. De adolescente pude conocer los últimos años de la dictadura franquista en España, donde las familias hablaban bajito hasta en la sala de su casa, así que sé lo que digo. A los cubanos no se les puede pedir que se callen, ni que hablen en voz baja.

Con esa misma honestidad, un destacado miembro del PCC nos decía: “Aquí ningún dirigente puede decir que ignora los problemas, lo que muchas veces no se sabe es cómo resolverlos”. Otro listaba en su orden los problemas principales: “transporte, vivienda y comida”.

Cuba está superando poco a poco el fuerte bajón, mejor dicho, la debacle, que significó la desaparición de la URSS y el Bloque Socialista, así como casi todo su comercio exterior, cuando los dirigentes rusos, para congraciarse con Washington de hecho se sumaron al bloqueo. Esa fase durísima, que tomó casi toda la década del 90, se conoce como “el período especial”.

El problema del transporte es uno de los más evidentes. En todas las esquinas de La Habana se ven grupos de personas, especialmente mujeres, esperando transporte, pero no de autobuses (que son a todas luces insuficientes), sino lo que llaman “la botella” (en Panamá le decimos “el bote”), es decir, alguien que les dé un aventón hacia el trabajo o la casa, según a qué hora del día se trate.

La mayoría de los que esperan son mujeres, no las confunda con las “jineteras” (que las hay, pero se distinguen por su atuendo), porque los hombres caminan, ya que el tradicional machismo caribeño de los choferes prefiere darle la mano a éstas. Lo cual indirectamente nos habla de la seguridad, porque ninguna mujer en Panamá se atrevería a pedir un aventón de un extraño por lógico temor a una violación o como mínimo un asalto.

Se han importado muchos autobuses de fabricación china, que están suplantando a los tradicionales “camellos” del período especial, una adaptación de un “trailler” o “mula” (decimos acá) con puertas y ventanas, halada por un camión, donde se hacina la gentepara transportarse. Vimos varios todavía funcionando.

Tener un automóvil propio o familiar es difícil, en las listas para adquirir uno tienen prioridad las estrellas deportivas, artistas, gente que ha trabajado en el servicio exterior o en algunas brigadas. La mayoría de los autos que criculan son de uso oficial, de alguna empresa o ministerio. Llama la atención que los autos asignados a los altos funcionarios son los modestos Lada. Los increíbles autos norteamericanos de los años 50 que aún circulan son en su mayoría de particulares que los mantienen funcionando. El precio de la gasolina es casi igual al de Panamá.

Toda la costa norte está sembrada de pozos de petróleo y gas, de no muy buena calidad según dicen, pero que suple el 50% del consumo de energía de la isla. Hablando de energía, ya se ha superado en gran medida los apagones de hace unos años, gracias a la modernización del sistema, parte producto de acuerdos internacionales, incluida Venezuela.

También la revolución energética se ha expresado en el cambio de bombillas y aparatos eléctricos por otros más eficientes y de bajo consumo. Ordenadamente, el estado ha cambiado a las familias desde ollas arroceras, hasta televisores y aires acondicionados viejos por otros nuevos traidos de China. Sin que esto implique mayor costo para la gente.

Sobre la vivienda, se pueden apreciar algunos proyectos recientes, pero evidentemente no alcanzan para la demanda. Las nuevas generaciones generalmente resuelven construyendo anexos o altillos, dentro de las casas de los padres. Con la ventaja, que quisiéramos muchos bajo el capitalismo, de que casi nadie paga casa, ni impuesto de inmueble, ni nada por el estilo.

La alimentación ha mejorado notablemente desde el período especial, pero sigue siendo casi imposible conseguir carne de res y la mayor parte de la leche creo que es importada. Lo usual es comer pollo y, eso sí, cerdo acompañado de arroz y frijoles (“moros y cristianos”).

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Dos monedas, dos economías

En Cuba hay dos economías, expresadas en dos monedas distintas: el peso cubano y el peso convertible. El peso cubano expresa lo que es la economía socialista y el peso convertible (o CUC) todos los productos que se pueden adquirir siguiendo la ley del valor.

Para mayor comprensión, ejemplifiquemos: un docente cobra un salario promedio de 400-500 pesos cubanos que, si se los quiere traducir a dólares (como hace la derecha para mostrar la “injusticia” del sistema) equivalen a unos 20 dólares americanos. Cualquiera diría: “Coño, ¿cómo se puede vivir con tan poquito?”.

Si su mente está contaminada por la ideología del mercado, no hay modo que lo comprenda. Pero la respuesta es simple, y expresa las ventajas de la planificación económica y la socialización de la economía: contrario a un obrero de un país capitalista, la familia cubana NO PAGA NADA POR SALUD Y EDUCACION, y la mayoría NO PAGA NADA POR LA CASA DONDE HABITA, y los que pagan vivienda (proyectos nuevos) se les hace un descuento módico del salario.

Con esos pesos cubanos se paga aproximadamente: 40-50 pesos de luz, 3 pesos por el agua, 3-4 pesos por el gas. Si se lo traduce a dólares, ¡¡estamos hablando de centavos!! Ojalá pudieramos pagar las cuentas así en Panamá.

Luego, con esos pesos cubanos, se tiene acceso a la cartilla (“la libreta”) o canasta básica alimenticia de: 6 libras de arroz, 3 libs. de azúcar, aceite, miniestras, útiles de aseo personal, detergente y cosas así, por persona al mes, con un costo de unos 165 pesos. Los niños hasta los 7 años tienen asegurado un litro de leche diario, de los 8 a los 13 una porción de yogourt.

Por supuesto, lo básico que está en la libreta no alcanza para el mes, por lo cual, las otras cosas, sobre todo carne, deben ser adquiridas en los mercados libres, donde los productores venden directamente. En el sector agrícola, aparte de algunas grandes granjas del estado y cooperativas, también existen muchos pequeños productores independientes (no cuento con cifras exactas).

Todos, incluidos los dirigentes del partido, admiten que el salario en pesos cubanos no alcanza para suplir todas las necesidades. Por ejemplo, zapatos, cierto tipo de ropa y artículos electrónicos deben ser comprados con pesos convertibles.

¿Cómo le hacen? Algunos ahorran y les sobran de sus pesos cubanos para comprar divisas (las cuales son legales); otros reciben remesas del extranjero; otros que trabajan en el turismo o con agencias internacionales cobran parte del sueldo en divisas; otros recurren a lo que llaman “la lucha”, ya sea alguna actividad económica informal (autos particulares haciendo de taxis, alquilar habitaciones de la casa, vender algo, etc.); y algunos inclusive andan por lo ilegal, robando propiedad pública para revender.

Es evidente que, como el estado cubano debe adquirir la energía en el extranjero en divisas, hay un subsidio real a cada familia por estos servicios básicos, a lo que hay que sumar las coberturas totales y gratuitas de salud y educación. Garantizando de manera humana y no por la vía del mercado, lo básico para su pueblo, es lógico que luego el estado cubano tenga limitaciones para suplir otros aspectos.

Siendo un país subdesarrollado, que mayormente oferta turismo y exporta algunos productos agrícolas, minerales y médicos, existe un límite real entre ingresos y gastos, como cualquier país. No se olvide que, el mercado mundial es capitalista y en él impera la ley del valor, sin piedad ninguna.

Al respecto, Celia Hart me recordaba lo señalado por Trotsky: “no puede haber socialismo en un solo país”. Por ende, no se puede pedir a Cuba que construya el paraíso en una isla rodeada de un mundo globalizado por el imperialismo neoliberal.

El futuro inmediato de Cuba

Ya señalamos al inicio que, en el plano político encontramos cierta incertidumbre, en el sentido de qué papel seguirá jugando Fidel Castro como cabeza y símbolo de esta revolución. El 24 de febrero, la Asamblea Nacional recién electa deberá elegir el Consejo de Estado y a quien la presidirá. Fidel ha sido su presidente por casi 50 años. La gran pregunta es si seguirá directamente al frente del gobierno o asumirá un papel de otro tipo.

Conversando con un dirigente del partido, decíamos, “bueno, Fidel puede seguir como presidente del estado, en una posición más simbólica (como creo que Mao lo fue en China en su momento), y Raúl puede preseidir el gobierno (Consejo de Ministros)”. El problema, me respondieron, es que en el caso de Cuba, ambos cargos son ocupados por la misma persona.

Aquí empiezan los debates. Para algunos, como la propia Celia Hart, Fidel debiera reaparecer y reafirmar su papel de conductor del estado cubano; para otros, es el momento para que empiecen a jugar un papel de primer orden otras figuras.

Sin duda, con Fidel al frente, o jugando un papel más simbólico y propagandístico, Raúl Castro, representando a la generación que hizo la revolución, le toca dirigir el día a día del gobierno. Pero tambien existen figuras representativas junto a Raúl. Carlos Lage, por ejemplo, quien encarna el símbolo del militante comunista honesto y humilde, que sigue viviendo en la misma casa donde nació; o el propio Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional, y una de las figuras más conocidas en el exterior, especialista en relaciones con Estados Unidos.

Es notable que, de los 614 diputados electos el pasado 20 de enero, el 56% nació después de la Revolución de 1958, para una edad promedio de 49 años (Granma Internacional 3/2/08). Es decir, se trata de una generación emergente que en pocos años deberá a reemplazar a los históricos de la Sierra Maestra.

También llama la atención que, en dichas elecciones, donde votó el 97% del padrón electoral, un 91% realizó el “voto unido”, es decir, el voto en plancha (como decimos acá) pedido por la dirección del partido. El 6% que no se aplicó al voto unido probablemente quiso enviar algún mensaje político al seleccionar a determinados candidatos. Aquí lo interesante es que Raúl sacó ligeramente algunos votos más que Fidel, lo cual es interpretado por algunos observadores como una voluntad indirecta a favor de reformas.

La índole de las reformas que están en debate se refieren a permisos irrestrictos de salida del país, libre acceso de los cubanos a los hoteles, mayor accesibilidad a internet, etc.

Yo agregaría otro elemento. En un artículo de Granma (12/2/08), titulado “Trabajar: ¿opción o necesidad?”, el articulista se queja de que en la provincia de Las Tunas existen al menos 6,000 plazas vacantes sin ocupar y 1,000 en el sector en los ministerios de Agricultura y Azúcar, pero contradictoriamente hay 14,000 personas no vinculadas a ninguna ocupación laboral, que deambulan por las calles comiendo helado, o se sientan plácidamente en el parque.

El articulista se pregunta: “¿De qué viven: del padre que los mantiene, de la remesa del exterior o del negocio turbio sustentado por el ombligo del delito, con recursos y artimañas que desangran al mismo Estado que les asegura canasta básica, atención médica, seguridad, estudio e idénticos derechos que el resto de la sociedad?”.

Aquí la pregunta, que me hago yo, preocupado por el futuro socialista de Cuba, es si no convendría legitimar algunos mecanismos de mercado, tanto para revitalizar incentivos que favorezcan la productividad, como para resolver necesidades que el estado no puede sustentar. ¿Por qué no legalizar la economía subterránea del taxista informal o del que arrienda cuartos?

Por supuesto, el debate sobre las reformas y sus límites conduce al dilema de hasta dónde una glasnost económica puede abrirse sin que se desate el infierno del retorno capitalista como pasó en Rusia, donde ahora los pobres añoran las seguridades que antes les garantizaba el estado socialista.

Mi primera reacción al llegar a Panamá ha sido rebuscar a Lenin y el tema de la N.E.P., a Preobrazenski, Trostki y el debate sobre los planes quinquenales, industrialización, etc.Lo juro, yo no tengo las respuestas. Encontrarlas será el arte de la dirección cubana, cuya astucia y habilidadestá fuera de toda duda.

Mi reciente visita a Cuba me ha obligado a desempolvar los escritos de Trotsky, en busca de respuestas. El “Viejo” decía con toda claridad que, socialismo, en el sentido de “a cada cual según sus necesidades”, como superación absoluta del capitalismo, sólo podrá existir en la medida en que se socialice la producción en los países capitalistas desarrollados y se integre el mundo de esa manera. Mientras, lo que podemos tener son sociedades de transición, en las que contradictoriamente existe una socialización de la producción, que ayuda a superar la más mísera explotación capitalista, pero una distribución que en gran medida aún obedece a las leyes del mercado (ley del valor).

Sin duda el futuro socialista de Cuba depende del proceso de revolución mundial, pero ésta última también necesita que el esbozo de socialismo cubano se siga sosteniendo. Una dialéctica compleja, pero real.

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