La guerra del 14 como inspiración

Una familia marcada por la guerra

 En 1990 ganó el premio Goncourt este libro de Jean Rouard ( << Los campos del honor >>. Anagrama, 2014) que había sido escrito por un quiosquero que sin mayores ceremonias envió el manuscrito, de su primera novela, a las prestigiosas ediciones de Minuit; se la publicaron de inmediato y el éxito fue apabullante. Ala año siguiente la barcelonesa Anagrama la publicaba y ahora, en su colección << Otra vuelta de tuerca>>, y con un atinado sentido de la oportunidad la vuelven a sacar a la luz en estos tiempos de aniversario.

La novela se dispara rápida y va creando una cierta incertidumbre con respecto al título y a la ilustración de portada bélicos, pues a no ser alguna vaga referencia, el retrato avanza por el seno familiar y la presencia de la guerra no se deja notar hasta bien avanzado el libro; son casi las cincuenta últimas páginas las que realmente están invadidas por la guerra y por las maldades que ésta va a suponer en el seno de la familia del protagonista. No quiere decir lo anterior que antes la muerte no se cobre su correspondiente dosis de víctimas ya que en un mismo invierno tres muertes se suceden la del padre del narrador, la del abuelo y la de una tía abuela. Estas desapariciones alienta el ventilador de los recuerdos y conoceremos al patriarca Bideau, hombre que resultaba ausente y que parecía querer siempre mantener un ámbito del que él solo fuera dueño y señor, lo cual iba a hacer que su soledad, o sus secretas compañías, le sirviesen para dedicarse a cultivar las prohibiciones que la edad, y la salud, parecían imponerle, que iban desde el tabaco y los dulces a algunos otros que resultaban como más prohibidos todavía, y cuyo secreto al final él se los llevó a la tumba. Seremos testigos de algunos crujidos entre cuñadas y entraremos en el amplio santoral de la tía Marie que había dedicado su vida a su profesión de maestra, y a rezar por todos los demás, ayudar a los curas del lugar y a cuidar su cohorte de santos especializados, ya que para cada problema tenía asignado uno…que a veces funcionaban-según su férrea creencia- y en otras eran castigados o bajados del escalafón por aquella dama meapilesca si no cumplían comme il faut a sus constantes peticiones; desde luego quien no se ría con el retrato de tan singular dama ha de ir a mirárselo…lo de la risa.

No le falta sentido del humor a Jean Rouard y las historias se empapan de anécdotas cargadas de ironías, de desternillantes escenas familiares, festivas o deportivas que nos van introduciendo en el pulso de una época cuyo círculo se cierra en las trepidantes páginas finales, en las que se hallan la respuesta a algunas de las preguntas que han asomado tímidamente en las páginas anteriores, y también las causas que provocaron ciertos desajustes familiares…debidos a la drôle de guerre. Viajes por los paisajes de la guerra pasada, señalada con las cruces, o las posibilidades, de ellas de algunos de los familiares caídos en aquel combate que era el más grande e innovador en lo que a destrucción masiva se conocía, al ponerse en uso nuevas armas, gases,  desplazamientos masivos de poblaciones enteras, etc..

La novela se sostiene firme de principio a fin y su entretenida prosa  incita a continuar la lectura para ir conociendo lo que va a venir a continuación como quien quiere conocer la figura total de un desmontado puzzle. No cabe la menor duda que si algunos escribieron de la guerra en el fragor del combate, habiendo participado en ella; hay otros escritores que en la actualidad han tomado como inspiración aquella contienda que inauguraba el siglo XX, el nombre de Jean Rouard puede sumarse con distinción a los de Jean Echenoz, Philippe Claudel, Pierre Lemaître, Jean Vautrin o…, en otro orden de cosas, el mosqueado Tardi…<< la ficción… flor que crece en un osario >> que dice uno de ellos ( Claudel).

 

 En la guerra como en la guerra

Después de sus garbeos, entre otros lugares, por la Bella Easo, en <<Me voy>>, y tras  sus singulares exploraciones a personajes célebres como el músico de Ziburu, << Ravel>>-siempre pegado a su piano y a sus inseparables gauloises–  al iluminado Nikola Tesla ( << Relámpagos>>)- centrado en sus luminosos inventos (bombillas, etc.)-, pasando por el korrikalari Zatopek (<< Correr>>)-, la Locomotora que corrió al ritmo de los vaivenes políticos de su país-, ahora el escritor Jean Echenoz  nos traslada a la época de la primera guerra mundial en su << 14 >> (Anagrama, 2013), y lo hace con una economía de páginas realmente llamativa, mas la capacidad de extraer lo esencial, y relatarlo sin abalorios, es una de las características destacadas del autor de << Cherokee>>.

La situación nos es presentada desde el inicio de la movilización guerrera, cuando varios amigos de un pueblito de la Vendée son llamados a filas en unas escaramuzas que se antojaban breves; la cosa se iba a liquidar en unas semanas y…todos a casa, se repetía. Caminamos junto a la tropa y el cansancio creciente,  a la par que el peso de la mochila y de los utensilios necesarios para los enfrentamientos bélicos, todo ello va asomando al tiempo que con el fin de paliar la soledad, las incomodidades, la fatiga y el alejamiento del hogar las botellas también ocupan su lugar como anestesia ante el merdier en que se ven sumergidos…con barro hasta el cuello.

Más las cosas no son lo que en un principio se anunciaban, y las trincheras comienzan a servir para lo que realmente fueron excavadas, para evitar los tiros enemigos; los proyectiles con su feroz bramido inundan el aire, y atruenan los oídos de los jóvenes soldados, del mismo modo que lo hacen los aviones que surcan los cielos belgas; los movilizados comienzan  a ver entre sus compañeros los primeros heridos y muertos, y los cuatro amigos ( Anthime, y sus colegas Padioleau, Bossis y Arcenel) se ven alcanzados por  la desgracia: así el primero de ellos, se entera de la muerte de su hermano, Charles, que había sido destinado, por medio de los enchufes del médico del pueblo, a la aviación; mientras tanto en su pueblo una joven, Blanche, da a luz una criatura cuyo padre era el fallecido. La desgracia también alcanzará al propio Anthime que ve cómo se le amputa un brazo a resultas de las heridas recibidas; ello le supondrá su vuelta a casa y su cercana relación con Blanche que pertenecía a una familia adinerada de la localidad, con empresa de calzados incluida, productos esenciales para el ejército..

La guerra no cesa y los fusilamientos por supuestas deserciones se ejecutan en los campos vacíos, plagados de objetos de quienes huyen, mostrando su rostro cruel y cercano, ya que es la suerte que corrió uno de los desesperados amigos…a otro las heridas le supusieron la ceguera.

Con la concisa escasez y brevedad antes señaladas nos son mostradas, en logrados flashes, las desgracias de la guerra y sus huellas, no solo en el frente, sino en la retaguardia y en quienes en ella tratan de hacer el agosto sirviéndose de la desgracia ajena…y sabido es que según se dice las desgracias nunca viene solas.

La historia se desliza con suavidad, a pesar de la dureza, de lo narrado, y con un brillo-no el de los fogonazos guerreros- del que el autor de Orange está dotado en abundancia.

Aun a riesgo de resultar reiterativo diré que lo bueno si breve dos veces bueno; en este caso, como por otra parte es habitual en el escritor de Orange, a la bondad de la brevedad se han de sumar otras bondades relacionadas con la precisión de la prosa, cuidada en todos sus detalles, y…todavía las historias contadas que se entrelazan como las fichas de un puzzle para entregarnos en toda su amplitud las nefastas consecuencias de aquella guerra que fue la primera del siglo, y la primera también en lo que hace a la utilización de avances técnicos que hicieron que las muertes aumentasen al por mayor.

<< Concentrados  Jean Echenoz>> sigue exhibiendo su plena forma.

 

La segunda de estas reseñas apareció en el diario GARA el primer domingo de este año.

 

 

 

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS