La guerra comercial de Trump amenaza la economía estadounidense y el orden global

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La subida arancelaria al acero y el aluminio de EEUU es un riesgo sistémico. Contra la economía de EEUU, dopada por rebajas fiscales históricas, con déficits sin parangón, en pleno giro de su política monetaria y con un dólar débil. Contra la seguridad global, por la afrenta a aliados geoestratégicos. Y contra el raciocinio: ninguna guerra comercial ha ocasionado riqueza nacional, sino tensiones o desastres globales.

El ciudadano Trump contra el resto del mundo. Así es el actual Tío Sam. Dispara sus tuits como si no hubiera un mañana. Desde el minuto uno de la asunción de su cargo, el comandante en jefe del ejército más avanzado tecnológica y militarmente del planeta y de la única potencia nuclear que ha utilizado armas atómicas contra población civil no ha parado de lanzar diatribas y mensajes ofensivos y amenazadores. Fiel a su ideario, dicen sus acólitos. Quizás uno de los que más ha disfrutado ha sido el que, hace un par de semanas, se considera de forma unánime en todas las cancillerías del mundo como una declaración de guerra comercial.

Porque, a juzgar por el contenido y el tono de sus proclamas, y por la constatación de sus más fieles asesores en la Casa Blanca, la defensa del proteccionismo y las apelaciones al patriotismo son las dos piedras filosofales de su ideario. Los temas con los que se siente plenamente realizado, los que colman su ego. Más, incluso, que su feroz, constante y numantina insistencia en que el Congreso firme el acta de defunción del MediCare o la Ley Dodd-Frank -la asistencia universal de la sanidad y las reglas contra las malas praxis del sector financiero, que hizo acopio de activos tóxicos hasta el punto de desencadenar el mayor credit crunch desde 1929, y en respaldo de los derechos del consumidor- dos de las iniciativas que marcaron el mandato de su antecesor, Barack Obama.

O que su doble rebaja fiscal, sin precedentes en la historia por el calibre de sus recortes tributarios, o el incremento presupuestario, también histórico, destinado a Defensa, que manejará este año una partida de nada menos que 600.000 millones de dólares. Bajo la justificación de modernizar el ejército, dotarle de armas innovadoras y preparar a EEUU ante nuevos desafíos globales.

Pero la afrenta de Donald Trump contra el libre comercio puede provocar que su deflagración le salga por la culata. Porque los efectos colaterales de su ordenado incremento de tarifas sobre las importaciones de acero -del 25%- y de aluminio (10%) no parecen que estén completamente bajo el control del actual inquilino de la Casa Blanca. Hay, al menos, cinco aspectos que ofrecen sombras. Es decir, que revelan dudas sobre la victoria de EEUU en esta contienda. Todos ellos, de enorme valor para Washington. De índole económico, aunque también geoestratégico. Y que dejan en entredicho las palabras de Trump, en su cuenta personal de Twitter, de que «las guerras comerciales son buenas» o su pronóstico de que EEUU «ganará» la contienda.

1.- Aliados de Washington que recogen el guante.

«El acero es el acero. Si no tienes acero, no tienes un país». La proclamación de Trump en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca es una llamada al proteccionismo. Al patriotismo. Sobre todo, de industrias metalúrgicas poco competitivas e instaladas en el interior del país, caladero de votos republicanos y de adeptos del presidente de EEUU. «Estas acciones se han tomado porque no hay otra elección, porque son necesarias para preservar nuestra seguridad nacional», explicaba Trump antes de sentenciar: «La mayoría de los países que nos amenazan con lo peor del comercio y de la defensa militar son nuestros aliados, como a ellos mismos les gusta denominarse». El dirigente norteamericano hacía referencia, sin citarlos, a que tres aliados de la OTAN, Corea del Sur, Japón, India, Taiwán y México están entre los diez que lideraron las ventas de acero en suelo estadounidense. Es la competencia desleal a los trabajadores metalúrgicos que, ahora -según Trump- hay que defender a ultranza como parte de la soberanía nacional.

Pero este primer muro arancelario, que sumar al fronterizo con México, han dejado un reguero de rivales. Europa, Japón, China, Rusia y sus vecinos del todavía latente Nafta (Canadá y México) están dispuestos a presentar batalla a Washington. La UE, por ejemplo, ha enumerado un listado de 350 productos a los que aplicará gravámenes si EEUU consuma su amenaza sobre el acero y el aluminio. En realidad, son dos listas negras que, en conjunto, suman 6.400 millones de euros en ventas. La primera, la respuesta al acero, elevaría un 25% las tarifas sobre 180 bienes made in US. Si finalmente, Trump consuma su orden, prevista para el 23 de marzo. Entraría en vigor a los 90 días. La segunda, algo menos cuantitativa, tendría una prima de importación del 10%, que no sería inmediata. Pero que afectaría al whiskey, el papel, los textiles, el calzado o las joyas. En caso de que la Organización Mundial del Comercio (OMC) dictaminara que EEUU ha vulnerado, con su decisión, el principio de libre circulación de mercancías y servicios.

El Gobierno chino, por su parte, se apresuró a calificar de “sumamente grave” el viraje de Trump, pese a que Li Xinchuang, presidente de la Asociación China del Hierro y del Acero, aclarara que «el impacto sobre los productores chinos no será grande», ya que, según el Departamento de Comercio de EEUU, los mayores vendedores de acero son Canadá, con más del 16% de las adquisiciones de este material, seguidos de Brasil y Corea del Sur, mientras China apenas coloca algo menos del 5%. Datos de 2017. Louis Kuijs, de la consultora Oxford Economics en Hong Kong cree que, si realmente Washington pretende hacer daño a Pekín en el orden comercial, «debería encarecer las entradas de productos electrónicos o de telecomunicaciones». En cualquier caso, según su opinión, «sería más conveniente alcanzar un acuerdo bilateral, porque muchas firmas de EEUU se enfrentarán a daños colaterales que podrían repercutir sobre los consumidores, con alzas de precios». O actuando sobre la propiedad intelectual, requisito que las compañías chinas se suelen saltar por norma general, un asunto -aclara- que sería, además, del agrado del sector privado estadounidense.

China, México y Europa -o, para ser más precisos, Alemania-, han sido identificados por Trump como los principales focos del déficit comercial de EEUU. Agujero que se ha deteriorado durante el primer año de gestión de Trump un 12,1% en términos interanuales, hasta totalizar 566.000 millones de dólares, la cota más alta desde la crisis de 2008. Las exportaciones subieron un 5,5% (2.330 millones de dólares), frente al repunte del 6,7% de las compras: 2.900 millones. Con China -que acumula frente a EEUU un superávit comercial de 375.200 millones de dólares, un 8,1% más respecto a 2016- y México (71.100 millones) a la zaga, aunque a bastante distancia. Europa tuvo un saldo positivo conjunto de 120.800 millones en 2017; un 6,8% más que el año anterior.

El problema para Trump es que su táctica del palo (incremento de tarifas) y la zanahoria (países que podrían beneficiarse de excepciones; es decir, de un aumento menos agresivo e, incluso, de exenciones) no parece que vaya a dar el resultado previsto. Salvo mercados anglosajones como Reino Unido, inmerso en una dura negociación con Europa por el Brexit y necesitado de perfilar su mapa de acuerdos de libre comercio tras el divorcio de la UE, o Australia, titubeante ante los cantos de sirenas de Trump, los grandes aliados de EEUU prefieren combatir el proteccionismo de la mayor economía del planeta. Japón recalca que “sus ventas de aluminio y acero a EEUU no pueden afectar a la seguridad nacional; en absoluto. Así se lo diré a sus autoridades en cuanto tenga la oportunidad”, dijo su titular de Comercio.

En línea con voces empresariales como la del CEO de Siemens, Joe Kaeser, para quien «después de una reforma fiscal enfocada a la creación de empleo, ahora [el gobierno americano] saca de la chistera una deplorable decisión sobre lo que considera un comercio justo». Para Kaeser, la doble subida arancelaria «ni es buena para el consumidor, ni para generar empleos ni para un mundo libre».

Algo que también critica Hyundai. La multinacional surcoreana alerta que este cambio de tarifas «elevará los costes de producción» de sus fábricas en EEUU, lo que conducirá a «un incremento del precio final de sus vehículos y a un descenso de la demanda», señaló Jim Trainor, portavoz de la firma en EEUU, que no descartó modificaciones en los planes productivos de su planta en Alabama. La japonesa Toyota o Ford se han añadido a la lista de empresas agraviadas.

Canadá se ha sumado a la retahíla de advertencias. Su primer ministro, Justin Trudeau, que ha aireado su malestar por la renegociación del Nafta, un intento, a su juicio y el de numerosos expertos, de lapidar la unión aduanera norteamericana. Considera la maniobra beligerante de Trump como «inaceptable» y la califica como una medida que causará «daños significativos».

2.- El alza de tarifas no garantiza la defensa de los empleos americanos.

«Las tarifas sobre el acero funcionan». Fue el lema de George W. Bush en marzo de 2002 para justificar su decisión de elevar, del 8% al 30% los aranceles a la importación. Esta recurrente ocurrencia republicana, en su penúltima versión, sólo duró un año y medio. Hasta diciembre de 2003. No consiguieron reactivar el empleo de esta vetusta, aunque todavía estratégica industria.

El sector sufrió su gran desplome de puestos de trabajo al inicio de los ochenta del siglo pasado, al pasar de una plantilla de 453.000, en 1979, a otra de 236.000 en 1984. Después de alcanzar su clímax en 1953: 650.000 empleos. En sintonía con la caída global. Desde 1972 hasta 2014 este segmento manufacturero ha perdido la mitad de sus trabajadores en el mundo, según la Oficina de Estadísticas Laboral de EEUU. Una dura y larga reconversión.

Tampoco el negocio vinculado al aluminio es demasiado boyante. La bauxita, el mineral del que se extrae, apenas requiere 5.000 mineros, el 80%, en Minnesota. De ahí que la adquisición de acero y de aluminio foráneo y barato, indispensable para abastecer la industria aeroespacial, la automovilística, la de envases o la de componentes electrónicos, haya aportado más puestos de trabajo de los que ha destruido. Aunque no lo crea así el secretario de Comercio, Wilbur Ross. Uno de los multimillonarios del gabinete Trump. El mismo que compró varias firmas acereras en bancarrota en 2002 -coincidiendo con el alza arancelaria de Bush- que tres años después vendió a Mittal Steel (ahora Arcelor Mittal). Y, quizás, el gran defensor de la medida. Hasta el punto de sacar a relucir la demagogia al respaldar la decisión de Trump con una lata de sopa Campbell y afirmar que el aluminio es sólo una parte residual del precio definitivo de este popular producto de consumo americano. Es decir, dejando entrever que no tendrá repercusión en su precio final.

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