La gestión del peligro

Si cuanto más grandes seamos peor podemos asumir los grandes riesgos, prepararse para lo peor, quedarse todos sin huevos, implica no ponerlos en el mismo cesto. En general nos preparamos para pequeños riesgos pero no para los grandes, con respecto a estos nos reducimos a pensar que como son muy improbables no hace falta hacer nada. Es bueno atacar juntos, pero para defenderse, mejor por separado. La subsidariedad, la dispersión, se imponen estratégicamente cuando hay que defenderse, al menos la subsidariedad entendida como gobernar, administrar, asumir responsabilidades en la escala más pequeña posible. 

   Para los grandes riesgos financieros no estábamos preparados, para los grandes riesgos en otros campos, con eso de actuar desde arriba por el bien de todos tampoco. En EE.UU. el Departamento de Agricultura dedica a la evaluación de riesgos sólo el 1% de los fondos que dedica a la investigación biológica. Si esta proporción se da en el sector público imagina lo que pasa en el privado. El resultado de una política de investigación semejante, mantenida a lo largo de los años es que al final ni siquiera existen especialistas en bioseguridad: los saberes se pierden -en el supuesto de que existan- si no son transmitidos.

   Si pretendemos unidades más pequeñas es porque intuimos que mejor que cada palo aguante su vela. Que pasar de la distribución de Pareto 20-80, en la distribuciones de la riqueza, de la venta de libros, de la publicación de las noticias… del poder, vaya al 1-99 de ahora nos ha vuelto más débiles, más frágiles. Los expertos en “gestión de riesgos” se preguntan: ¿cuán seguro es “lo suficientemente seguro”? ¿A qué nivel un riesgo es aceptable? La respuesta (una parte de la respuesta) basada en el “principio de precaución” debe ser: un riesgo no es aceptable si hay alternativas. No hay alternativas si están casi todos los huevos en la misma cesta. Gobernar, decidir, desde el 1% no es aceptable si hay alternativas. Si hay peligro, posibilidad de catástrofe.

   “Riesgo” remite a la inseguridad determinada, calculable; “peligro”, a la inseguridad indeterminada, indeterminable, incalculable. Para la gestión del peligro: mejor abrirse. Aparte del asunto de la identidad perdida como nación española, o a recuperar como nación catalana, aparte de la necesidad de exigir personalmente responsabilidad al administrador de la comunidad de vecinos, al parlamentario elegido en una lista abierta… queremos defender a nuestra familia, hijos, a nuestra tribu, pelotón, club… desde dentro, no queremos que se haga desde arriba. Pensamos que si nos va muy mal, si el peligro se presenta, nos vamos a defender mejor desde abajo… bueno, yo “hice la mili” en infantería, y en mi país se inventó la palabra guerrilla, palabra que no ha sido necesario traducir nunca. En inglés suena como gorila.

  Sin un modo intelectualmente respetable de discutir sobre la justicia no hay manera de hablar sobre la aceptabilidad del riesgo, ya que la mayoría de las cuestiones relacionadas con el riesgo suscitan graves problemas de justicia. La ciencia ha heredado las tareas y las responsabilidades de la religión; también ha heredado las subvenciones que antes tenía la religión, (lo que origina) unos intereses corporativos muy fuertes. Y una responsabilidad en la gestión de los grandes riesgos, de los peligros, que se aplica a desconocerlos.

    Se acostumbra uno al dolor, se segregan endorfinas para ello. Uno al peligro puede acostumbrarse, a eso se ha llamado valor. Antes los peligros eran perceptibles por nuestros sentidos, hoy se sustraen a la percepción, los llamamos riesgos, envenenan a la larga, sin que te des cuenta. En todo caso existen compañías de seguros para eso. 

   Hoy las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose. Llevan a disyuntivas idiotas, en las que la libertad de «decir no» es restringida sistemáticamente, porque está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas. “Decir que no” se ha convertido en un riesgo que se asume en un sitio tácticamente equivocado. La necesidad de emboscadura, de subsidariedad, en cuanto estrategia ante la catástrofe, nos remite a aquella necesidad de transformar la desconcentración administrativa en descentralización política que recuerda que somos colectivamente vulnerables al peligro.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS