La frontera del caos

Se dice de las ecuaciones no lineales, de las situaciones caóticas, que tienen más variables que constantes, que sus resultados son cuestiones de probabilidad, Nietzsche diría que es preciso tener todavía un caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Los matemáticos dan a veces al caos el nombre de bifurcación.

   Schopenhauer como es sabido llamó al caos con el equívoco nombre de “voluntad”. Por supuesto esta voluntad poco tiene que ver con la facultad del alma o la categoría psicológica que ha venido designándose así. No hay en ella deliberación ni elección de objeto, ni propósito determinado: es una fuerza ciega cuya esencia consiste en  la pura repetición del apetecer.

  Los hombres fabricamos incesantemente una tienda de campaña para protegernos y en su techo escribimos nuestras convenciones y hasta el firmamento. El poeta, el artista, rompe de vez en cuando algo de ese paraguas y por la desgarradura entra así a veces algo del caos exterior libre y ventoso, una luz y una visión bruscas, que hay que encuadrar antes que desaparezcan.

    No somos entidades que se puedan entender con existencia independiente. Somos un conjunto de relaciones que se extienden hacia y desde otros. Es necesario un flujo constante de materia y energía a través nuestro para que tenga lugar una identidad, una autoorganización. Podemos entendernos como nuevas estructuras y nuevos modos de comportamiento en sistemas lejos del equilibrio, caractecterizados por bucles de retroalimentación internos y que podemos describir en términos de ecuaciones no lineales.

  Es necesario distinguir entre la mera aleatoriedad o “ruido” y el caos. El comportamiento caótico es determinista y pautado y la identidad y la autoorganización nos ayudan a transformar los datos aparentemente aleatorios en claras formas visibles. Nos iluminamos al encontrarlas de nuevo tras cada aclaración. El comportamiento de un sistema caótico no es necesariamente aleatorio. De hecho, algunos sistemas caóticos se comportan de formas complejas muy interesantes que se desvían de la pura aleatoriedad. Usamos el término «la frontera del caos» para describir el comportamiento no-aleatorio que puede aparecer en sistemas caóticos

  La historia de la ciencia es una historia de horizontes en retirada. De cada respuesta nacen cientos de nuevos interrogantes. Tiene razón Pablo Neruda cuando, en su poema «ya no sé nada» escribe: “Lo cierto es que una abstracta incertidumbre/ sale de cada caos que regresa/ cada vez a ser orden…”

  Porque lo propio del caos es dejar de serlo de vez en cuando, el caos es ondulante como la vida, como la política. Lo sabemos los anarquistas que pensamos en el día después de la revolución y queremos salir del caos que produce la extinción del Estado: ¿cómo podríamos salir del caos sin el Estado?

  Y lo sabemos también los estudiantes, porque el saber que se toma en exceso, sin hambre, e incluso sin necesitarlo, ya no actúa como un motivo configurador, como un motivo que empuje hacia afuera, y nos hace permanecer encerrados en un mundo interior caótico. Puede entenderse así el estudio constante como intentos de formación interior para bárbaros por fuera. Que necesitan constantemente modelos, y la construcción de modelos acaba teniendo prioridad con respecto a la observación y medición, sobre todo en procesos caóticos. Y el enamorarse de los modelos, el efecto Pigmalión, es bastante corriente.

  Nuestra espontaneidad, nuestra frescura, nuestra vigilia necesitan del caos. Las costumbres, los modelos, el orden las matan, del mismo modo que matan el corazón, porque en el organismo sano, el intervalo entre latidos sucesivos es caótico, fluctúa, pero no responde a ningún patrón periódico. Unos días antes de una muerte cardíaca súbita el ritmo cardíaco es periódico y trece horas antes del infarto prácticamente constante.

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