Publicado en: 12 diciembre, 2015

La ficción democrática

Por Rafael Cid

Por Rafael Cid “El más fuerte nunca es bastante fuerte para ser siempre el amo si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber “ (Jean-Jacques Rousseau) Hacer que la opinión pública se plegue a la opinión publicada ha sido siempre un objetivo del statu quo para evitar quebrantos. Mientras la gente vote […]

Por Rafael Cid

“El más fuerte nunca es bastante fuerte para ser siempre el amo
si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber “
(Jean-Jacques Rousseau)

Hacer que la opinión pública se plegue a la opinión publicada ha sido siempre un objetivo del statu quo para evitar quebrantos. Mientras la gente vote y pague impuestos patrióticamente, los poderes fácticos no tienen mucho que temer. Habrá sustos, escarceos heterodoxos e incluso desplantes, pero la sangre no llegará al río. Lo importante es evitar que otros valores se instalen en la realidad social y que aflore como alternativa una dinámica de relaciones espontáneas y cooperativas. Fuera de eso, todo lo demás es contingente para el sistema hegemónico.

El fenómeno de ese “imago mundi” que recrea un campo de control desde extramuros está sobradamente estudiado en los anales de la sociología contemporánea. De ese tenor eran algunas de reflexiones del clásico <<La construcción social de la realidad>>, de Peter Berger y Thomas Luckman, al sostener que “el individuo no solo acepta los roles y las actitudes de otros, sino que en el mismo proceso acepta el mundo de ellos”, y buena parte de las requisitorias de Cornelius Castoriadis con su concepto de “imaginario social” desarrollado en obras como <<La institución imaginaria de la sociedad>>. Lógicamente en un escenario tan minado por los artefactos de comunicación de masas esa función corresponde prioritariamente a la experiencia cognitiva que aporta el impacto televisivo. Hasta tal punto que el gran profeta de la especialidad, Marsall McLuhan, se refirió a los medios como “las extensiones del hombre”. Y la Escuela de Frankfurt (Adorno, Benjamín, Horkheimer, Marcuse) teorizó que los medios de comunicación forman parte de una industria de la conciencia que frena el cambio social.

De ahí la apuesta de los poderes por condicionar a la opinión pública mediante la opinión publicada, y muy especialmente por moldear las motivaciones del elector en las modernas democracias representativas (de sufragio universal). Condicionando el proceso de toma de decisiones se pueden obtener resultados acordes con los intereses en liza, o al menos evitar que iniciativas adversas desarrollen todo su potencial. A la hora de la verdad, lo importante, como decía Humpty Dumpty en <<Alicia detrás del espejo>> es saber “quién manda aquí”. Y como “el medio es el mensaje”, aceptar su protagonismo en la sociedad civil es facilitar que sea la medioteca quien confeccione el temario (agenda setting), porque como señala Gerhard Maletzke el receptor está bajo la “compulsión del emisor”

Esa reactivación de la heteronomía frente a la autonomía ha quedado explicitado en el “debate decisivo” programado ante las próximas elecciones generales del 20-D por la corporación privada AtresMedia, previa aceptación de su formato por los equipos de campaña de los partidos emergentes (Podemos y Ciudadanos) y de los recurrentes (PP y PSOE). En realidad un simulacro de debate desde el momento que han sido otros, y no una instancia independiente comisionada por los propios ciudadanos, quien ha establecido el quién, el cómo y el cuánto, partiendo de la superstición de que la deliberación democrática puede condensarse en los discursos escenificados en dos horas por cuatro personas a las que se enviste de dones especiales.

De ahí que lo visto y oído sirviera para anunciar la segunda transición que incubará el 20-D para regenerar a la primera. Con un arranque en la cocina que antecedió al encuentro orillando asuntos clave como la forma de Estado (monarquía V.S. república) o la corrupción de la Casa Real (a pesar de que el juicio del caso Noos comienza en unos días). Incluso así, hay cuatro aspectos que denuncian la impostura del pretendido “debate decisivo”:

Todos los actores, como si se tratara de un siniestro acto de iniciación, aceptaron excluir a dos partidos que tienen representación parlamentaria, sin aportar la menor excusa para esa discriminación, y como si lo anticipado por los sondeos para IU y UPyD fueran ya hechos consumados. O sea, las exigencias de solidaridad que luego habrían de desgranar en sus respectivas intervenciones fueron precedidas por un rotundo acto de insolidaridad entre iguales y censura. Una actitud de trascendencia, ya que con esa difuminación del contrincante se oficializa una modalidad de lo que en la teoría de la comunicación se denomina “espiral del silencio” (spiral of silence), un hacer de menos a un tercero que además implica exponencialmente su invisibilidad como identidad en los circuitos.

Ninguno de los cuatro figurantes fue escrupuloso a la hora de reivindicar el valor de la memoria como asidero desde donde ponderar las convicciones para votar. En este sentido, sin duda el más incisivo fue el líder de Podemos al utilizar su “minuto final” para solicitar que la gente recordara a la hora de ir a las urnas lo que en el terreño de ajustes, recortes y limitaciones de derechos y libertades practicaron tanto el PSOE como el PP en sus etapas de gobierno. Sin embargo, el propio Pablo Iglesias asumió parecida amnesia al evitar mencionar su apoyo cerrado a la Syriza del rescate; al régimen de Maduro en el preciso momento de su defenestración popular o la claudicación del laborista Corbyn (<<Por qué todos hablan del Pablo Iglesias británico>>) para impedir que su partido rechazara actuar militarmente en Siria.

Durante sus intervenciones, mayoritariamente relacionadas con propuestas cortoplacistas, nadie hizo la menor mención a dos aspectos esenciales, tanto a nivel nacional o global: el problema del medio ambiente y la cuestión campesina (agricultura y ganadería). A pesar de que en tiempo real se estaba celebrando en París la cumbre del clima y varias grandes ciudades el mundo (Madrid y Pekín) estaban en emergencia por contaminación atmosférica. Y, en el terreno interno, cuando el sector lácteo se alzaba contra las abusivas condiciones de las grandes cadenas de distribución. Tampoco ninguno de los emergentes se comprometió a derogar la reforma del artículo 135 de la Constitución, que es la base sobre la que opera el sistema de restricciones sociales vigente, aunque Iglesias lo citara indoloramente de pasada. Seguramente para no impedir posibles pactos futuros con PP y PSOE, que fueron quienes lo subscribieron al alimón.

Una vez finalizado el debate, los aparatos de todos los partidos trataron de trasladar a la impresión de victoria de sus respectivos representantes manipulando las redes sociales con un aluvión de mensajes encadenados y la utilización de robots para mejor posicionar sus argumentarios. En este sentido, el ciberpartido Podemos ganó por goleada de muchos cientos de miles de citas a sus más convencionales compañeros de pupitre. Éxito, no obstante, que contrasta poderosamente con el hecho de que su programa electoral solo fuera aprobado electrónicamente por el 4% de los inscritos de la formación.

Es obvio que criticar aquí y ahora la remontada en la ilusión electoral puede considerarse un ejercicio de melancolía semejante al de obstinarse por la cultura de la paz en tiempos de guerra. Pero al mismo tiempo, y precisamente por esa reactivación de la ficción democrática (“lo llaman democracia y no lo es”), perseverar en su cuestionamiento supone un imperativo ético insoslayable. Porque si la sal se olvida, quién nos devolverá su sabor. Y la opinión pública, la democracia, la paz, la autonomía de la responsabilidad son hoy más que nunca en España valores demaniales: inalienables, imprescriptibles e inembargables.

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