La farsa que se avecina

&nbsp Pero hay países que o recurren menos a ella o la interpretan mejor, y otros, como Estados Unidos y España, donde la farsa está institucionalizada y es&nbsp motor de la credibilidad de las&nbsp institucio­nes y de sus creyentes.

&nbsp En Estados Unidos, a la escala gigantesca de todo lo suyo, la farsa, las farsas, se multiplican como la masa crítica y alcanzan nive­les que, para otros países que los observan a miles de millas de distancia, son de escándalo. Son escandalosas pero sus patricios –los wasp-, entre ingenuos y estúpidos, las creen o fingen creerlas me­jor que en otros puntos de la tierra la población cree las suyas. En España, por ejemplo. Porque en España se parte de una conven­ción: que hay separación entre los poderes del Estado. Pero no la hay, sólo en cuestiones de justicia ordinaria –y habría mucho que hablar- y el llamado derecho de gentes. En las que tienen alguna rela­ción con la política, el poder judicial se desmarca de su independen­cia, cierra filas y, como en&nbsp su mitosis&nbsp la ameba, queda dividido en dos partes: una por cada partido mayoritario. No hay más que ver quiénes son los miembros del Tribunal Constitucional: todos nombra­dos por las Cortes, el CGPJ y el gobierno. O sea, todos, aquel y estos, afi­nes a uno de los dos partidos mayoritarios. La Justi­cia aquí la hacen los que pien­san según las claves de los dos parti­dos de derecha, uno de extrema y el otro moderada.&nbsp Y aún éste depende de la mate­ria, porque en cuestiones como la vasca no se sabe cuál de los dos partidos es más villano…

&nbsp Pues bien, en Estados Unidos comienza otra nueva farsa. Obama da carta blanca para procesar a algunos de los agentes que dirigie­ron o cometieron torturas. Todo se saldará con sentar en el banquillo a media docena de individuos elegidos casi por sorteo, para satisfa­cer la sed de venganza de millones de seres humanos que se conforma­rán asimismo con la farsa porque la sociedad humana está gober­nada por la necedad y el detalle de las apariencias…

&nbsp Hoy dicen los republicanos, sin ruborizarse, que perseguir a los culpa­bles de tan horrendos crímenes constituye una caza de brujas. Y en efecto, brujas maléficas son todos los culpables. Las brujas y el brujerío no siempre son fabulosos. Precisamente fueron, y son, bru­jas todas esas que incitaron e incitan a cometer el crimen por placer bajo el manto de un merecimiento o de una justicia a la medida de ellas con alma criminal. Brujería es lo que hacen los depravados tortura­dores que luego retuercen la justificación de sus infamias invitán­donos a imaginar lo que hubiera sucedido si no se le hubieran arrancado a dentelladas la confe­sión a multitud de desgraciados. No les importa que todo el mundo sepa que ni siquiera en ese supuesto fuese precisa la tortura, pues para arrancar verdades basta hoy día una inyección inocua… El caso es que las brujas ya localizadas, son George W. Bush, Dick Cheney y John Yoo.

&nbsp Pero estamos de vuelta de todo de lo yanqui. Hacer pagar el pato a unos cuantos chivos expiatorios de unos pocos casos concretos bas­tará para asombrar al mundo Obama que ha rectificado su pro­mesa a la CIA de no perseguir a tantos relacionados con las tortu­ras. Porque perseguir a esas brujas, los autores «intelectuales», como Dick Cheney, que pretende desclasificar secretos de Estado para probar que se evitaron atentados gracias a la confesión de los torturados, o como John Yoo, tenebroso letrado que da conferencias so­bre la efectividad de los tormentos, y como George W. Bush, quien autorizó personalmente el programa de interrogatorios de la CIA a comienzos del verano de 2002 sería demasiado para el arrojo de un presidente que intente agotar la legislatura en la Casa Blanca.

&nbsp Pero no perdamos cuidado, la farsa se consumará y todo seguirá igual. Como aquí la monarquía y el domi­nio de la mentira y del di­nero que son el motor de la suges­tión colectiva. Poderes todos, que –¡qué vergüenza!- sólo aguantan porque tienen policías, seguridad privada y mercenarios sin cuento. De todos modos, veremos cuánto queda para que toda la carpa del circo se venga abajo estrepitosa­mente. A mi juicio y el de muchos, la demo­cracia capitalista y el ca­pitalismo están agotados. La inteligencia del mundo en pleno siglo XXI exige ya subir un nivel de la conciencia colectiva, lo que equi­vale a no permitir que la farsa siga siendo el género favorito de la re­presentación política. La política debe pasar a la come­dia y mejor al drama.

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