La Faraona

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Cuando fui a entrevistar a Lola Flores ella era una institución en el mundo del espectáculo. Al presentarse en Nueva York, un crítico del New York Times advirtió a los lectores: “No canta bien, no baila bien, pero no dejen de verla”.

Mas no todo fue fácil en su vida. Para llegar “arriba” tuvo que fatigar mucho. Sus inicios artísticos le vinieron de la mano de uno de los más grandes cantaores de flamenco de todos los tiempos, Manolo Caracol (Manuel Ortega Juárez –1910-1973–, hijo del cantaor del mismo sobrenombre; tataranieto de El Planeta, por parte de madre, y biznieto de Curro Dulce, por parte de padre).

En 1943, siendo muy joven Lola, Manolo Caracol la eligió como pareja para dar forma a la estampa escenificada, convertida por él en una singular creación artística. La estampa ponía de relieve la amplia gama del cante jondo que atesoraba Caracol, en tanto Lola Flores bailaba subordinadamente a su compás. Un año después de la creación como pareja, llevaron a escena el espectáculo Zambra. A partir de ese momento fueron surgiendo estampas antológicas del repertorio, tales como La niña de fuego, La salvaora, Manuela, Compañera y soberana, Morita mora, Romance de Juan Tebas, entre otras obras.

El productor de cine César González contrató a la pareja para varias películas, de las que la mejor fue, sin duda alguna, La niña de la venta (1948). Dos años más tarde, llegó la ruptura de la pareja.

A partir de ese momento, Lola Flores fue construyendo su propio camino artístico. Pasó de ser un “adorno” de Caracol a convertirse en una estrella de la copla. Montó espectáculos donde ella se erigía como principal intérprete. Cantaba y bailaba, esforzándose al máximo. Grabó discos e intervino en películas como suma protagonista. Su popularidad creció mucho con el rodar de los años. Fue conocida como Lola de España y a veces por La Faraona. Tras la muerte de Caracol, y para no olvidarse de sus orígenes, Lola Flores no tuvo reparo alguno en reconocer: “Manolo Caracol me hizo bailaora, aunque él no era bailaor. Me decía cómo tenía que mover los brazos. Cómo y cuándo había que taconear o en qué tercio cogería mi pelo”.

***

            Tenía frente a mí a la auténtica Lola Flores. Nos encontrábamos en el salón de un hotel bilbaíno. La dama contestaba a preguntas mías relacionadas con el mundo de los toros. Estábamos en plena Semana Grande bilbaína. Su espontáneo decir era de vivísima expresividad, como las manos de un sordomudo.

Al terminar la entrevista, intercambiamos la cordialidad de un par de besos. Seguido, se dirigió hacia un grupo de informadores de prensa, radio y televisión que la esperaban expectantes. A su disposición, señores (dijo). Sé que al verme marchar, me guiñó, con picardía, uno de sus ojos de aceituna.

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