La falacia de las encuestas

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Por Kilker

Las encuestas, en teoría, son un determinado método para conseguir información. Se realizan con la intención de mostrar cómo es una determinada realidad a partir de unos datos particulares extraídos de la misma. Se correspondería, pues, con lo que en lógica se denomina método inductivo que consiste en sacar conclusiones generales a partir de datos particulares. Sin embargo, las conclusiones de las encuestas no suelen ser tan generales sino probabilísticas, es decir, salvo que la encuesta se realice al 100% de los elementos implicados, lo que muestran es un tanto por ciento de probabilidad de que ocurra aquello que es el tema o los temas de la encuesta. La fidelidad de las encuestas guarda relación con el número de personas a las que se realiza, o sea, con lo que se denomina la muestra. Cuanto mayor es esta más probabilidad habrá de que el resultado de la encuesta se aproxime a la realidad.

Lo dicho hasta ahora es la pura teoría, lo que debiera ser, no lo que en realidad ocurre. Las encuestas, hoy y en la mayoría de los casos, se utilizan para manipular a las personas, tanto sea en el ámbito comercial, como en el político. Desde las instituciones no se exige ningún requisito para validarlas (aunque sí que existe un ley que regula su elaboración por parte de la propia Administración del estado y “para fines estatales”), de tal forma que una determinada marca comercial puede afirmar que la mayoría de la población considera al producto X como el mejor, o que dos de cada tres consumidores valoran más una determinada marca, sin que nadie le exija que demuestre lo que afirma, ni tampoco si realmente ha realizado la encuesta.

En la política el uso de las encuestas es todavía más perverso y cuentan, además, con la connivencia de la mayoría de los partidos políticos, lo que no deja de sorprender, sobre todo en aquellos que se dicen de izquierdas. O bien son unos ilusos que creen en la bondad de las encuestas, o tienen miedo a que sus críticas sean castigadas con “malas” encuestas. De cualquier forma, sería conveniente tener en cuenta lo siguiente:

  1. Las encuestas dependientes de organismos públicos están dirigidas por personas elegidas por el partido en el gobierno.
  2. Las encuestas gestionadas por entidades privadas carecen de control público y, al buscar el beneficio empresarial, su calidad, es decir, su acercamiento a la verdadera opinión de la población, depende de los medios que quien dirige la misma esté dispuesto a utilizar, los cuales, a su vez, estarán en proporción inversa a los beneficios que se pretende conseguir. Además, claro está, de las presiones que indirectamente ejercen quienes las pagan –medios de comunicación, instituciones, partidos políticos, etc.- para que embellezcan (“mejoren”) el resultado que les interesa.
  3. Las preguntas que se realizan y el modo como se elaboran las mismas influyen en el resultado de las encuestas.
  4. Las personas que contestan las encuestas pueden decir la verdad o mentir.
  5. La fe en las encuestas actúa performativamente, es decir, ayuda a generar una determinada realidad.

Cuentan que en la antigüedad griega, los ciudadanos acudían a determinados templos donde unas sacerdotisas –las llamadas pitias o pitonisas- recibían sus preguntas –acerca del futuro- para trasladárselas a los dioses y recibir su respuesta que se llamaba oráculo. Según parece, la fe en dichos oráculos era prácticamente total, independientemente de sus aciertos reales, ya que los errores siempre se atribuían a los sacerdotes encargados de comunicárselo a la persona interesada.

Pues bien, hoy las pitonisas son las empresas encargadas del desarrollo de las encuestas y éstas serían los oráculos que, a diferencia de los griegos, dicen transmitir lo expresado por la ciudadanía, no por los dioses. También la fe en las encuestas raya con la ceguera mental y es tal que se utiliza como argumento cuasi definitivo en los debates políticos. Es curioso que todos los partidos sin excepción las utilizan en su beneficio cuando les son favorables y las cuestionan cuando les son desfavorables, pero ninguno reniega de ellas ni critica su existencia ni su utilización.

El colmo del uso manipulador de las encuestas, sin embargo, guarda relación con su función sustitutoria de la verdadera voluntad ciudadana. En efecto, la nuestra es una sociedad que, con los medios técnicos que posee, podría permitirse el “lujo” de consultar a la ciudadanía directamente a través del voto qué opina sobre cuestiones tales como la forma del estado, los presupuestos del mismo, la eventual separación de una parte del territorio, etc.; sin embargo, no solamente no lo hace sino que se atribuye la representación de la voluntad de esa ciudadanía mediante la interpretación de los datos que ofrecen las encuestas. El problema surgido en Catalunya a propósito del deseo de una parte de ella de separarse del estado español, es un ejemplo paradigmático de lo que afirmo. Todos dicen saber lo que piensa la ciudadanía al respecto por medio de las encuestas de opinión, y esto es lo que decían algunas encuestas según los diarios que se recogen en el cuadro:

DIARIO DÍA PORCENTAJES

(A favor de la independencia)

El Español 3-9-2017 50,1%
ABC 12-9-2017 41,1%
Huffpost 26-9-2017 33%
Le Figaro 29-9-2017 50%
El País 28-10-2017 29%
La Vanguardia 30-10-2017 33,5%

Si a la vista de este ejemplo, alguien sigue manteniendo la fe en las encuestas solo me cabe desearle una pronta recuperación.

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