La exigencia de un internacionalismo activo y organizado

Evocación del internacionalismo obrero clásico.

Publicidad

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Se puede decir que el historial del movimiento obrero y popular –que a pesar de sus problemas representó  la base social más honesta y avanzada al menos desde 1848-  se puede seguir sintéticamente desde su ángulo más avanzado: el de las internacionales.

La Primera (1864-1972) marcó el nacimiento de una conciencia “para sí”, generó grandes movimientos (el PSOE-UGT y la CNT son un buen ejemplo) pero también de la desastrosa división entre marxistas y anarquistas, corrientes que no supieron integrar sus diferencias que apenas sí se percibieron en el curso de la Comuna de París de 1871. La AIT  fue algo así como el prólogo de la socialdemocracia clásica (1879-1914), que logró una influencia social  apabullante en un tiempo en el que el optimismo reformista parecía no tener fin. Representó la incorporación de la clase obrera a partidos y sindicatos,  una “bella época” que concluyó con la “Gran Guerra” derivada de las contradicciones interimperialistas, aunque en su seno surgió la importante minoría  internacionalista llevo a cabo “la guerra a la guerra”.

La gran locura costó la vida de 10 a 31 ​millones de personas, entre civiles y militares. También dio lugar a una “soldadesca” brutalizada (Mussolini, Hitler) que sirvió de avanzada del fascismo. Tanto desde la literatura (E. M. Remarque, Henri Barbusse. Ernest Hemingway, E.M.  Foster, etc.), como desde el cine (Sin novedad en el frente, Senderos de gloria, La vida vale más, etc.) ofrecieron alegatos y testimonios de primer orden sobre semejante horror humanitario. Las cifras y los horrores de la II convirtieron a la primera en un mero ensayo. Y significó una caída en los abismos de la barbarie sin precedentes.

Esta corriente internacionalista –actualmente bastante olvidada-  fue a su vez el prólogo de la III Internacional (1919), la que adoptó en nombre de “comunista” para distinguirse del “socialpatriotismo, que, al decir de Rosa Luxemburgo incorporó al precepto de “obreros de todo mundo uníos” otro que decía: pero mataros entre sí en tiempo de guerra”.  Producto de esta fase de “paz social”, la socialdemocracia creó en su seno un potente aparato burocrático sindical y parlamentario que encajó como un guante con la lectura “evolucionista” que ofrecían el revisionismo alemán y el fabianismo británico.

Estamos hablando con las palabras que corresponden de la Segunda Internacional o Internacional Socialista, una de las páginas mayores de la historia social, una que pertenece al  movimiento obrero y la intelectualidad insumisa (Emile Zola), a quienes hacen socialismo y no quienes utilizan el concepto como otros lo hacen con el cristiano o demócratas cuando en realidad hablan de negocios. La II Internacional fue fundada, de hecho, en un Congreso internacional marxista de trabajadores organizados, celebrado en París en julio de 1889. Al igual que la Primera Internacional, estaba fundamentalmente basada en el movimiento de los trabajadores en Europa, pero su radio de influencia pronto se hizo mucho más amplio que la precedente y se extendió por todos los rincones del mundo donde existía el proletariado.

Sobre todo en sus inicios, estuvo básicamente influenciada por la socialdemocracia alemana, donde el movimiento obrero se inició bajo sus auspicios. El conjunto de sus partidos que se fueron creando en pocos años de diferencia, se habían asegurado —o estaban camino de asegurarse— una base masiva. Hacia 1904 participaron en las elecciones de veintiún países y consiguieron más de 6.600.000 votos y 261 escaños parlamentarios. En 1904 tenían cuatro millones de miembros y un voto parlamentario de doce millones. Se trataba de una Internacional formada esencialmente una federación libre de partidos y sindicatos. En 1900 se estableció en Bruselas una Oficina Socialista Internacional, con función técnica y coordinadora, pero a la vez directiva; su secretario con dedicación plena fue Camille Huysmans. En la mayor parte de los partidos afiliados, con la excepción principal del Partido Laborista británico (admitido en 1908), el marxismo era la ideología dominante, aunque estuvieran presentes otras corrientes e influencias. Estas incluían inicialmente a los anarquistas, quienes, tras su derrota en la cuestión de la lucha política en los Congresos de 1893 y 1896, fueron excluidos de la Internacional. Los dos teóricos que, tras la muerte de Engels en 1895, contribuyeron de forma decisiva a modelar el carácter del marxismo oficial de la Segunda Internacional fueron Kautsky y Plejánov, a los que pronto le siguieron discípulos con una visión crítica mucho más desarrollada como lo fueron Rosa Luxemburgo, Trotsky, los bolcheviques, así como los tribunistas holandeses, los “padres” del primer PSOE (Pablo Iglesias, Jaime Vera, Antonio García Quejido, Virginia González, Isidoro Acevedo, Facundo Perezagua…

Su vida democrática interna fue especialmente intensa, diferente a la de los partidos burgueses. La Internacional fue celebrando sus congresos cada dos o cuatro años para decidir acciones comunes y debatir cuestiones políticas. Entre las primeras se cuenta la de organizar desde 1890 demostraciones en todos los países el Primero de Mayo como apoyo a la jornada de las ocho horas, el primer paso para una unión práctica de las masas trabajadoras por un objetivo…que se ha ido perdiendo clamorosamente en los últimos tiempos, actualmente la exigencia de ocho horas y semana inglesa, se está haciendo de nuevo necesaria.

Hubo toda clase de debates, y en las luchas entre las corrientes de derecha, izquierda y centro, surgidas primero en los partidos nacionales, se hicieron internacionales. El Congreso de París, en 1900, debatió encarnizadamente la cuestión del «millerandismo»; se trataba de saber si era permisible participar en un gobierno burgués, como había hecho el socialista francés Millerand el año anterior. Finalmente, una resolución de compromiso redactada por Kautsky permitió dar tal paso como «expediente temporal […] en casos excepcionales» y siempre que fuese sancionado por el partido.

El siguiente Congreso, celebrado en Ámsterdam en 1904, hubo de decidir sobre la aprobación internacional a la resolución condenatoria de las ideas revisionistas de Bernstein aprobada por el Congreso de Dresde de la socialdemocracia alemana en el año anterior. Ello provocó un debate fundamental e impresionante sobre la estrategia, durante el cual el líder de la socialdemocracia alemana, Bebel, defendió a su partido contra los cargos del líder socialista francés, Jaurés, quien le imputaba que su rigidez doctrinal era responsable de un preocupante contraste entre el aumento de su base electoral y su incapacidad para cambiar el régimen autocrático del Káiser. El Congreso dio su apoyo a la resolución de Dresde por 25 votos contra 5, con 12 abstenciones, pero los revisionistas siguieron perteneciendo tanto a la Internacional como al partido alemán, impregnando a ambos de sus ideas, fundamentadas en las ilusiones del parlamentarismo, en el peso creciente de la burocracia sindical y en el peso de una “aristocracia obrera” instalada en el territorio de las mejoras parciales.

Otra gran cuestión en discusión importante fue del colonialismo, que ya había sido unánimemente condenado por el Congreso de la Internacional de 1900, en la época de la “guerra de los Bóer” (Sudáfrica). Sin embargo, una mayoría de la comisión colonial del Congreso de Stuttgart señalaba, siete años más tarde, que ellos «no rechazarían todas las políticas coloniales que, en circunstancias como las de un régimen socialista, podían servir a un propósito civilizador». Tras su controvertido debate, tal postura fue rechazada por 127 votos contra 108, aprobándose una resolución que condenaba «las políticas coloniales capitalistas [que] debían, por su naturaleza, fomentar la esclavitud, el trabajo forzoso y la exterminación de los pueblos nativos».

La denuncia del militarismo y la lucha contra la guerra se erigió en un punto esencial para la Internacional y quedó reflejada, desde su fundación, en las resoluciones de sus congresos. Dominó el Congreso de Stuttgart de 1907, celebrado mientras los nubarrones de la guerra se cernían sobre Europa. La resolución final allí adoptada por unanimidad —a pesar de las serias diferencias durante el debate— incorporó una enmienda presentada por Lenin, Luxemburgo y Martov que, tras proponer «los mayores esfuerzos para evitar el estallido de la guerra», continuaba: «En el caso de que, a pesar de todo, estallase la guerra, el deber del movimiento obrero consiste en intervenir a favor de su rápida terminación y en utilizar con todos sus poderes la crisis económica y política para levantar a las masas y acelerar la caída de la clase capitalista dominante» (, ibíd.). Tal afirmación fue reafirmada en los dos posteriores congresos. El de Basilea, en 1912, fue el último antes de la guerra y se convirtió en una demostración activa en pro de la paz, haciendo un llamamiento —de nuevo unánime— a la acción revolucionaria en caso de guerra. El estallido de la Guerra Mundial dos años después demostró que la aprobación de tales opiniones «sólo era una fina capa que encubría un nacionalismo profundamente arraigado». Los partidos dirigentes de la Segunda Internacional dieron su apoyo a la guerra entablada por sus gobiernos respectivos, lo que condujo al ignominioso derrumbe de la Internacional. Fue la culminación de un período de expansión capitalista y de la integración al Estado nacional por parte de la mayoría del movimiento obrero organizado, luego, al final de la guerra, estallaron crisis revolucionarias que fueron encausadas por la socialdemocracia instalada que prometía una “democracia social”, pero al final de la cuales se instaló el fascismo.

Únicamente los partidos ruso, serbio y húngaro, junto con pequeñas facciones pertenecientes a otros partidos, algunos tan importantes como los que editaban “Spartacus” en Alemania, se mantuvieron firmes a los principios repetidamente proclamados por la Internacional. Durante la guerra se hicieron algunos intentos infructuosos por parte de algunos partidos de países neutrales para revivir la Segunda Internacional, cuya Oficina Internacional se había trasladado a Holanda. Sin embargo, en 1919, durante una conferencia celebrada en Berna se reconstituyó una oscura versión de la antigua Segunda Internacional, «Internacional de Berna», que celebró su I Congreso en Ginebra al año siguiente, con diecisiete países representados. En 1921, socialistas del ala izquierda de diez partidos, incluidos el Partido Socialdemócrata Independiente Alemán (USPD), los socialdemócratas austriacos (SPD) y el Partido Laborista Independiente (ILP) británico, se reunieron en Viena para constituir la Unión Internacional de Trabajadores de los Partidos Socialistas («Unión de Viena»), apodada «Segunda Internacional y media». Se consideraba a sí misma como primer paso para una Internacional más amplia. En 1923, en el Congreso de Hamburgo se fusionó con la renacida Segunda Internacional para formar la Internacional Obrera y Socialista, que dejó de funcionar en 1940. Le sucedió en 1951 la actual Internacional Socialista, asociación libre de los principales partidos socialistas y socialdemócratas del mundo, con sede en Londres.

Actualmente, lo que queda de la Internacional Socialista es una auténtica guarida. Recordemos al vuelo que durante la guerra contra el pueblo vietnamita, salvo excepciones, apoyaron la barbarie imperial norteamericana que acabó creando un potente rechazo en su propia casa.  A sus filas han pertenecido personajes tan sórdidos como los dictadores de Túnez y Argelia que fueron derrocados en la “primavera árabe”. Esta realidad sin embargo no contradice la existencia de importantes disensos, últimamente manifestados con fuerza siglas tan integradas como las del Labour Party o el Partido Demócrata norteamericano sin olvidar las juventudes socialistas germanas, mostrando que sí pudo darse una dinámica hacia la derecha también se pueden dar hacia la izquierda como sucedió en los años sesenta-setenta con el PSU francés o el PSIUP italiano. No resulta en nada extraño que el trotskismo aparezca como una  referencia en estas corrientes como lo fue en los años treinta.

Nota.  El breviario  más sólido sobre este historial sea el de Wolfang Abendroth, Historia social del movimiento obrero europeo (Estela, 1970, disponible en pdf). Sobre la AIT resulta imprescindible el de Miklos Molnar, El declive de la Primer Internacional (Cuadernos para el Diálogo., (1974); sobre la socialdemocracia clásica resultan ineludibles los de George Haupt (1928-1978, Le congrès manqué; l’internationale à la veille de la première guerre mondiale (Maspero, 1965), así como su “testamento”: El historiador y el movimiento social (Siglo XXI, 1986); sobre la tercero uno de los más completos es del penúltimo Fernando Claudín, La crisis del movimiento comunista (Ruedo Ibérico, 1969), de la que existe una edición en pdf. Un breviario introductorio se puede encontrar en Las tres primeras internacionales –su historia y sus lecciones (Pluma, Bogotá), publicado inicialmente por la editorial del SWP con un prólogo de George Novak con un recorrido que llega hasta la IV Internacional.

Publicidad

También podría gustarte

Publicidad

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. AcceptRead More