La estrategia de la tensión. Panorama: los atentados neofascistas de los años ’70

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La huella que el terrorismo neofascista dejó en Europa, en particular en Italia, tiene un marco de referencia: la “estrategia de la tensión”. Esta expresión se refiere al conjunto de atentados neofascistas que ensangrentaron el país a partir del 1969, cuyas consecuencias han tenido repercusiones en todo el continente.

La estrategia de la tensión fue un proyecto a largo plazo, un conjunto de acciones, realizadas por diferentes grupos, que buscaban al mismo resultado: aumentar el terror y la alarma en la opinión pública. El fin último era crear un Estado policial y poner las instituciones democráticas bajo la tutela de los militares, como ya había pasado en Grecia con el golpe de los coroneles en 1967. Lo que surge de las investigaciones judiciales sobre este periodo es una red de conexiones entre los grupos terroristas de extrema derecha y aparatos de seguridad de los Estados de la OTAN, cuyo mismo fin era combatir el “peligro comunista”.

Piazza Fontana
Durante la Guerra Fría, Italia era un país de equilibrios precarios. En una época de fuertes movimientos sociales (1968-1978), estaba creciendo la influencia del Partido Comunista Italiano, que llegó en 1976 a ser casi el primer partido del país con el 34% de los sufragios. La reacción por parte de la extrema derecha y de los aparatos del Estado fue muy dura. La estrategia de la tensión se inauguró con la bomba en Piazza Fontana en Milán el 12 diciembre de 1969: el explosivo mató a 16 personas que se encontraban en un banco. Las primeras investigaciones se dirigieron contra los anarquistas. Éste era otro objetivo de la estrategia: echarle la culpa a los adversarios políticos, deslegitimando los movimientos.

El rastro de sangre continuó con varios atentados entre los que destacan los dos de 1974. Durante una manifestación sindical en Brescia, en el norte del país, explotó una bomba que causó la muerte de ocho personas, y dos meses más tarde un atentado contra un tren mató a 12 pasajeros. Pero el episodio más sangriento fue, sin duda, el atentado de Bolonia en 1980, donde estalló la sala de espera de la estación de tren, causando 85 muertos.

Los grupos neofascistas que hicieron esos atentados pertenecían a la organización Ordine Nuovo (“nuevo orden”), cuyos miembros operaron infiltrándose en aparados del Estado y en movimientos sociales. Este grupo tenía el apoyo logístico y la protección de los servicios secretos italianos y de algunos aparatos militares. En las investigaciones aparecen contactos con la CIA, que financiaba y coordinaba operaciones contra el “peligro rojo”. La estrategia llevó a la creación de estructuras paramilitares, que se conocen como Gladio, basadas en los grupos neofascistas, que se entrenaban para enfrentarse a una invasión soviética o a una guerra civil contra los comunistas.

Hasta ahora, las investigaciones sobre la complicidad en estos hechos de altos cargos del Estado italiano han sido obstaculizadas por diversas razones. De hecho, sectores del Gobierno italiano de la época, pusieron la democracia entre paréntesis, valorando más la fidelidad al pacto atlántico que la vida de cientos de sus ciudadanos. Ordine Nuovo no operó sólo en Italia, sino que tuvo un papel en atentados en toda Europa. La organización participaba a una red internacional de grupos neofascistas que, bajo la cobertura de la falsa agencia de prensa Aginter Press, tenía conexiones con las formaciones paramilitares francesas que operaban en contra de la independencia de Argelia.

La red crecía al amparo de los servicios de seguridad de las dictaduras de Portugal y España. Aquí muchos neofascistas italianos establecieron su base operativa cuando la situación en Italia se puso menos favorable, y aquí volvieron a usar las armas. La participación de neofascistas italianos en atentados en la península contra opositores políticos o miembros de ETA, demuestran la dimensión europea de la estrategia de la tensión y su diseño global más amplio: una guerra de baja intensidad en el marco de la Guerra Fría.


La internacional del ‘terrorismo negro’
En los años ‘70 la red internacional de neofascistas tenía su punto de referencia europeo en la agencia de prensa Aginter Press, una cobertura para el reclutamiento de mercenarios fascistas en correlación con la estructura anticomunista de la OTAN, la red “stay behind” Gladio. Su finalidad era infiltrar miembros en los movimientos de la izquierda europea y en las fuerzas de liberación de los países africanos.

Aginter Press era dirigida por Yves Guerin Serac, ex soldado de la fuerzas especiales francesas y combatiente de la OAS (Organisation de l’armée secrète), una organización que operaba en contra de la liberación de Argelia. La falsa agencia de prensa operó en Portugal, bajo la protección de la policía salazarista hasta 1974. Con la revolución de los claveles el centro operativo se desplazó en Madrid. Allí los neofascistas se pusieron al servicio de las fuerzas de seguridad del Estado español y actuaron durante la Transición realizando operaciones militares contra opositores políticos y militantes de ETA.


Montejurra: complicidad armada
En Montejurra, el 9 de mayo de 1976 tuvo lugar un atentado contra una manifestación del Partido Carlista. En la romería anual, que desde los años ‘40 del siglo XX los carlistas seguidores de Javier de Borbón-Parma realizaban en el monte navarro, participaban ese año también una veintena de partidos y organizaciones políticas de la izquierda. El atentado, según diversas investigaciones, parte de un diseño de los servicios secretos del Estado para contrarrestar a los carlistas progresistas durante la Transición. Un grupo de neofascistas disparó con una ametralladora sobre la gente que subía al monte. Según las investigaciones del fiscal italiano Guido Salvini, en el atentado participó un grupo de neofascistas italianos. Uno de ellos, Gaetano Orlando, aseguró en un interrogatorio que en Montejurra estaba presente un oficial militar italiano, enviado para “coordinar la operación”. Orlando declaró también ver una furgoneta de la Guardia Civil, mientras descargaba armas y se las entregaba al grupo de fascistas.