La dignidad de la derrota

Cuando Michael Schumacher, con sus siete títulos de campeón mundial el piloto de fórmula-1 más exitoso de la historia, abandonó en el año 2006 el deporte de la fórmula-1 comentó quizá un tanto forzado, quizá un tanto altanero: “Nunca ha sido mi pretensión el sólo acompañar. Ése no es mi estilo”. Lo que pretendió decir era claro: Un ganador nato sólo participa en la superliga, un superclase sólo participa en primera clase y en puestos punteros, un jefe sólo disputa la jefatura. Se podía pensar que la negativa a correr entre ese grupo del medio, no de parrilla, pudiera ser expresión de fuerza de carácter, de postura rígida, de engreído.

Pero no, quien así piensa se equivoca, nos dice Ursula März en Zeit Magazin. En última instancia cuando uno manifiesta de manera más nítida su postura, su capacidad de resignación, calma y autonomía, es en su fase de decadencia. Sobre todo en la derrota. De ahí que el tipo del perdedor sea mil veces más interesante que el del eterno vencedor. Y la figura del jefe, degradado y rebajado por un sucesor imberbe, se vuelve más sugestiva. Ahora tiene la oportunidad de mostrar aquella independencia, de la que hacía gala cuando en modo alguno se cuestionaba la victoria como piedra de toque de su posición. Se le presenta la oportunidad de aceptar la situación o ahogar sus penas en la exasperación y en el encono. Por tanto ante nosotros todo un drama y una prueba.

¿Y qué hace Schumi? ¿Por qué la reaparición? ¿No es algo muy arriesgado a sus 41 años? A Schumacher le gustaría demostrarse asimismo y mostrar al mundo en general que él, más allá de la bravura y el arrojo, más allá del heroísmo posee también una actitud honesta. Deportivamente por el momento se ve más bien como un voy tirando. En Bahrain fue sexto, en Melbourne décimo. Pero el momento más interesante en la historia de Schumacher como piloto de fórmula-1 ocurrió a inicios de abril, en el gran premio de Malasia. Schumacher se retiró en la vuelta o­nce al perder la tuerca de la rueda y fue llevado en moto al angar de Mercedes. Y concedió de inmediato la primera entrevista.

No estuvo tan emocionado como a veces antes, tampoco se quejó de la mecánica, ni echó la culpa a técnicos o se escudó en el tiempo. Dijo sencillamente: “Estos percances ocurren en el deporte del motor, lo conozco desde hace tiempo”. Luego hizo todavía una gracia y deseó mucho éxito a su joven colega Nico Rosberg, aún en carrera.

Desde entonces, narra Ursula März, Michael Schumacher tiene un nuevo fan.

Me han impactado los comentarios del grupo montañero de Tolo Calafat y su entorno&nbsp y su muerte en&nbsp soledad. Leí hace un tiempo que si no se sabe jugar es mejor no jugar, pero nunca se debe perder la calma y mucho menos por un juego. No es que por saber perder no se sea competitivo, sino que una derrota no puede hacernos perder nuestro saber estar. Es lastimoso ver a un mal perdedor fuera de si. Una persona que no sabe contenerse es, como mínimo, peligrosa y resulta insoportable. Se entiende por mal perdedor no solamente el que dice lo que no debe, sino el que actúa o gesticula poniendo de relieve que no sabe asumir su derrota.

Y es que la dignidad de la derrota no la tiene la victoria.

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