La desesperanza quema contenedores

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Hace un par de semanas escribí sobre neonazis disfrazados de falangistas en el cementerio de La Almudena, en Madrid . Hoy quisiera hacerlo sobre los violentos que vandalizan Barcelona y otras ciudades españolas con la excusa de Pablo Hasél. Lo fácil sería llamarles nazis, solo para equilibrar y parecer ecuánime, pero las cosas complejas nunca se explican desde los adjetivos y las frases hechas de condena. Es posible que ambos sean la expresión averiada del mismo problema. Esta violencia dejó de tener hace tiempo relación con la libertad del rapero.

El filósofo Emilio Lledó, uno de nuestros grandes sabios, vincula la libertad de expresión a la libertad de crítica y de pensamiento: “¿Para qué sirve la libertad de expresión si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente? ¿Qué me importa la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades?”.

Otro sabio, el semiólogo italiano Umberto Eco, mostraba un tono similar en su preocupación por el efecto de las redes sociales: “Antes, el imbécil solo molestaba en el bar; ahora, lo hace en las redes sociales”. Antes de que me tilden de antiguo, diré que me gustan mucho, sobre todo Twitter. Me da acceso a una información de calidad fuera de los circuitos tradicionales. Para conseguirlo hay que aprender a seguir a medios serios, organismos, organizaciones, ONG y personas capaces de emitir cordura y datos. Es esencial dejar fuera a los tóxicos.

Ha llovido mucho desde el fallecimiento de Eco hace cinco años. Ahora, la parte más venenosa de las redes domina el debate social y político y arrastra al periodismo. El efecto perverso de este mejunje acrítico es la desaparición de los hechos probados y de la verdad como valor esencial en la sociedad. Donald Trump es una consecuencia de este ambiente basado en el miedo, el odio al diferente y las emociones. La América blanca que abraza la xenofobia y los bulos está también en España. Son muchos de los que votan a VOX y escuchan a Federico Jiménez Losantos, que aquí ejerce el papel de agitador del recientemente fallecido Rush Limbaugh.

En las redes no existe el diálogo sereno. No es posible la discrepancia, por mínima que sea. Manda el exabrupto, la tribu, la secta. Hay miedo a quedar fuera del grupo. Pese a todo, las redes esconden petróleo para quien sabe buscar y encontrar. ¿Se trata de un mal transitorio o el comienzo de un desastre? ¿Cómo será la discusión política dentro de cinco o diez años? ¿Cómo será la democracia? Me gustó este texto de The Guardian centrado en cómo mejorar la discusión en Internet.

Los datos de un desempleo juvenil masivo no justifican el asalto de comercios ni la quema de coches de policía, pero explican el motor de esta rabia. En el artículo “Detrás de la furia de los jóvenes españoles: una generación sin nada que perder , David Jiménez ofrece unas cuantas claves. En las redes le han puesto de vuelta y media porque una de las secuelas de la cultura del picoteo es una alarmante reducción de la capacidad de comprensión lectora, que en España nunca fue notable. Siempre tuvimos rebaño, ahora solo nos falta la inmunidad.

España cerró el primer año pandémico (2020) con un paro juvenil del 40,13%. La mitad de los jóvenes de Extremadura y Andalucía están sin trabajo, ni tienen posibilidad de tenerlo. Febrero ha sido un mes desastroso. Uno de los efectos del coronavirus en la economía es la reducción de plantilla, para ahorrar ante la caída de ingresos y porque las empresas han descubierto que con el teletrabajo no necesitan grandes sedes y oficinas.

No hace falta ser demasiado listo para darse cuenta de que la pandemia va a acelerar los cambios que estaban en camino. Las condiciones laborales van a empeorar y la exigencia de especialización será cada vez mayor. Muchos de esos jóvenes sin trabajo intuyen que su vida es y va a ser una mierda. Perdón por la expresión, pero es necesaria para meternos en su piel. Viven en una sociedad que dejó de tener sitio para ellos.

No todos los machacados por el sistema queman contenedores, es verdad. Se trata solo de una minoría gamberra y violenta en la que se mezcla de todo, pero entre ellos hay motivos que se deberían escuchar y problemas que deberíamos resolver.

España es la nación desarrollada con más paro juvenil, cuatro veces más que en Corea del Sur, país que podría servirnos de ejemplo de milagro económico (saltándonos, claro, la dictadura del general Pak). Algo falla cuando nuestros dirigentes políticos vinculan la mejora de la economía al horario de la apertura de los bares y al regreso del turismo de aluvión. Aquí no hablamos de crear, de inventar. Somos una sociedad con los modelos de éxito equivocados, pasamos de los astronautas a los youtubers libres de impuestos.

Lo que sucede en las calles de Barcelona nos dice mucho del enredo argumental del procés, pero también nos anticipa un peligro global, el de las sociedades a dos velocidades, en las que el sistema solo funciona para los ricos y los corruptos. Añadan el reparto desigual de vacunas entre países y personas y encontrarán la energía que alimenta el cabreo generalizado.

¿Y qué hace la clase política y empresarial? Poco, muchas palabras y una teatralidad fuera de época y de la realidad que resulta hiriente. Hay más postureo con el 40 aniversario del 23F que en Instagram, YouTube y Snapchat juntos. Política y periodismo se mueven cogidos de la mano por una autopista mientras que el resto se maneja en carreteras secundarias bacheadas.

Un 15M pacífico fue demonizado. Asustó mucho al poder establecido. De ese movimiento nació Podemos, que asustó aún más en 2015 y la primera mitad de 2016 cuando parecía que podía ganar elecciones. Ahora que gobierna en cordial desarmonía con el PSOE, sin otra opción que la de ser acompañante (y vigilante), es más enemigo: el ogro de Moscú, el chavista rojo o lo que sea. Si se cierran todas las válvulas, estallará la olla entera. Sucede lo mismo en Cataluña. Un día le preguntaron al primer Rockefeller, que era un tipo implacable, cuál era el secreto de su éxito: “Siempre dejo el 5% para el que viene detrás”, respondió. En España se comen hasta las migajas.

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La desesperanza quema contenedores

 

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