La descomposición de la izquierda cultural. Un testimonio

Convertido en un agitador cultural desde la segunda mitad de los años sesenta, me había tocado vivir la eclosión de la cultura radical de la “nueva izquierda...

Convertido en un agitador cultural desde la segunda mitad de los años sesenta, me había tocado vivir la eclosión de la cultura radical de la “nueva izquierda2, la proliferación de los libros militantes (en los puestos de la asociación vecinal se “vendían como rosquillas”), sin olvidar los cine-fórum, las revista de barrio, y un largo etcétera. Por el contrario, en los años ochenta, tuve el doloroso privilegio andar el trayecto contrario.

Resulta bastante representativo el hecho de que justo cuando acaba de cobrar parte de mis derechos de autor de “Conocer a Trotsky y su obra”, el cajero del banco que me había atendido me contara que de haber llegado cinco minutos después no podría haber cobrado un duro.  La anécdota remite  al declive y a la lenta agonía de periódicos, revistas e editoriales de izquierdas con los que mantuve algún tipo de relación más o menos activa. Nada más comenzar 1980, se desmoronó el negocio de Sebastián Auger y desaparecieron las revistas Mundo y Mundo diario cuando ya había comenzado a creer posible el sueño de convertirme en un tribunalista incisivo, cuyos trabajos esperaban mis amigos. A continuación, llegó el fin de Dopesa y, posiblemente, la mía fue una de las últimas firmas en cobrar derechos de la colección Conocer, justo cuando andaba como loco preparando una biografía Deutscher para el que me había puesto en contacto con Tamara, su viuda, que me respondió muy amablemente a pesar de que no encontró a nadie para que le tradujese el castellano, ni yo encontré a nadie para que me escribiera en inglés. Estaba tan ilusionado que ya andaba soñando con un Conocer a Bretón y su obra que no pasó de ahí, del sueño. Cuando pasé por el banco, y ya tenía el dinero en la mano, el empleado me dijo: “Ese dinero, si me lo hubieras pedido ahora, ya no podría habértelo pagado”.

Lo del “Brusi” Rl Diario de Barcelona) ya comportó el fin del proyecto Marxa, al que le dedicamos innumerables reuniones. Pero, a mediados de 1981, una suma de publicaciones de las que el diario dio cumplida reseña insufló nuevos vuelos a la creencia de que existía un espacio para mis trabajos. Recuerdo un día de trabajo en el que sobre la mesa de cultura coincidieron de golpe el número de Tiempo de Historia con mi trabajo sobre el asesinato de Trotsky que comprendió portada; un número de Historia 16 con una semblanza mía de Panait Istrati; la efímera y ambiciosa revista sudamericana Contraviento, en que se inscribía un largo trabajo mío sobre César Vallejo, al lado de un buen número de revistas ilustres. Pero, aunque todavía subsistió un poco, Tiempo de Historia tuvo que cerrar y, antes, desapareció Triunfo, precisamente cuando estaba fraguando con la mano derecha de Haro Teglen un viaje a Madrid para entrevistarme con ellos. En aquel viaje, visité la sede de varias editoriales que ya estaban con la soga al cuello y  después de una interesante entrevista pacté un plan de trabajo con Antonio Amorós, de “Gaceta del libro”, para el que escribí una largo ensayo sobre Víctor Hugo con tanta fortuna que cuando cerró, ni siquiera quedó alguien a quien reclamarle los originales enviados.

Una de las visitas fue a la sede de Zero-ZYX, pero no pude entenderme. La persona con la que había tratado la edición de unas Lecciones sobre la historia del socialismo ya no estaba y, poco después, Eduardo Rojo me contaba cómo la Iglesia, que había permitido la trampa por la que se coló la editorial en 1966, acababa de liquidarla y cómo para ello empleó a unos antiguos izquierdistas —uno de los cuales declaraba «superada» todas las Internacionales en una entrevista publicada en Interviú— ganados para un grupo sórdido todavía más a la derecha del Opus llamado Comunione i Liberazione. En el caso de Fontamara no fue, desde luego, la Iglesia; mucho tuvieron que ver las deudas. Su animador José Eugenio Stoute había interpretado el giro en la situación como coyuntural y se propuso ganar el mercado en ciencias sociales abandonado por Anagrama. No pasó mucho tiempo en que el fondo editorial, incluidas las preciosas traducciones de Emili Olcina, se encontraba entre los saldos, al igual que lo estaba —para mi sorpresa— todo el fondo de la mexicana ERA, a 500 pesetas los tres volúmenes. Aquellas memorables biografías de Trotsky y de Rosa Luxemburgo, amontonadas en El Corte Inglés, me trajeron a la memoria la imagen de los libros saqueados en el cuartel de Sanidad en Ceuta. Percibí aquello como una muestra diferente de otra derrota. Hacía tiempo que me había despegado de la editorial especialmente dolido por el curso que había tomado la editorial que desapareció de un día para otro, y cuyos fondos se pasearon por lagunas librerías, como L´Eina, que estaba en calla santa Ana, y que llevaban uno chicos del PCC muy abiertos.

También a principios de la década, mantuve relaciones con Planeta —Rafael Borrás—, recomendado por Pons Prades, y con Bruguera, recomendado por Juan Eduardo Zúñiga, que —al igual que Jaume Vidal Alcover— me había escrito una bellísima nota animándome en mi empeño por dar a conocer a Panait Istrati. Con ambos traté la posibilidad de una reedición de bolsillo de la prestigiosa trilogía de Deutscher sobre Trotsky, al tiempo que les presenté el bosquejo de un amplio dossier llamado La cuestión trotskista, en el que se recogía una vastísima documentación sobre el personaje y el movimiento. Borrás no tardó mucho tiempo en adelantarme su negativa, pero mi interlocutor de Bruguera se mostró muy interesado en mi oferta hasta que en una tercera y cuarta reunión me detuvo en la puerta de su despacho para comunicarme que no valía la pena continuar. También cerraban. El mismo fin siguió la revista Destino, que reapareció efímeramente y en la que, a través de María Ángeles Arreguí, conseguí colocar algunos trabajos. Tiempo después, concluía el último empeño de una revista local Ciutat, editada por el Ayuntamiento de L´Hospitalet, con Germán al frente del Patronato y con el ya flamante escritor Javier García Sánchez como director. Esto significó prácticamente el fin de mi relación cultural y política con el que había sido mi segundo pueblo.

Durante buena parte de 1983, tuve un original sobre Orwell y los escritores británicos en la Guerra Civil española en Argos & Vergara que, por el volumen de edición, parecía  una de las grandes del ramo. Todas las visitas y las llamadas insistían en el interés, me daban plazos de edición, pero se negaban a firmar ningún acuerdo. Un día, me presenté en el despacho de mi interlocutor con la duda de que dicho interés fuera cierto y el señor, que me trataba como a un amigote por su relación con Gerard Romy, hizo algo que —según decía— no se debía hacer: me enseñó el informe de su experto. La lectura resultó un buen tonificante para la vanidad y un mal trago para mi modestia. Explicaba, con algunos adverbios, mi capacidad de contar cosas muy complicadas de una manera muy sencilla, o sea, de hacer asequible a cualquier lector temas y problemas enrevesados, pero al concluir extendía su admiración al hecho de que alguien tan didáctico fuera tan escolar en su redacción.  Dejé el asunto  más o menos tranquilo, pero mi insistencia —se acercaba 1984— acabó obligando al editor a confesarme que las maniobras financieras que antes le preocupaban estaban al punto de dar al traste con la editorial. Aquel mismo día, llamé a Mauricio Wazquez, que dirigía para Barcanova una colección similar a Conocer y se mostró muy positivamente abierto. A la semana, con el original en la mesa, me puso dos condiciones para su edición: debía de reducirlo a la mitad —o sea, a Orwell— y aceptar cobrar sin adelanto alguno. Wazquez me sorprendió con dos opiniones, a mi juicio, contradictorias: recordaba con entusiasmo su mayo del 68, al tiempo que tildaba a Carlos Altamirano de ser un «provocador» de Pinochet.

Con un espacio cada vez más restringido, con un cuerpo de lectores que iba desplazando sus libros de los 60-70 hasta las estanterías más altas —hasta el punto de que, para mi estupor, las últimas ediciones de obras de Mandel, de Krivine y de Trotsky pasaban desapercibidas hasta para nuestras propias huestes—, me refugié en el trabajo divulgativo en nuestra prensa, sobre todo, en Combate, donde sustituí al inolvidable Eduardo Haro Ibars, uno de nuestros intelectuales que se mantuvo en línea en medio de la desbandada —uno de ellos, Julio Rodríguez Aramberri, sirvió como modelo de revolucionario reciclado para un artículo de Julio Cebrián, en el que le describe besando respetuosamente la mano de Tita Cervera, señora de Von Thyssen, cuya fortuna tuvo su idilio con el III Reich, pero esto son cosas para el olvido, como corresponde— y cuyo suicidio llegué a sentir como algo muy cercano, y salió en las diversas revistas especializadas. Seguí imaginando grandes proyectos como una colección cuidadosa de clásicos de la literatura revolucionaria o una serie de diccionarios biográficos del socialismo en cinco volúmenes que únicamente se publicó en Hacer el primero, hasta Marx y Engels, mientras que un segundo volumen, Libertarios, se paseó por Anthropos, Hacer y Libertarias sin conseguir atravesar su estado de “apunto”.

El responsable de Libertarias incluso decía contar con un ilustre prologuista —Fernando Savater— que, maldita la gracia, recordaba proclamando que sin libertad no hay socialismo y que sin socialismo no hay libertad en un programa de TVE de Fernando Tola, pero que luego veía su trayectoria política como una negación de esta premisa.  Pero al editor de la Huerga le fallaron algunos títulos y sintió que sobre éste planeaba el peligro de descapitalización. Era el mismo argumento que me llevaba a divagar sobre las ediciones estatales, favorables a los libros de consultas, pero éstas fueron las primeras destrozadas por las picas de la privatización. Josep Termes, que tuvo la gentileza de tomar parte en la presentación del primer tomo, me contó cómo Nova Terra había desistido de un proyecto similar y cómo dos historias del socialismo propiciadas por la victoria electoral del PSOE no concluyeron. «¿A quién le puede hoy interesar, por ejemplo, Bazard?, decía para indicarme la escasa vialidad de este tipo de proyectos “románticos”. Como respuesta, me explicó el nimio interés de sus estudiantes por aquellas lecturas nuestras y que la mayoría solventaba la papeleta, justo para aprobar, cumpliendo con una lectura de la fotocopia del apartado del libro recomendado.

Durante años, trabajé día a día, de lunes a lunes, en el magno proyecto enciclopédico que me llenó la casa de libros y de revistas, extrayendo de todos los estudios y lecturas, los materiales para artículos y charlas que se hacían prolíficas en las efemérides. Así, en el 68, pude viajar por el Cantábrico y vivir en Asturias unas jornadas memorables en compañía de Alain Krivine. Ya no publiqué ningún libro más en una editorial importante y tuve que conformarme con algunos trabajos propios y con otros de labor de edición —traducción, notas y prólogos, a veces con seudónimo— para empresas tan caseras como Hacer —con una colección de historia del socialismo utópico— y Río Nuevo, que animaba un hedillista del falangista disidfente Hedilla) sumamente original y que estaba, como yo, enamorado de Jack London, y con el que publiqué media docena de antologías que no tardaron en aparecer en los libros de saldos. Igualmente produje una antológica de Nelson Mandela, así como una reedición de Los cardos del baragán, de Panait Istrati.

Todavía al borde de los 90, fui protagonista de dos cierres más: en Lumen, de una colección el estilo de Conocer, y en Versal, de otra colección de biografías singulares que, en su último catálogo, llegó a anunciar una propuesta mía sobre las relaciones entre Trotsky y Bretón en la que aparecían, además, Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Benjamín Peret, Remedios Varo y Víctor Serge, sobre el que publicamos en la Fundació Andreu Nin (FAN) un par de antológicas, obra especialmente de Francesc de Cabo que guardaba un enorme material incluyendo cartas personales, siempre atentas y calurosas. Víctor Serge era un tipo que habría dado algo por conocer. Esta fue una fase especialmente activa de la Fundación Andreu Nin, en la que aparte de de Cabo, Vincenç Ballester, estábamos entre otros Pelai Pagès, Andy Durgan, Francesc Tubau, Luís Llaneza, etc. La FAN tuvo una importante actividad y alguna cancha en la prensa, un favor que incluso llegó a molestar al muy insigne  Baltasar Porcel, preocupado por el hecho de que un bolchevique pudiera tener buena prensa, lo que entre antiguos izquierdistas se había convertido e algo intolerable.

Para mí estaba claro que había llegado tarde a un oficio que, diez o 20 años atrás, me hubiera reportado muchísimas más alegrías, mientras que ahora más bien parecía el representante de una especie en extinción, un megaterio, por emplear una terminología que  Fernando Savater esgrimía insidiosamente desde el carro de los vencedores ilustrados contra Ernest Mandel, cuyas últimas obras se pasearon, también, por diversas editoriales escarmentadas por otros fracasos.  No había duda: estaba en el carro de los perdedores, algo que para un megaterio además  de segunda, sin avales notorios, pero era el que había escogido, y sería indigno lamentarlo, sobre todo cuando dicha condición comportaba unas adquisiciones sociales que, personalmente, hacían la vida bastante llevadera por más que la indignación moral no dejara de visitarme ni un solo día.

Pero ya empezaba a tener claro que había que esperar la llegada de una nueva generación capaz de tirar de nuevo del carro. Una generación cuyos primeros componentes no empezaron a aparecer hasta la segunda mitad de los años noventa.

Todavía estamos en plena fase de recuperación del terreno perdido aunque en otras condiciones, así como sobre nuevas bases pero siempre en el mismo parámetro: en el desequilibrio existente entre lo que es posible dado el atraso de la conciencia, y lo que es necesario para actuar. Algo que cuanto se está viendo avanzar en Bolivia, Chile, pero también entre la gente honesta de los EEUU que había permanecido medio dormida tanto tiempo.

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