La Derecha chilena ya es extrema

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No hay caso. En materia política, en Chile, somos aceite y vinagre, miel y ajenjo. No conocemos el término medio.  Hemos pasado de “la retroexcavadora” a la “bola de derribo” (o bola de demolición).

Para la derecha gobernante es imperativo destruir todo lo que avanzó el gobierno de Bachelet en materia de beneficios sociales, independiente de si muchos o algunos de ellos son de verdad justos y necesarios, pues lo que interesa a los nuevos moradores de la Moneda es  solidificar de tal forma el sistema neoliberal que a cualquier gobierno le sea punto menos que imposible provocarle grietas, rupturas y cambios en los años venideros.

A pesar que el presidente Sebastián Piñera tiene una herencia política cercana a la democracia cristiana de los tiempos de Frei Montalva (1964-1970), los actuales derechistas que le apoyan en su gobierno siguen las aguas que Jaime Guzmán surcó cuando impuso la Constitución de 1980 a punta de bayonetas, respecto de la cual expresó: “La Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque – valga la metáfora – el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella sea lo suficientemente reducido para ser extremadamente difícil lo contrario”.

Los últimos comicios electorales significaron un triunfo para Piñera y sus adherentes, mayoritariamente miembros de partidos de corte conservador, junto a algunos liberales. No obstante haber obtenido sólo el 26% de los sufragios en relación al total del padrón electoral (hubo un abstencionismo que superó el 50%), la derecha se instaló en el palacio de La Moneda y comenzó a actuar como si no existiese en el país oposición alguna. Ni siquiera del mismo Piñera.

De un día para otro, de sopetón y sin pudor ninguno, las tiendas partidistas que conforman el bloque oficialista comenzaron a actuar como si estuviesen a cargo de la demolición de un edificio (en este caso, el ‘edificio’ era la obra gruesa, especialmente en lo social, del gobierno de Michelle Bachelet). Los mandantes de Piñera están usando una especie de “bola de derribo” para destruir, en el menor tiempo posible, lo avanzado por Bachelet en esas materias sociales.

Al hacerse nuevamente del gobierno, la derecha ya era propietaria de la prensa, de la salud, de la educación, de la economía, de la banca, del comercio nacional e internacional, de la legislatura, del agro, de la actividad fabril, de los bosques, del mar, de las pesqueras, de los minerales, de las sanitarias, de las carreteras, del transporte, de los puertos, de las fuerzas armadas, de la justicia, de la policía, de la previsión social, del tribunal constitucional, de las iglesias, de los cementerios, de las islas, de los glaciares, de ríos y lagos… ¡pero, no está satisfecha! ¡Quiere más!

¡Quiere ser dueña absoluta y única de la verdad! Obviamente, de SU verdad, que intenta consolidar sin oposición ni críticas. Por ello, su próximo objetivo será disparar directo al corazón de las redes sociales, las que hasta este momento le han sido imposible de manejar.

Cuenta con una especie de ‘tradición’ para ello, pues a fuerza de ser sincero es imperativo acotar que de 1990 en adelante, con o sin alternancia, Chile ha asistido a una suerte de cogobierno, en el cual, desde hace 28 años, la “centroizquierda” y la derecha han compartido el mismo modelo económico heredado de la dictadura. De ese modo se arribó a una forma de desarrollo socioeconómico mediocre, en el que –desgraciadamente– las grandes ideologías y los sueños de profundos cambios políticos salen sobrando. Lo que primó en cualquier gobierno inserto en este horizonte fue el interés de los poderosos, no las grandes utopías.

Una derecha pragmática, bárbara y fría, –con el concurso de una “centroizquierda” deslavada y obsecuente–, impuso en la sociedad objetivos que benefician sus propios intereses, e hizo de quienes debían estar situados en la vereda de enfrente sus socios putativos. Putativos y dóciles. Individualismo y consumo fueron los pilares fundamentales del sistema que se apoya en una democracia de “Mall”, donde sólo existen consumidores, clientes y deudores.  Ya no hay, como décadas atrás, una visión de futuro, un sueño de país, de república integradora.

Por ello, en tan sólo dos meses de gobierno, la derecha con Piñera encabezándola aún a contrapelo en lo ideológico (pero no en lo relativo al dinero y al poder), se ha permitido intervenir sin pudor alguno otros poderes del estado (específicamente el Poder Judicial a través de las Fiscalías), así como también llenar de parientes y familiares los más altos cargos públicos en un nepotismo jamás visto en la Historia de Chile… y para rematar ese cuadro incendiario, el actual gobierno usa y despilfarra gruesas sumas de dineros públicos en viajes y ‘gustos personales’ de algunos de sus ministros y subsecretarios; todo ello, además, burlándose de la ciudadanía a la cual entregan argumentaciones que en cualquier otro país con mayor civilización que el nuestro les habría significado la pérdida inmediato del cargo respectivo, cárcel y devolución a las arcas fiscales del dinero robado.

Los actos fallidos del actual gobierno piñerista ya comienzan a bordear lo patológico. En estos dos meses de administración, la Moneda ha tenido que dedicar la mayor parte de su tiempo a dar explicaciones  e intentar borrar los delitos de algunos de sus ministros y subsecretarios. La prensa oficial del sistema, EMOL. COPESA y TV abierta (conocida en Chile como ‘prensa canalla’), sigue haciendo ingentes esfuerzos por ocultar o disfrazar en sus informaciones esos ilícitos cometidos diariamente por los asesores del presidente, y por el presidente mismo, Pero, la prensa independiente, las redes sociales y el boca a boca han logrado poner en el tapete público tales desmanes y actos inconstitucionales, convirtiéndose en los mejores adversarios de la corruptela oficial.

Ya es un hecho indesmentible, además, que las exiguas fuerzas ultra nacionalistas (deslindando con el fascismo), han logrado imponer sus términos en el nuevo gobierno y manejan la agenda del Presidente.  Piñera aún no dimensiona en su total extensión tamaña locura, pues resulta  probable que los fascistas y neonazis que le tienen en un altar sean finalmente quienes le caven la tumba política.

Los partidos de oposición recién están comenzando a reponerse del golpe recibido con la derrota en la elección de segunda vuelta electoral de diciembre 2017. Son conscientes que existe un 70% del padrón electoral, ergo, de la sociedad chilena en su conjunto, que sigue siendo terreno ignoto, pero que en su mayoría no siente aprecio por el actual gobierno. La propia Michelle Bachelet ha tenido que retornar al ruedo político para defender su obra, lo que por cierto despertó las iras de sectores fundamentalistas de la derecha, aquellos encabezados por nacionalistas rampantes y por algunos ministros de Piñera que hasta ahora no se han caracterizado por su respeto a la democracia ni por sus ideas en beneficio de las mayorías.

Los próximos meses, y quizás años, serán duros en Chile. Se adivina una lucha sin cuartel, democrática y pacífica en cuanto a no usar armas ni terrorismo (sea este particular o de estado), pero violenta en argumentaciones, con severos enfrentamientos en los tribunales y en la prensa internacional, maximizando cualquier desliz oficial u opositor como si se tratase de un error cósmico.

Es lo que viene… y si la actual y fragmentada oposición logra unirse con un programa común y liderazgo sólido, la derecha chilena sólo podrá volver sus ojos y sus súplicas, una vez más, hacia Washington, tal cual lo hizo entre 1970 y 1973. O someterse definitivamente a los arbitrios de un verdadero sistema democrático, mismo que ella hoy día respeta poco y valora menos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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