La crisis diplomática en las calles de Bogotá.

Amanece nublado en Bogotá, luego luce el sol y quizás más tarde, como en días pasados, llueva. Esta semana el clima político parece que también ha tendido a la inestabilidad.

El Sábado 1 de marzo amaneció con una noticia de impacto. Raúl Reyes, histórico líder guerrillero de las FARC había sido abatido. En un país como Colombia harto de una guerra que en su última etapa dura ya más de 50 años, la noticia causó euforia en los medios de comunicación y elogios a las Fuerzas Armadas.

En la calle, las opiniones replicaban ese sentir, mitad alegría, mitad alivio… apenas algunas voces insinuaban que la situación podría perjudicar el reciente proceso de liberación de rehenes. A este corresponsal se le tachó de proFARC por ofrecer dudas.

En el tema de la guerra, Colombia es un país en blanco y negro. Un país de 44 millones de personas, cuyo presidente presume de tener un servicio de "inteligencia de calle" de un millón de personas. Un país, donde hablar de política en los espacios públicos es inusual y donde uno aprende rápido que callarse sus opiniones políticas es ley de supervivencia no escrita, pero escrupulosamente respetada.

El sábado sin embargo, era sorprendente lo locuaz que se volvió la calle. Cuando el sábado por la tarde llegan las noticias de la protesta diplomática de Ecuador por la violación de su territorio, cundió la perplejidad. "como es posible que se fijen en ese detalle. ¿acaso lo importante no es que hemos cazado a Reyes?" Me espetaba la kioskera, el domingo por la mañana mientras escuchamos por la radio que Correa expulsa al embajador de Colombia en Quito.

A últimas horas de la tarde-noche del domingo, en Colombia a través del General Naranjo, director general de la policía colombiana, se divulgan documentos dicen que aparecidos en el ordenador de Reyes y que "vinculan" al gobierno ecuatoriano con las FARC. Para los medios colombianos el círculo se ha cerrado. No es que las autoridades ecuatorianas no entiendan la importancia de la operación, sino que son "cómplices", camaradas, del grupo armado.

El lunes, Ecuador rompe relaciones diplomáticas con Colombia y mueve tropas a la frontera, al igual que Venezuela. "David", me espeta un compañero de trabajo, "¿ya alistaste las botas? Vamos para donde el presidente diga!!".

Balbuceo una respuesta poniendo en cuestión la escalada bélica. La respuesta es contundente; "tenemos que terminar con las FARC y si nuestros vecinos los apoyan pues con ellos también".

En Radio Caracol, perteneciente al grupo PRISA, una colombiana que habita en la frontera llama a una tertulia planteando mesura y recibe la burla como respuesta "llévales flores", "pues si tanto te gustan, ablándalos a besos". En la calle observo con estupor como un afrodescendiente, aparentemente indigente, arremete contra un ecuatoriano que probablemente lleve años viviendo en estas tierras. Nadie parece reaccionar en su defensa. Otra regla no escrita de Bogotá es no meterte en asuntos ajenos. Ante el clima hostil, el ecuatoriano opta apresuradamente por parar un taxi y abandonar el lugar.

El martes mientras en la OEA se discute la posible condena a Colombia, en el Senado de la Republica en Bogotá, en sesión plenaria se discute sobre las capacidades militares de Colombia y sus vecinos. Como clama Vargas Lleras, líder del uribismo, Colombia dispone del ejercito más grande y mejor equipado de la región; "Si hay guerra Colombia está presta".

Las emociones belicistas parecen dominar las calles. Sin embargo una encuesta del Observatorio de Cultura Urbana de la Alcaldía de Bogotá, realizada durante la marcha contra las FARC el pasado 4 de febrero, muestra que el 79% de los encuestados se mostraba favorable a que el gobierno establezca negociaciones políticas con las FARC. Durante la marcha del jueves, contra la violencia paramilitar, la encuesta arrojó cifra similar: 82%.

Durante la marcha, Jaime Caicedo, concejal del izquierdista y gobernante en Bogotá, Polo Democrático Alternativo, afirma "que la masiva movilización era una respuesta a la idea que han vendido los medios de que Uribe goza del apoyo mayoritario de los colombianos. Parece que los encuestadores nunca han preguntado su opinión a estos centenares de miles de colombianos".

La marcha resultó en un clamor antiuribista, donde otra Bogotá, en la fuerza y anonimato que proporciona la masa, encontró el espacio para otros sentires: "Uribe paraco (paramilitar), el pueblo está berraco" o más provocador "Uribe fascista, aquí somos chavistas".

La manifestación fue un emotivo recuerdo de las consecuencias de la guerra, poblada de fotos de líderes campesinos, obreros, sindicalistas, maestros, estudiantes, incluso fiscales, asesinados durante los últimos años. "Hoy nuestros compañeros marcharon de nuevo" comenta emocionado un viejo militante del barrio Ciudad Bolívar. "He vuelto a ver a los que fueron mis amigos, compañeros de lucha asesinados. Hoy marchamos de nuevo, todos juntos. Y algo hemos aprendido: no vamos a permitir otra guerra más".

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