La crisis del coronavirus desde el ecosocialismo gaiano

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Hay un doble juego que encuentra uno practicado con regularidad en ciertos discursos de izquierda. Por una parte, se elogia la resistencia de los pueblos indígenas, con sus sabidurías ancestrales y su cosmovisión de la Madre Tierra (“pachamamismo”, se desdeña desde otros sectores de izquierda). Pero, por otra parte, se rechaza la perspectiva sociocultural gaiana y la teoría Gaia que subyace a aquella (y que en realidad es hoy ciencia dura entre quienes cultivan las ciencias de la Tierra, al menos en la versión de Gaia homeostática). Eso cuando no se denuncia directamente esa perspectiva gaiana como ecofascismo místico, evidenciando un notable desconocimiento del trayecto que ha seguido la (primero hipótesis y luego) teoría Gaia a lo largo del último medio siglo 1/.

Un doble juego inaceptable

Pero ese doble juego es incoherente, pues la Madre Tierra es Gaia desde un plano más emocional (y desde ciertas tradiciones culturales), y Gaia es la Madre Tierra desde el plano científico (sin que ello suponga despreciar las emociones). De hecho, practicarlo revela cierta mentalidad colonial encubierta: dejemos a aquellos pobres ignorantes que cultiven sus inadecuadas pero útiles representaciones pachamamistas, pero no permitamos que Gaia desbarate nuestra racionalidad parcelaria occidental trabajosamente construida… Como apunté, no obstante, la teoría Gaia no va en contra de la racionalidad científica (aunque muchos aspectos de la misma requieran en Occidente un encaje cultural mejor), sino que se sitúa en su seno y la amplía. Tenemos que remitir, aquí, a los trabajos de Lynn Margulis, Isabelle Stengers, Carlos de Castro y Bruno Latour, que nos proporcionan la base racional para un sentido común mejor (gaiano) que el que hoy prevalece 2/.

Supóngase que miramos hacia la presente crisis sanitaria desde esa óptica gaiana. ¿Qué apreciaríamos?

¿Qué hacemos con los virus?

Escribe Hibai Arbide Aza en medio de la pandemia por el coronavirus SARS-CoV-2, en esta primavera de 2020: “No hay nada que me tranquilice menos que la retórica belicista, las arengas patrióticas, las metáforas bélicas y la épica de batallar contra un enemigo invisible. No es una guerra, joder…” 3/.

Tiene toda la razón. Los virus son nuestros compañeros de planeta. Hemos llegado a ser lo que somos en un largo viaje coevolutivo compartido con ellos: literalmente, forman parte de nosotras y nosotros mismos. En efecto, cuando se logró completar el mapa del genoma humano en 2003 se descubrió un hecho sorprendente: nuestro cuerpo contiene una enorme cantidad de restos de retrovirus endógenos (nada menos que el 8% del genoma humano consiste en antiguos retrovirus) 4/. Y luego hemos sabido que el sistema inmune innato, nuestra primera línea de defensa contra los agentes patógenos, funciona de manera coordinada gracias a fragmentos de antiguos virus insertados en posiciones clave de nuestro genoma 5/. Este descubrimiento revela la importancia de los virus y transposones (ADN saltarín) en la evolución rápida de los sistemas biológicos complejos (una línea de pensamiento que arranca de la gran genetista del siglo XX Barbara McClintock).

Los virus son fuente de variabilidad genética y motor de la evolución biológica: así que organismos como Homo sapiens también estamos aquí gracias a ellos. Ah, y si pensamos en los coronavirus en particular: los biólogos moleculares y las bioquímicas saben que son, en potencia, un aliado importante frente a otras infecciones. Quitando a un coronavirus las proteínas más peligrosas se elaboran vacunas, y se lo puede usar así como vehículo para inmunizar frente a otros virus…

Por supuesto, esto no significa que no debamos hacer un esfuerzo social enorme y cuasi bélico para mantener al coronavirus SARS-CoV-2 fuera de nuestros cuerpos: lo estamos haciendo para proteger a los miembros más vulnerables de nuestra comunidad, sobre todo nuestros mayores. Pero esa intimidad y codependencia con los virus sí que debería hacernos pensar de otra forma sobre lo que significa ser vivientes en el planeta Tierra. El problema no son los virus: el problema es un sistema socioeconómico expansivo (y hasta una dinámica civilizatoria) que reduce cada vez más el espacio ecológico de los seres silvestres, favoreciendo los saltos de microbios entre especies que pueden desencadenar epidemias 6/. El problema, también, son dietas cárnicas y hábitos culinarios que favorecen la zoonosis. Es la destrucción de la naturaleza, en muchos casos, la que causa las enfermedades infecciosas 7/. Como explica el virólogo Antonio Tenorio:

“La aparición de infecciones va en aumento y su contagio es cada vez más rápido. Las razones están asociadas al desarrollo de una economía de sobreexplotación de recursos.

Algunos ejemplos que lo explican serían la propia deforestación y el cambio climático que hace que los animales silvestres se acerquen a las poblaciones. También la manipulación de animales silvestres para comerlos, o extraer sus cuernos, etc. El hacinamiento de animales en las granjas –gripe aviar, peste porcina…–, el caso de las vacas locas por haberles dado restos de vacas muertas como alimento. También el aumento de mosquitos por la pobreza, que transmiten enfermedades como vector intermediario. Una gran pandemia del último siglo es el SIDA que hace noventa años saltó desde los monos y se expandió por todo el mundo; o el Ébola, que proviene de murciélagos y no se ha extendido por gran número de países, pero en ambas los factores de riesgo son la cercanía con animales silvestres en su aparición y la globalización en su difusión…” 8/.

El problema no es qué hacemos con los virus, sino qué hacemos con nosotros mismos

El problema no es qué hacemos con los virus (aunque lo sea a corto plazo en una pandemia como la del coronavirus), sino qué hacemos con nosotros mismos. La naturaleza nos está enviando un mensaje con esa pandemia (que no deberíamos ver sino como uno de los elementos de la crisis ecosocial sistémica en curso), según el responsable de medio ambiente de NN UU, Inger Andersen. Ha declarado que la humanidad está ejerciendo demasiadas presiones sobre el mundo natural con consecuencias dañinas, y advierte que no cuidar la naturaleza significa no cuidarnos a nosotros mismos 9/. No ser capaces de responder adecuadamente a crisis como esta remite a nuestro problema de negacionismo: sobre ello ha insistido con acierto George Monbiot:

“Hemos estado viviendo dentro de una burbuja, una burbuja de confort falso y de negación. En las naciones ricas habíamos comenzado a creer que hemos trascendido el mundo material. La riqueza acumulada, a menudo a expensas de otros, nos ha protegido de la realidad. Viviendo detrás de las pantallas, pasando de una cápsula a otra –nuestras casas, coches, oficinas y centros comerciales–, nos convencimos de que la contingencia se había retirado, de que habíamos llegado al punto que todas las civilizaciones buscan: aislamiento de los peligros naturales” 10/.

La crisis sanitaria causada por el coronavirus nos devuelve bruscamente a la realidad: somos organismos ecodependientes e interdependientes dentro de una biosfera donde “todo está conectado con todo lo demás” (según la célebre “primera ley de la ecología” de Barry Commoner) 11/. También Santiago Alba Rico ha llamado la atención sobre este carácter de vuelta a la realidad de la pandemia 12/. Y Eva Borreguero realiza una valiosa reflexión sobre el coste del negacionismo a partir de la pandemia de Covid-19: “En la actual crisis epidemiológica encontramos un anticipo de lo que nos espera si no nos tomamos en serio el cambio climático. Los dos fenómenos comparten, además del negacionismo, otras particularidades; un modus operandi –una amenaza abstracta y difusa que en un giro sorpresivo adquiere una tangibilidad íntima y material brutal–; o la aproximación al costo de modular los efectos” 13/. Movilizarse a destiempo puede convertir las crisis en catástrofes terminales.

Tres niveles de negacionismo

La cultura dominante padece un problema muy básico de negacionismo. Pero no en el que era el sentido más habitual de negacionismo hace veinte años (referido al Holocausto, la Shoah), el que podríamos llamar nivel cero; ni tampoco al más corriente hoy (negacionismo climático), nivel uno; sino a un negacionismo más amplio: el negacionismo que rechaza que somos seres corporales, finitos y vulnerables, seres que han puesto en marcha procesos destructivos sistémicos de magnitud planetaria, y que hemos desbordado los límites biofísicos del planeta Tierra. Este sería el nivel dos.

Me refiero al negacionismo que rechaza la finitud humana, nuestra animalidad, nuestra corporalidad, nuestra mortalidad; y esos límites biofísicos que visibiliza, por ejemplo, la famosa investigación (sobre nine planetary boundaries) de Johan Röckstrom y sus colegas en el Instituto de Resiliencia de Estocolmo 14/.

Y habría, más allá de esto, un tercer nivel de negacionismo: el que rechaza la gravedad real de la situación y confía en poder hallar todavía soluciones dentro del sistema, sin desafiar al capitalismo. Por desgracia (porque esto complica aún más nuestra situación), ya no es así… 15/. Dejamos pasar demasiado tiempo sin actuar. Ojalá existiesen esos espacios de acción, pero eso equivale en buena medida a decir: ojalá estuviésemos en 1980, en 1990, en vez de en 2020. Ojalá 350 ppm de dióxido de carbono en la atmósfera, en vez de 415 (y creciendo rápidamente). Los bienintencionados Objetivos de Desarrollo Sostenible de NN UU, por ejemplo, llegan con decenios de retraso…

El ecomodernismo –con versiones de izquierdas y de derechas–, por ejemplo, asume que una transformación ecosocialista decrecentista es imposible, y que solo habría salvación posible acelerando todavía más nuestra huida prometeica hacia adelante: buscando un futuro de alta energía y alta tecnología 16/. Para mí, esto queda dentro del negacionismo de tercer nivel.

Negacionismo, capitalismo y límites biofísicos: este es el tema de nuestro tiempo. El problema viene de lejos. De hecho, los debates y las opciones decisivas tuvieron lugar sobre todo en los años 1970, con 1972 como fecha clave (Cumbre de Estocolmo e informe The Limits to Growth) 17/. Desde entonces sabemos con certidumbre científica que la civilización que Europa propuso al mundo entero a partir del siglo XVI (expansiva, colonial, patriarcal y capitalista) no tiene ningún futuro, y que cuanto más tardemos en transitar a alguna clase de poscapitalismo peor será la devastación: pero por desgracia en los años 1970-1980, junto con el neoliberalismo, el negacionismo se impuso.

Ecocidio, fuga de las élites y ascenso de la ultraderecha

En mayo de 2019, un estudio de científicos de más de cincuenta países (Global Assessment of the Intergovernmental Science-Policy Platform for Biodiversity and Ecosystem Services, IPBES) mostró que las sociedades industriales han empujado a un millón de especies (una de cada ocho, aproximadamente) al borde de la extinción. Alrededor del 75% de toda la superficie terrestre del planeta y el 66% de la superficie oceánica están “severamente alteradas” por las actividades humanas. La biomasa de los mamíferos salvajes ha disminuido en un 82%, los ecosistemas naturales han perdido la mitad de su área y las plantas y los animales están desapareciendo de decenas a cientos de veces más rápido que durante los últimos diez millones de años, según constataron los más de quinientos expertos en biodiversidad 18/.

El mismo día en que se hacía público ese trágico informe del IPBES sobre el ecocidio en curso, el secretario de Estado estadounidense Mike Pompeo declaró: “Las reducciones constantes en el hielo marino del Ártico están abriendo nuevos pasillos y nuevas oportunidades para el comercio, lo que potencialmente puede reducir el tiempo que tardan los barcos en viajar entre Asia y Occidente hasta en veinte días”. Así, una parte de las élites gobernantes ven, en el ecocidio más genocidio a que nos aboca la crisis ecológico-social, nada más que oportunidades de negocio, mientras buscan una soñada velocidad de escape (pero luego hay quien se atreve a escribir que el ecologismo es nihilista…).

Como viene argumentando juiciosamente Bruno Latour estos últimos años, buena parte de las clases dirigentes “ha llegado a la conclusión de que ya no hay suficiente espacio en la Tierra para ellas y para el resto de sus habitantes” 19/ y por eso asumen el exterminio de la mayor parte de la humanidad (y de miles de millones de nuestros “compañeros de planeta”) dentro de su BAU (Business As Usual). Hay que considerar estos tres fenómenos como estrechamente relacionados: la huida hacia adelante del capitalismo neoliberal (materializada en los programas de jibarización de los Welfare States y la desregulación a favor del gran capital), la explosión de las desigualdades en segundo lugar, y finalmente el negacionismo climático (como expresión concreta de una más amplia denegación de todas las cuestiones de límites biofísicos que ya antes analizamos de forma somera).

Injusticia, desigualdad y extralimitación ecológica son cuestiones íntimamente relacionadas. Usando la metáfora del naufragio del Titanic, “las clases dirigentes están comprendiendo que el naufragio es inevitable; se adueñan de los botes salvavidas y le piden a la orquesta que siga tocando para disfrutar de la noche antes de que la agitación excesiva alerte a las otras clases” 20/. También Eliane Brum ha reflexionado intensamente sobre esta cuestión:

“La dificultad de cambiar nuestras prioridades hace que el objetivo de limitar el sobrecalentamiento global a 1,5 grados sea cada vez más distante, si no imposible. Se trata del tierraplanismo, como denominamos el fenómeno principal de negar la evidencia científica más consolidada, como la propia forma del planeta. El creciente número de adeptos sugiere que, cuando los humanos más necesitan lucidez, es precisamente cuando entran en un estado de negación.

Cualquiera que siga mis columnas de opinión sabe que una de mis hipótesis para la elección de déspotas es el sentimiento de inseguridad sobre el futuro. Pero no por la indeterminación del futuro. Justamente al contrario. El futuro, como lo conocíamos antes, era un territorio de posibilidades. En el futuro será mejor o en el futuro lograremos este objetivo o incluso en el futuro tendremos nuestra propia casa. Ahora no. La crisis climática ha determinado el futuro. Será malo, desde el punto de vista del impacto del cambio climático. Toda nuestra lucha por el futuro gira en torno a tener un planeta peor o un planeta hostil. Y, créanme, la diferencia es enorme. Tan enorme que todos deberíamos estar luchando por eso en este preciso instante. Me parece que también por esta razón, parte de la población mundial prefiere votar a negacionistas del clima que prometen un retorno a un pasado que nunca existió. Trump y Bolsonaro, como otros de sus colegas, son vendedores de pasados. Pasados falsos” 21/.

¿Aprender por choques?

Hemos hablado con cierta frecuencia de aprendizaje por shock. El shock lo tenemos aquí, en forma de SARS-CoV-2: un virus zoonótico (procedente de un animal) frente al que no tenemos inmunidad previa y que está poniendo patas arriba el mundo entero. El shock está aquí, y se trata solo de uno entre los que venimos padeciendo y vamos a padecer: pero ¿seremos capaces de aprendizaje colectivo? “La tentación, cuando esta pandemia haya pasado, será encontrar otra burbuja. No podemos permitirnos sucumbir a eso. De ahora en adelante, debemos exponer nuestras mentes a las realidades dolorosas que hemos negado durante demasiado tiempo”, nos amonesta Monbiot 22/. Tiene toda la razón. La crisis originada por esta pandemia es poca cosa al lado de lo que se avecina a causa de la catástrofe climática, la crisis energética y la Sexta Gran Extinción.

¿Nos sobrepondremos al tercer nivel de nuestro negacionismo para ser capaces de afrontar las transformaciones sistémicas, revolucionarias, que necesitamos desesperadamente 23/?

Jorge Riechmann es ensayista, escribe poesía, actúa en cuestiones de ecología social y enseña filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid

Notas

1/ Carlos de Castro, “En defensa de una teoría Gaia orgánica”, Ecosistemas vol. 22 num. 2, 2013; https://www.revistaecosistemas.net/index.php/ecosistemas/article/view/744

2/ Lynn Margulis, Planeta simbiótico, Debate, Madrid 2002; Lynn Margulis, Una revolución en la evolución. Universitat de València 2002; Lynn Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos, Tusquets, Barcelona 1995; Lynn Margulis y Dorion Sagan, ¿Qué es la vida?, Tusquets, Barcelona 1996; Paco Puche, La simbiosis, una tendencia universal en el mundo de la vida. La cosmovisión de Lynn Margulis, Eds. del Genal, Málaga 2018; Paco Puche, Lynn Margulis: una revolución en la biología, Eds. del Genal, Málaga 2020; Isabelle Stengers, En tiempos de catástrofes, NED eds., Barcelona 2017; Carlos de Castro, El origen de Gaia, Editorial @becedario, Badajoz 2008; Carlos de Castro, Reencontrando a Gaia, Eds. del Genal, Málaga 2019; Bruno Latour, Cara a cara con el planeta, Siglo XXI, Buenos Aires 2017; Bruno Latour, Dónde aterrizar, Taurus, Madrid 2019.

3/ https://twitter.com/Hibai_/status/1239912668527505408

4/ Comisión Europea/Cordis: “Los virus y el genoma humano: nuevas ideas sobre una relación antigua”, https://cordis.europa.eu/article/id/31829-viruses-and-the-human-genome-new-perspectives-on-an-old-relation/es

5/ Edward B. Chuong, Nels C. Elde y Cédric Feschotte, “Regulatory evolution of innate immunity through co-option of endogenous retroviruses”, Science, 4 de marzo de 2016; https://science.sciencemag.org/content/351/6277/1083

6/ Ecomandanga: “Deforestación y coronavirus: los cimientos de una pandemia”, en el blog Ecomandanga, 25 de marzo de 2020; https://ecomandanga.org/2020/03/25/deforestacion-y-coronavirus-los-cimientos-de-una-pandemia/

7/ Jim Robbins, “The ecology of disease”, The New York Times, 14 de julio de 2012; https://www.nytimes.com/2012/07/15/sunday-review/the-ecology-of-disease.html

8/ https://www.masvive.com/noticia/10920/entrevistas/antonio-tenorio-virologo:-tenemos-que-conseguir-erradicar-el-virus-frenando-el-contagio.html

9/ Damian Carrington, “Coronavirus: ‘Nature is sending us a message’, says UN environment chief”, The Guardian, 25 de marzo de 2020; https://www.theguardian.com/world/2020/mar/25/coronavirus-nature-is-sending-us-a-message-says-un-environment-chief

10/ George Monbiot, “Covid-19 is nature’s wake-up call to complacent civilization”, The Guardian, 25 de marzo de 2020; https://www.theguardian.com/commentisfree/2020/mar/25/covid-19-is-natures-wake-up-call-to-complacent-civilisation

11/ Mi reflexión sobre Commoner en “Barry Commoner y la oportunidad perdida”, Encrucijadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales vol. 11, 2016; http://www.encrucijadas.org/index.php/ojs/article/view/255

12/ Santiago Alba Rico, “¿Esto nos está pasando realmente?”, eldiario.es, 17 de marzo de 2020: https://www.eldiario.es/tribunaabierta/pasando-realmente_6_1006909312.html

13/ Eva Borreguero, “El coste de la negación”, El País, 25 de marzo de 2020; https://elpais.com/elpais/2020/03/24/opinion/1585057846_168280.html

14/ https://www.stockholmresilience.org/research/planetary-boundaries/planetary-boundaries/about-the-research/the-nine-planetary-boundaries.html

15/ Interesante reflexión al respecto en Antonio Turiel, “Duelo, tabú y capitalismo”, The Oil Crash, 17 de diciembre de 2019; http://crashoil.blogspot.com/2019/12/duelo-tabu-y-capitalismo.html

16/ Una buena defensa de esta posición en Matt Frost, “After climate despair”, The New Atlantis, otoño de 2019; https://www.thenewatlantis.com/publications/after-climate-despair

17/ Donella H. Meadows/ Dennis L. Meadows/ Jorgen Randers/ William B. Behrens III: The Limits to Growth. A Report for the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind, Potomac, Londres 1972. Enseguida se tradujo al español: FCE, Ciudad de México 1972.

18/ IPBES, Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services of the Intergovernmental Science-Policy Platform for Biodiversity and Ecosystem Services, mayo de 2019; https://www.ipbes.net/global-assessment-report-biodiversity-ecosystem-serviceshttps://www.ipbes.net/deliverables/2c-global-assessmenthttps://theconversation.com/revolutionary-change-needed-to-stop-unprecedented-global-extinction-crisis-116166https://www.lamarea.com/2019/05/07/el-capitalismo-contra-el-planeta/ ; https://www.theguardian.com/environment/2019/may/06/human-society-under-urgent-threat-loss-earth-natural-life-un-report.

19/ Bruno Latour, Dónde aterrizar, Taurus, Madrid 2019, p. 12; ver también p. 34-35.

20/ Latour, op. cit., p. 35.

21/ Eliane Brum, “La humanidad ha salido mal”, El País, 27 de enero de 2020; https://elpais.com/sociedad/2020/01/26/actualidad/1580077277_399981.html

22/ George Monbiot, “Covid-19 is nature’s wake-up call to complacent civilization”, op. cit.

23/ He abordado estas cuestiones en Jorge Riechmann, Ecosocialismo descalzo. Tentativas (con contribuciones de Adrián Almazán, Carmen Madorrán y Emilio Santiago Muíño). Icaria, Barcelona 2018; y Otro fin del mundo es posible, MRA eds., Barcelona 2020.

vientosur.info/spip.php?article16057
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