La crisis actual y su relación con el abandono de la planificación.

&nbsp Una de las características más notables de las economías de mercado, impulsadas por el neoliberalismo que se apoderó del pensamiento y la acción de gobernantes en la mayoría del hemisferio occidental, ha sido el abandono de la planificación, tanto a nivel del Estado cuanto de las empresas, y por ello es que se han empezado a mostrar hoy las consecuencias de no prever el futuro. A nivel del estado se hizo evidente al retirarse éste de su papel orientador y de concertador de esfuerzos. A nivel de las empresas, cuando asumieron la postura de aprovechar las coyunturas del momento, sin pensar demasiado en el futuro, en una actitud claramente depredadora.

Los argumentos que se utilizaron para abandonar la planificación en las economías de mercado fueron altamente complejos, y en algunos casos alambicados.

Se decía que como coexisten en nuestras sociedades latinoamericanas distintas formas de propiedad: estatal, privada, cooperativa, transnacional, además de algunas formas mixtas; cada una responde a designios propios que ameritan solamente a algún esfuerzo de coordinación a nivel de la sociedad, y que ello estaba dado en las legislaciones existentes en cada uno de nuestros países, con lo cual no se veía como necesario el indicar desde el Estado nada más, y mucho menos que éste interviniera mediante regulaciones y controles. Luego, que como se sabía que las ofertas y las demandas efectivas jamás coordinan automáticamente a largo plazo, el liderazgo político debería ser solamente de tipo orientador, y en los campos del desarrollo social. El ámbito de la economía debía ser absolutamente libre, sin indicaciones ni controles de ninguna índole.

Seguían mencionando argumentos como la incidencia de las nuevas tecnologías, la doble inestabilidad económica: externa e interna, representada por las variaciones de las materias primas, las tasas de interés y la creciente inflación que distorsiona la fijación de precios. Y es así como los propios organismos internacionales de cooperación económica, impulsaban la tesis de que la planificación estatal, y su intervención consecuente, debía reducirse al mínimo, pues el mercado se encargaría de corregirse a sí mismo.

Se olvidaban, para asombro de quienes contemplábamos desde fuera de los círculos del poder político, que el plan de desarrollo de cualquier país, que indicara alternativas viables de desarrollo futuro, podía constituirse en un instrumento vital para movilizar las energías disponibles, sus capacidades y posibilidades, y orientar mejor su inserción en la economía mundial del futuro, pues ya no se discute la interdependencia de las economías a nivel global.

Como puede verse, el abandono del papel del Estado, llevado a cabo de una forma o de otra en determinados países, como planificador del desarrollo y orientador de la economía, así como regulador de las actividades privadas, para evitar la especulación desmedida, la explotación irracional, y la excesiva concentración de la riqueza, dio “patente de corso” a quienes, colocados en puntos estratégicos de la fauna política, se permitieran utilizar su poder e influencia para implementar la “ley de la selva” en las actividades económicas y financieras, y el abandono del desarrollo social.

Un argumento, de hecho real, que sustentaba esta actitud de ausencia total de mirada prospectiva y de planificación necesaria a nivel de los Estados, era que la planificación tradicional, desde el punto de vista metodológico, en su afán cuantificador, mutilaba la realidad para que cupiera en modelos que ofrecían la fantasiosa sensación de que la realidad misma estaba bajo control, lo cual, en consecuencia, llevó a “fetichizar” el Estado como el gran protagonista del desarrollo, entregándole ese papel a la iniciativa empresarial. ¡Y ya vemos lo que han traído estas posturas como resultados a nivel de todo el planeta!

¡Siembra vientos y cosecharás tempestades! Se exageraban los cambios que se podían lograr en los distintos países, porque sobrevaloraban la solidaridad de los agentes sociales, y en concreto de los empresarios, y se desató la tempestad que estamos viendo llegar a cada uno de nuestros países. Los vientos de ausencia de control y regulación se convirtieron en la tempestad de una recesión mundial.

Estamos, pues, dentro de un nuevo torbellino de la historia y no basta decir que la historia se acelera, o que el fin de los tiempos para una u otra corriente de pensamiento. Pues así como es indispensable el Estado para la convivencia social, lo es el empresariado para el crecimiento económico. Pero cada uno ocupando el lugar que le corresponde. No se puede pretender un estado-empresario, intervencionista y acaparador, como tampoco su minimización para que los intereses privados priven sobre los intereses sociales y se instaure la ley de la selva.

Existe hoy una nueva dinámica: la de la transnacionalización de la producción; la de la revolución de las tecnologías de la información; el reacomodo de los bloques de poder a escala mundial, dando fin a la unilateralidad del poder que se instauró después de la cortina de hierro, con las nefastas consecuencias que hemos visto en los últimos decenios; y los nuevos patrones de competencia entre los países desarrollados y en vías de desarrollo como consecuencia del agotamiento del marco multilateral de regulación de la economía global.

Como puede concluirse, se hace imperioso el requerimiento de nuevas percepciones. No se trata de solamente salvar a quienes causaron la crisis, que es lo que pretenden algunos países, fieles al pensamiento neoliberal, y lo que ha impulsado de manera natural los Estados Unidos y algunos de sus socios europeos.En primer lugar la aproximación teórica al desarrollo, que continúa siendo muy determinista y asentada en lo puramente económico, deberá modificarse para que se convierta en un proceso abierto y de alta complejidad, en donde los gobiernos deban escoger dentro de las propias realidades, especialmente sociales. Porque la economía no es más que un instrumento para el desarrollo social. En segundo lugar, será imperioso incrementar el “control social” o control ciudadano, a fin de evitar el libertinaje que ha prevalecido hasta ahora. Y comprender que la planificación, con sus componentes de investigación y análisis prospectivo, deberá ser solamente un instrumento para la toma de decisiones en los niveles del poder, que a su vez deberá ser más democráticamente compartido.

Lo que queda por decir, finalmente, es que se hace imperioso el reemplazo de la visión simplista de la gestión de los países como el nuestro, por una visión de mayor complejidad. Esta crisis nos ha dado un primer resultado positivo: el descubrimiento de la extrema complejidad de la acción en el campo social, la dimensión del mismo, y de cómo se hace necesaria la búsqueda de instrumentos para manejar esta complejidad,sin permitir que ningún actor se apodere de la conducción del país.

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