La corrupción como acicate electoral

&nbsp Otros países instruidos en el capitalismo también, no llegan tan lejos porque han ido depurando un poco más los vicios de la riqueza acu­diendo a otras fuentes de satisfacción moral.

&nbsp Pero aquí, en este país, hace mucho tiempo que los corruptos vie­nen en­trena­dos en las argucias del enriquecimiento injusto (todo en­riqueci­miento lo es), en el golpe bajo y en la rivalidad sucia y des­piadada por el poder? Los únicos obstáculos son exclusivamente tres: no tener ni encontrar la oportunidad, carecer del ingenio para burlar el código penal y las le­yes permisivas del mercado, y tener una cultura de des­precio del di­nero y del poder como valores máxi­mos sociales. No hay más.

&nbsp Pero resulta que la mayoría de los ciudadanos no tiene acceso a los focos donde se genera riqueza. La mayoría, por tanto, carece de “su” oportunidad. Con lo que el camino hacia la corrupción queda ex­pe­dito para los que se ejercitaron en la lucha por el poder, para los que están cerca del poder, y para los que, sin pertenecer insti­tu­cio­nalmente al poder, se dedican a reforzarlo: altos funciona­rios (existe un Estado dentro del Estado: la Administración), y pro­fesio­nales de las profesiones llamadas liberales.

&nbsp Todos apuntalan el sistema… La verda­dera izquierda, la izquierda pura, predomina entre el profesorado aun­que también sea arras­trado en alguna medida por la tira­nía de sistema. Máxime cuando hoy día el profesorado instruye pero no pretende educar. Y los ar­tistas. Por eso en las dictaduras, a quienes pri­mero se persigue es a ambos.

&nbsp Las condiciones generales en que bulle la sociedad carecen, pues, de fre­nos materiales y morales que no sean las leyes penales y la persecu­ción policíaca. Así es imposible que no haya corrupción. Pues todo consistirá en eludir la ley de las mil maneras que existen con la ayuda de asesores tan co­rrup­tos como ellos.

&nbsp Pero por otro lado, ¿qué les enseñan los educadores (padres y madres, principalmente) a las genera­ciones actuales que no sea lo que ellos mismos hacen o intentan hacer: apartar del ca­mino al otro y procurarse una vida rega­lada? Y si un educador en­seña conten­ción, austeridad, frugalidad, ¿no observa­rá el educando la falta de coherencia entre lo que le enseña y la vida tal como la lleva és­te? O, en otro caso, ¿no hallará contradicción entre lo que enseña, y lo que hace?

&nbsp De todo esto se infiere que la sociedad española, por sus muchas ca­rencias y su sombrío pasado, es corrupta por definición. Y gran­des porcio­nes de ella no lo son por falta de oportunidad o porque se les ha pasado la edad de la tentación. En cada generación que pasa es menor la posibilidad de encontrar a ciudadanos no degenerados por la codicia y por la falta de escrúpulos.

&nbsp Otra parte de la ciudadanía, la retirada del trabajo por cuenta ajena -el jubilado que constituye un tercio de la población total-, o se aparta totalmente de la vida social o se deleita obscenamente con la corrup­ción a la que asiste como espectador de excepción.&nbsp

&nbsp Por todo esto, en buena medida tampoco la corrupción hace la me­lla es­perada en el electorado. Ni en España ni en Estados Unidos. Más bien es un acicate, un premio de los que, no habiendo tenido opor­tunidad de corromperse o habiéndose corrompido antes, dan a los corrup­tos actuales. Por lo menos la mitad del electorado, como la justicia ca­pitalista, se ponen siempre al lado del gran delincuente. Por eso pasa lo que pasa, y por eso (y no por la crisis, pues las dife­rencias ya existían antes de la cri­sis) el PP saca no sé qué puntos al PSOE en cuyas filas no abunda tanto corrupto.

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