La confirmación de la identidad

¿Hemos dejado de necesitar ritos de paso? Cuando eran cosa de la Iglesia, el bautismo, la primera comunión, la confirmación, el matrimonio, la entrada en alguna orden, la extremaunción eran cosa suya. Ahora, el llegar y salir de casa de los padres, el primer título, los siguientes, el primer polvo, el primer trabajo, el primer despido, los siguientes, la primera pareja, la primera separación, la segunda, las siguientes, la jubilación, la residencia, la llegada de los de cuidados paliativos… a veces incluso el largarse de vacaciones o de fin de semana siguen marcando el volver a empezar como otra persona en las diferentes etapas de nuestra vida.

  El rito clave sigue siendo el de la confirmación de la intimidad. La intimidad representa un rito social por medio del cual se le comunica al individuo que su existencia es legítimamente suya. El término intimidad proviene del griego éntos, que significa dentro, del que viene en latín intus y el comparativo, interior, más adentro y el superlativo intimus, lo más adentro.  Santo Tomás distingue interioridad de intimidad, dando a la intimidad un carácter más voluntario. La voluntad, que encierra sus secretos, hace que la intimidad se encuentre más cerca de ella que del pensamiento. En ella hay un elemento volitivo que la interioridad no tiene.

  Los bárbaros consideraban que para realizar un rito de paso correctamente, para que funcionara, para que verdaderamente transfigurara, debía doler un poco. Aun ahora las gentes se adhieren tanto más firmemente a una institución cuanto más severos y dolorosos sean los ritos iniciáticos que esta institución les impone. Se comprende fácilmente la utilización que de los ritos de iniciación hacen, en todas las sociedades, del sufrimiento que se infringe al cuerpo. En el caso de obtención de un título, incluso a la mente.

  Para resolver el problema de saber quiénes somos, para saber si para la identidad con la intimidad basta, recurrimos a lo sagrado. Al querer abandonar lo sagrado (con sus ritos y tabúes) recaemos indefectiblemente en un sagrado más arcaico y violento mediante el subterfugio de la anomia. Esto no me puede estar pasando a mí, pensamos. A través de todas las criaturas pasa el mismo espacio, el espacio íntimo del mundo. ¿Hasta qué punto la “experiencia interior” puede ser representada como lo íntimo en general?: La intimidad no se puede articular lingüísticamente.

  San Agustín a quién todavía no afectan los modernos allanamientos de espacio, puede decir sobre su Dios, en coherencia con el modelo de interioridad escalonada, que le es más cercano que él mismo: interior íntimo meo; es imposible pasar por alto en este contexto el sentido comparativo de  interior. Pues cuando la subjetividad (dicho tradicionalmente: el alma humana) es un edificio complejo o una instalación palaciega intrincada, en cuyo interior más profundo reside un Dios-Alto-Profundo, entonces se comprende también por qué el individuo, por regla general, sólo habita en un vestíbulo de su interior más profundo y sólo en situaciones excepcionales de su existencia consigue audiencia consigo mismo.

   Cuando veo a varios jóvenes y no tan jóvenes en la reunión familiar pendientes de móviles y tabletas dándole al maldito y enganchoso último juego y mandando a una especie de delegado a estar también un poco con nosotros, recuerdo que cuando uno es miembro de un agregado social de uno o más individuos hay varias opciones para estructurar el tiempo. En orden de complejidad puede hablarse de Rituales, Pasatiempos, Juegos, Intimidad y Actividad. Supongo que lo de Actividad se refiere a hacer, realmente, algo.

  Cómo hemos podido pasar de la intimidad a lo intimidatorio es uno de esos misterios que oculta la genealogía de las palabras. Supongo que hay que irlo a buscar en el hecho de que el riesgo fundamental de toda intimidad lo señala el hecho de que en ocasiones el destructor se acerca más a nosotros que el aliado.

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