La comedia democrática

10

&nbsp Por un lado están los políticos simulanndo un poder que realmente reside en los centros neurálgicos del mercado; por otro, legisladores que son expertos en elaborar leyes con trampa; por otro, jueces que fingen corregir a la sociedad, pero que alimentan los excesos cuando los imputados son patricios y deprimen e indignan a los en­cartados cuando tienen antes sí al común de los mortales; por otro y por último, periodistas que hacen la vez de los políticos pero cuya responsabilidad política o moral nunca se ve por ningún lado… He aquí los tres poderes de Montesquieu, más el cuarto con el que Montesquieu no contaba y ya hubiéramos visto qué hubiera dicho al respecto si llega a imaginarlo…

&nbsp Un entramado, el democrático, que parece sólo ideado para man­tener la histórica riqueza de los ricos de siempre, y para hacer nue­vos ricos entre gentes del entorno de los anteriores al compás de la estafa que no cesa.

&nbsp Ningún político -sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho, por estar aforado o porque sí- ni dimite ni incurre jamás no ya en culpa, sino en responsabilidad de la que dé cuenta con pelos y señales. Siempre aparece una sutil grieta por donde salen airosos los prota­gonistas y los canallas: políticos (¿qué es del Aznar miserable que metió mintiendo en guerra a este país con un 90% en contra?), pe­riodistas, jueces, altos funcionarios (¿qué es de aquel jefe de policía que mintió bellacamente en sus informes sobre el 11M?), obispos… todos felices, enriquecidos y triunfantes…

&nbsp Como en las películas de argumento plano y sobado, en la demo­cracia occidental capitalista no hay más que comparsería de dece­nas de millones, y estrellas democráticas que nunca salen malpara­das por más que a veces la justicia amaga pero no da…

&nbsp Como ese tal Aznar que sigue suelto, el indecente Trillo del caso Yak 42 en el que fallecieron 62 militares sin graduación, amén de un ramillete de bribones más o menos ilustrados, son el actual expo­nente de las constantes jugarretas que la democracia, la justicia y al final la sociedad toda hacen al colectivo ciudadano.

&nbsp Nunca respiramos tranquilos y aplacados por algún gesto elevado de la Justicia pasando por la piedra a los privilegiados. Ni siquiera por descuido. Habrán disfrutado de todas las prebendas del cargo sólo por charlatanear, pero llegado el momento de exigírles seria­mente cuentas institucionales, todavía, tras 30 años de democracia,estamos esperando que algún pez gordo de verdad caiga en las tur­bias redes de la justicia democrática.

&nbsp ¿No queríais democracia? Pues aquí la tenéís, amigos. Cómo mola estar escenificando todos juntos una pésima comedia de trafi­cantes de esclavos que no se enteran de que lo son y por eso no lo llevan mal. Esto es lo que la diferencia de los totalitarismos.

&nbsp En el totalitarismo de cualquier género todo el mundo sabe que no tiene libertad pero conserva, aun inmanifiesta, voluntad. Sin em­bargo, en estas democracias de cartónpiedra todos creen tener li­bertad, pero el pueblo apenas tiene voluntad; ni libertad política ni tampoco personal, pues toda libertad a secas empieza por la libertad económica que bien pocos disfrutan. Si las tuviéramos, libertad y voluntad, cada día la sociedad se las ingeniaría para quitar la más­cara a los culpables de todos los poderes, conchavados entre sí.&nbsp