La CEOE renueva a Zapatero – Elecciones en estado de excepción

Sin esperar al cara a cara de ayer entre Zapatero y Rajoy -cuyos efectos finales no podrán conocerse hasta el domingo, al estar prohibido publicar nuevas encuestas-, cada vez son más los indicios de que se da por segura la victoria del PSOE. El PP recibió ayer desde el propio ámbito económico de la derecha dos «bofetadas» de las que sólo se dan a quien ya se tiene como caballo perdedor. Y, de hecho, las casas de apuestas por internet dan una notable ventaja de hasta casi 6 a 1 al actual inquilino de La Moncloa.

Pasó el 3 de marzo, fecha de luctuoso recuerdo que a la vez engarza con la actualidad y proyecta la evidencia de que la página del franquismo y el postfranquismo (que cada cual lo extienda hasta el año que quiera) sigue sin estar debidamente pasada. Las víctimas de aquella masacre policial solicitan justicia y verdad, y sus reivindicaciones han entrado también en el mercadillo electoral. Pero dejemos esa cuestión; el caso es que pasó el 3 de marzo y llegó el 4, día siguiente al «Gran Debate II» y jornada en la que ya no pueden publicarse encuestas, salvo, supongo, las relativas a quién ganó o quién perdió el combate televisivo de anoche.

Estas líneas están escritas antes siquiera de que Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero montaran en sus lujosos coches oficiales camino del plató montado en el Palacio de Congresos de Madrid, pero no es difícil adivinar quién perdió: Olga Viza. Olga Viza ayer, Manuel Campo Vidal en el debate anterior y cualquier periodista al que se le hubiera puesto en semejante trance. Si un periodista no puede hacer preguntas, si lo único que tiene que decir es «vaya terminando», su función deja de tener sentido en un debate. Podría ser perfectamente sustituido por un contable o por el hombre del tiempo. Incluso por un ordenador que, cuando detectara que el tiempo pactado se agota y el micrófono sigue emitiendo señal de que el candidato no se ha callado, dijera eso de «señor Zapatero, vaya acabando», con la misma naturalidad a la que ya nos tienen acostumbrados los robots de los servicios telefónicos de atención al cliente.

¿Por qué temen los candidatos españoles a la pregunta y a la repregunta? ¿Por qué les da miedo el factor humano? ¿Por qué les aterra que les pidan en directo un «sí» o un «no»? En uno de los últimos debates de las primarias demócratas estadounidenses entre Hillary Clinton y Barack Obama, un moderador de los de verdad (no de los que se tiene que limitar a decir «su tabaco, gracias») preguntó a los candidatos si tras la renuncia de Fidel Castro eran partidarios de reconsiderar la posición estadounidense con Cuba y reunirse con el nuevo presidente. Hillary Clinton comenzó a enrollarse, que si esto, que si lo otro, y el periodista, ejerciendo su labor, atajó la perorata y le pidió un «sí» o un «no». Clinton dijo no. Obama respondió que sí. Eso, en el debate de ayer, hubiera sido imposible. Esos detalles también hablan de la calidad de una campaña electoral.

La prohibición de que desde hoy se publiquen encuestas impedirá al electorado en general saber los movimientos que ha producido el debate, o la sucesión de monólogos más o menos relacionados entre sí pronunciados por Zapatero y Rajoy ante las cámaras de televisión. El dato quedará para el consumo interno de los principales partidos, y en base a él afrontarán la recta final de la campaña.

Muchos son los que critican -criticamos- el formato del debate, pero pocos los que dudan de que se trata de uno de los métodos más eficaces de campaña. Así lo entendieron, sin duda, IU, PNV y CiU, que al mediodía pidieron al Tribunal Supre- mo la suspensión del cara a cara o, al menos, la adopción de medidas que palien el protagonismo excepcional que adquieren dos partidos que en algunas partes del Estado español no son las dos fuerzas más importante. Era una empresa condenada al fracaso y los denunciantes lo sabían. Probablemente no quisieran otra cosa que dejar constancia de su protesta y criticar lo imparable.

Todos los indicadores señalan que el sistema electoral español camina sin freno posible hacia un indisimulado bipartidismo en el que, por la vía de los hechos o por ley, se intentará además limar el poder de decisión que pueden tener los partidos nacionalistas en un escenario de esas características. Lo único que puede romper esta tendencia es que una nueva derrota de Mariano Rajoy derive en una lucha intestina dentro del PP que lleve a algún tipo de ruptura interna entre los seguidores de la doctrina de Aznar y quienes aspiren a crear un partido de derecha asimilable a los modelos convencionales europeos. Que no tenga que escuchar que «The Financial Times» les dice que «el problema del PP es que sus líderes actuales no han completado el viaje desde sus raíces franquistas hasta un moderno partido de centro derecha».

En el actual PP, y en su capacidad de ganar las elecciones, no confía ni quien por definición es uno de los aliados naturales de la derecha: la patronal. El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Gerardo Díaz Ferrán, dio ayer por hecho que el PSOE seguirá gobernado y le anunció al actual vicepresidente económico del Ejecutivo español, Pedro Solbes, que «a partir del próximo día 10 no sólo iremos a hablarte de estos temas, sino que iremos a decirte que, como hemos hecho estos cuatro años, vamos a colaborar totalmente para que las cosas salgan de la mejor mane-ra posible».

Es más que probable que la CEOE no sólo maneje intuiciones, sino también datos e informes que irán más allá de lo leído en las encuestas de la prensa en los últimos días o de los resultados de las casas de apuestas en internet, donde la victoria de Rajoy se paga entre 4 a 1 y casi hasta un 6 a 1.

Después de que la CEOE se echara ayer a los brazos de Solbes, ya sólo falta que la Conferencia Episcopal haga hoy un gesto de acercamiento hacia Rodríguez Zapatero.

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