La casta sacerdotal en tiempos del coronavirus

Las religiones de la casta sacerdotal a la hora de la verdad: ni están ni se les espera.

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En estos tiempos tan difíciles es llamativa la poca visibilidad de las Iglesias. Siempre que hay que arrimar el hombro, se da la callada por respuesta, o como mucho escuchamos palabritas de consuelo con buen ceremonial  para quedar bien y escurrir el bulto. Así que es un buen momento para hablar de la casta sacerdotal, y cosas como esta ayudan a comprenderla.

La casta sacerdotal, aunque parezca diversa y ramificada, es una en sus propósitos y tiene un común denominador, da igual que religión la ampare: dominar, enriquecerse, esclavizar conciencias y  vivir sin trabajar a costa de sus creyentes. Por sus incalculables riquezas insolidarias y de cuestionable origen en tantos casos, su amplia difusión, sus variadas versiones sobre las mismas supuestamente incontestables  y eternas verdades, con sus ritos, y jerarquías, su poder organizativo y  su influencia en las conciencias, le permite tener un gran poder a la casta universal mundial diversificada de los fariseos.

 Se acompañan siempre los fariseos con una gran capacidad de difusión ideológica y presión política y económica allá  donde convenga doblegar voluntades a su favor. Y siempre cuenta con la ayuda de los Estados. Es más: se necesitan mutuamente porque ambos son el núcleo duro del poder oscuro en este mundo.

A pesar de su aparente división en creencias y zonas de influencia internacional, La casta sacerdotal, en sentido genérico, es como un árbol único;  un árbol muy antiguo y resistente, con dos troncos  – oriental y occidental- cuyas ramas son las diversas religiones. De cada una de ellas, a su vez, surgen, como sucede en los árboles normales y corrientes, otras ramas menores, otras religiones de segundo grado,  que a su vez se siguen ramificando en otras de tercer o cuarto grado, sectas,  etc. En definitiva, se trata de árboles frondosos. Frondosos y de malos frutos. No hay más que ver  la historia de la humanidad espiritualmente enferma  por comer de esos frutos.

Árboles genealógicos 

Si tomamos como ejemplo el judaísmo antiguo, vemos cómo de él surge el catolicismo, del cual nace el luteranismo y todas sus ramas posteriores con sus propias marcas: adventistas, mormones, Testigos, evangelistas, y otras diversas iglesias como la llamada “De los santos de los últimos días” y muchas otras. Todos estos grupos  coinciden en considerar la Biblia como El Libro de los libros, y cada uno la interpreta a su manera, lo cual permite que algunos de sus intérpretes alcance notoriedad y sea elegido como  un líder que a su vez se permitirá elegir a su equipo dirigente en una estructura piramidal casi idéntica en todos los casos.

Cristianos y cristianoides

 En el mundo del falso cristianismo, nombres  como papas, obispos, cardenales, sacerdotes, coadjutores, diáconos, nuncios, pastores, predicadores, encargados de sectas, y muchos otros señalan jerarquías, distinciones  y cometidos de mayor a menor importancia según el cargo. Y todos se llaman cristianos. También en eso coinciden las diversas ramas cristianoides: les gusta el nombre de “cristiano”, sí, pero en cambio no dan ejemplo de lo que dicen ser mientras  compiten entre ellas,  ay, por ser quiénes representan “la marca”  con más derechos teniendo tan pocos donde echar mano.

Con un mundo angustiado y empobrecido como el presente, aún no se ha escuchado a ninguna jerarquía religiosa anunciar su mano tendida llena de trigo. No se necesitan ahora sus predicaciones, sino el oro vaticano tan cuidadosamente guardado. Jesús de Nazaret rechazó la riqueza, pero si  hoy fuera Papa ( cosa imposible de imaginar para cualquiera, y menos aún para un seguidor del Nazareno) sería el momento decisivo de valorar el poder del amor repartiendo su riqueza entre los necesitados. Eso lo haría Jesús, claro. Y de paso explicaría otras cosas sobre cómo actuar espiritualmente y el por qué de lo que hoy ocurre. Esto lo haría Jesús, pero no un Papa, porque un Papa es siempre un impostor.

Ante lo que ocurre hoy en el mundo, y no solo en el Vaticano, muchos serán los que pierdan su máscara religiosa, y descubran al mundo su rostro insolidario y egocéntrico, no solo en la religión supuestamente cristiana, sino en todas las demás.

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