La carta de perdón a latinoamérica que no escribirán las autoridades españolas

Por Agustin Franco

En nombre de la Ley, de la Constitución, los tratados internacionales de paz, los derechos humanos, la razón, la compasión y del precedente internacional asentado en la ‘doctrina Guaidó’ es inexcusable pedir perdón al pueblo de Abya Yala, revocando la Hispanidad e instaurando la Americanidad.

Por Agustín Franco

El final de la soberbia conquistadora y neocolonial en Abya Yala

El Rey Interino Agustín I

Yo me proclamo rey interino y pido perdón por el genocidio español en las Américas. De modo solemne proclamo esta declaración pública en restitución del honor y dignidad de los pueblos precolombinos y sus descendientes. En nombre de las leyes humanas y divinas, de la constitución española, los tratados internacionales de paz y concordia, los derechos humanos, la razón y la compasión y del precedente internacional asentado en la ‘doctrina Guaidó’.

Como herederos de aquella matanza salvaje y misión de exterminio bajo la corona española y la cruz católica no eludimos nuestra responsabilidad histórica y moral. Pedimos perdón con franqueza y sinceridad, sabiendo que no hay palabras que puedan dar consuelo, por tantos que murieron asesinados, por tanta indiferencia que sufrieron después y ahora por tanta resistencia y orgullo herido por un erróneo y fingido sentimiento patriota (ya sabemos que los mal llamados patriotas en España tienen sus cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales).

En nuestro silencio secular muchos hemos movido nuestras entrañas hacia el pueblo americano exterminado, que pese a todo no guarda rencor ni animadversión por la barbarie hispánica. Siguen esperando con paciencia a que los conquistadores hagan el verdadero descubrimiento: Descubrirse a sí mismos, mirarse al espejo y pedir perdón –sin esperar aceptación– a sus hermanos masacrados bajo la espada y la biblia.

No hay perdón ni justificación ética mínima para no condenar la historia colonial española injertada como un virus maligno en las culturas precolombinas. Y haríamos un flaco favor a la verdad (ésa que supuestamente poseen en grado sumo los europeos) desconociendo todo el pensamiento decolonial, de cuya pedagogía emancipatoria se desprende la necesaria petición de perdón para una reconciliación y un trato entre iguales para iniciar un nuevo camino.

Reconocemos también que ninguna herencia cultural, idiomática, lingüística, intelectual o de otro tipo, por muy importante que sea, legitima la tortura colonial. Lo más benigno y maravilloso se vuelve maligno y odioso si es impuesto a la fuerza. Algo que deberían/deberíamos saber bien –salvo hipocresía supina– quienes abanderan/abanderamos las filosofías de la libertad, el amor y la justicia.

La historia del descubrimiento debe reescribirse como una historia del arrepentimiento, cuyos méritos –todos los que hubiere– son atribuibles en primer lugar a la población colonizada, y sólo en último lugar y de modo anecdótico a la influencia positiva de los españoles.

Permítanme compartirles una pequeña historia real (en su doble acepción) de soberbia etnocéntrica que quizá pueda ser el comienzo de un gran relato de perdón (sin que se vuelva una doble decepción). En cierta ocasión coincidí con una de esas personas españolas, muy católica y elitista, de las que usan a los demás como felpudo o como objetos de evangelización (quieran ellas o no). Un día mientras comíamos en una gran superficie, a rebosar de gente, de pronto muda su gesto y contrariado afirma rotundo que le han robado los libros. Los buscamos por las sillas de alrededor y tras no encontrarlos y después de un rato le sugiero volver a la librería. Y allí estaban sobre el mostrador, esperando, la dependienta se los entregó amablemente. ¿Pensáis que reconoció su error y pidió disculpas? Yo no le oí ni palabra. Eso sí, cada día en un ejercicio de hipocresía suprema iba a misa, supongo que para agradecerle a dios que no le había hecho pobre ni mujer ni negro ni ateo ni conquistado…

Mi reinado interino por la paz y el perdón con el pueblo precolombino de Abya Yala y sus descendientes finaliza con el punto y final de esta declaración, de valor político, jurídico y moral efectivo y no ficticio ni meramente simbólico, que afecta a todo español y toda española de bien, que sienten la patria tanto en sus aciertos como en sus errores, en sus derechos y deberes. Conminando a las autoridades presentes y futuras a los dos lados del Atlántico a la celebración oficial de este Aniversario del Perdón cada once de abril (por supuesto, sólo en aquellos países americanos que tengan a bien aceptarlo).

Igualmente impulso la abolición de las celebraciones por la mal llamada Hispanidad y abro las conversaciones para los festejos de la Americanidad, puesto que tienen más que agradecer los conquistadores y herederos que los colonizados y descendientes.

Y, por último, como gesto simbólico y político, mando que esta declaración sea traducida a todas las lenguas nativas oriundas americanas, precolombinas, vivas y extintas.

El Rey Interino Agustín I

En España, a 11 de abril de 2019.

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