La Bienal de Venecia acoge a pueblos sin Estado como el vasco

«Esto no pasa sólo en Asia, no es un caso aislado. También hay pueblos sin Estado en Europa», fue lo que pensaron los representantes del pueblo kurdo cuando recibieron la invitación para participar en la Bienal de Venecia, la cita más importante de arte que se celebra cada dos años y que incluye la Mostra de Cine (anual). Por eso optaron por compartir esta pionera experiencia con otros pueblos, especialmente con Euskal Herria e Irlanda. Las actividades culturales y artísticas que han reunido a estos pueblos sin Estado se desarrollan entre junio y setiembre en el pabellón «Kurdistán Planet», instalado en la iglesia San Leonardo de Venecia. «La Bienal es una manifestación cultural de los Estados. El hecho de que un pueblo pueda participar y proponer su cultura es también una demostración de coraje por parte de la administración municipal de Venecia», subrayó ayer el escritor italiano Giovani Giacopuzzi, editor, junto a la periodista Orsula Casagrande, del libro «K Planet», un proyecto enmarcado dentro esta colaboración y que ayer se presentó en Donostia.

El libro recoge reflexiones de numerosos escritores que giran en torno a tres ideas principales: identidad, idioma y fronteras. «Es un planeta que se mueve, un país que no tiene Estado pero que existe y que quiere abrirse no al mundo, sino a los mundos que tampoco son reconocidos», explicó Giacopuzzi. Desde Euskal Herria han aportado su visión Joseba Sarrionandia -a quien han dedicado unas palabras de Che Guevara agradeciendo su colaboración a pesar de «la difícil situación a la que está forzado a vivir»-, Koldo Izagirre, la poeta Castillo Suarez, la escritora y actriz Dorleta Urretabizkaia, el poeta Igor Estankona y Fito Rodríguez, presidente de Euskal Idazleen Elkartea. Este último, presente ayer en la presentación, ha realizado una alegoría titulada «Belarrimotzak» en la que da cuenta «de una epidemia de una entonación proveniente de Zuberoa, que el Reino de España y la República de Francia consiguen eliminar». Dorleta Urretabizkaia explicó que, para pensar sobre la identidad, ella eligió la canción «Loretxoa», de Benito Lertxundi. «Empecé a responder a la pregunta «¿Quién soy yo?» y al final llegué a la conclusión de que la identidad es ser cada uno lo que es en libertad y que en el mundo del arte es imprescindible esa libertad».

Además de los vascos, en el libro colaboran los comprometidos dramaturgos de la talla de Darío Fo y el desaparecido Harold Pinter, ambos Premios Nobel de la Literatura, el presidente de Sinn Fein, Gerry Adams, y poetas y escritores palestinos como Mahmoud Darwish y Edward Said, o kurdos como Yilmaz Guney, Musa Anter o Ahmet Dere.

Culturas no dominantes

Giacopuzzi reflexionó ayer sobre el modo de entender de los kurdos la identidad, el idioma y las fronteras, «muy parecida a la vasca y a la irlandesa, de ahí nace el proyecto». En cuanto a las fronteras, «no son sólo territoriales, son un obstáculo para el desarrollo de los pueblos». La identidad, añadió, debe formarse partiendo de las raíces de cada uno pero sabiendo y conociendo a otros. «Las culturas, en vez de discutir y contaminarse entre ellas, han tenido la actitud de imponerse la más fuerte sobre la más débil. Es lo que podríamos llamar una cultura imperialista», reflexionó. Según él, el debate sobre estos tres conceptos nace cuando se niega o se desprecia alguno de ellos: «La actitud de la cultura dominante es considerar casi inútil, del pasado, ser lo que una persona o un pueblo quiere ser. Los italianos, los españoles, los franceses… generalmente no se plantean cuál es su identidad, porque no tienen esa necesidad».

Una cultura contaminante y contaminada, que beba de lo suyo pero también de los demás, es lo que reivindicó Giacopuzzi para avanzar hacia un mundo libre. «Las personas que viven su identidad sabiendo que existe un opuesto son los que caminan hacia el futuro. Saben que el mundo está hecho de muchas contribuciones y cada cultura se forma con la aportación de otras». Destacó, además, que lo más importante de este proyecto es «saber que el mundo se construye con otros mundos y es fundamental para un mundo más justo, que esas culturas entren en contacto no de manera conflictiva sino de manera dialéctica. Para construir un mundo en el que cada uno aporta lo suyo, un mundo de colores y no de blancos y negros». Por su parte, Fito Rodriguez no quiso terminar sin destacar que en el mundo del arte «es necesario recuperar la palabra ‘emancipación’. Hay que pasar de ser esclavo a ser libre», y añadió que «existe la necesidad de artistas que enseñen que el mundo puede ser de otra manera».

Los días 25 y 26, muchos de los participantes en el libro se darán cita en Venecia donde todos estos temas reflexionados anteriormente se pondrán a debate.

Cuando el arte y la cultura son responsables con la realidad se abren espacios para que los pueblos sin estado puedan presentarse ante la comunidad internacional ayudando así a derrumbar los muros levantados por estados retrógradas que se niegan a superan sus respectivas etapas como potencias colonialistas.

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