La batalla por la utopía

Hacia la batalla final

(Óleo de Hans Báchle)

Estamos hoy en lo que podríamos llamar una segunda fase hacia la distopía final en la que al control mediático con noticias falsas, acompaña el político, con pasos hacia un fascismo global de nuevo cuño, y las imposturas religiosas. A este panorama ya de por sí siniestro, hay que añadir este cambio climático que los poderosos olvidan, obvian o niegan siguiendo su vieja táctica del avestruz malintencionado. Esto no les impide celebrar cumbres climáticas que no sirven para nada. Al fin y al cabo, el control mental para el control total de cada uno de nosotros es el propósito final de los poderes del mundo y lo que realmente les interesa, lo verdaderamente deseado, porque así tienen en sus manos  todos los demás poderes: el político, el económico y el de las conciencias.

Practican a diario los programadores civiles y religiosos conducirnos a pensar lo que debemos pensar, sentir, hablar y consumir, y mostrarnos lo que no debemos hablar, hacer o pensar, expuesto ante nosotros como algo inconveniente que debemos rechazar. De ese modo pretenden conducirnos hacia la distopía. Sin embargo ya estamos hoy  ante la más grave de las calamidades  que pensaron  los inventores de mundos perversos en la literatura o el cine: es la distopía climática y es ya imparable. La Tierra ha decidido tomar el control  de este mundo porque  no resiste más lo que hemos puesto sobre ella: una civilización insostenible y  extremadamente agresiva  que perturba su propio campo energético y aniquila incontables formas de vida mientras amenaza otras muchas. No hay más que ver el estado de los océanos,  el de la atmósfera que respiramos, o el avance de los desiertos.

Todo esto nos hace desear vivir en una sociedad diferente capaz de tener unos valores y actitudes capaces de establecer un  orden justo  entre nosotros, con la Naturaleza y el mundo animal. Para acceder a ella necesitamos alcanzar un nivel de conciencia superior que nos permita  alcanzar  una sociedad de naturaleza superior, sin clases sociales, sin explotación, sin injusticias,  y donde sea posible  vivir a la altura de nuestra verdadera condición y  llevar a cabo las viejas aspiraciones de los mejores de entre nosotros. Basta que cada uno practique el tratar a cualquier otro ser de la naturaleza y a cada persona del mismo modo que uno desea ser tratado. Esto tan sencillo haría imposible cualquier forma de explotación, cualquier forma de dominación o cualquier injusticia social, tal como nos mostró el Cristo en Su Sermón de la Montaña. Cristo nos prometió esa sociedad utópica del futuro que llamó “Reino de Paz. Marx, nos animó hacia la utopía comunista, la última fase del progreso del socialismo (  y necesariamente de la conciencia humana).

Ha habido utopías como la de Tomás Moro- que dio origen a la palabra misma o antiguamente la utópica República de sabios de Platón o a la utopía quijotesca, por citar alguna. Por desgracia, ninguna de las dos más grandes utopías, ni la cristiana ni la comunista han  ha logrado realizarse. Y como ninguna llegó a hacerse realidad, la palabra “utopía” se convirtió en sinónimo de inalcanzable. ¿Será eso verdad? .

 Que los dos más importantes proyectos utópicos hayan fracasado no es algo casual. Hemos de señalar algo elemental que tendemos a olvidar: ninguna sociedad humana evolucionada puede construirse sin seres humanos evolucionados, del mismo modo que un edificio sólido  no puede construirse con materiales de mala calidad. ¿Por qué nos cuesta tanto conseguir sociedades utópicas, pacíficas y justas? Sabemos que existen dos clases de obstáculos: los propios del ego de cada uno, que dependen de nuestra voluntad personal, y  aquellos con los que poderes externos intentan imponer su voluntad a la nuestra. Y esos poderes externos tienen dos caras: una económico-política-mediática y otra religiosa. El capitalismo como sistema explotador, competitivo y excluyente por un lado, y las religiones institucionales por otro, se muestran hostiles al progreso espiritual y a la superación del egocentrismo y pugnan por conducirnos a sociedades abiertamente distópicas en ambos casos. Religiones y capitalismo rigen hoy el mundo con diversas máscaras ideológicas, políticas o religiosas, a través de diversas organizaciones relacionados con el poder, la libertad, el trabajo, la información, la  educación,  la justicia o los derechos humanos con el fin de minimizar o acabar con lo mejor de cada uno de ellos

Sin embargo, las jóvenes generaciones comienzan a despertar, y lo hacen en primer lugar  ante la urgencia de este cambio climático que perciben como amenazador para sus existencias. a la vez, vemos cómo se alejan de las iglesias y desprecian la corrupción de los políticos. Será muy fácil que perciban prontamente que los ricos no están dispuestos a dejar de ser ricos aunque sea  contaminando y atentando contra el Planeta;  lo mismo que  costará a muchos creyentes  aceptar  que la injusticia mundial y todos los horrores que presenciamos en todas partes no se deben a una maldición divina por nuestra  mala conducta, mientras  se preguntan por qué no interviene Dios enderezando este mundo contra  nuestra libertad y nuestra voluntad. No olvidamos que la libertad no solo es algo sagrado, sino que para un joven es tan necesaria como el respirar… A  no ser que se le engañe y manipule, como pretenden los neofascismos.

Las manifestaciones mundiales simultáneas contra el cambio climático, el auge del feminismo mundial, los movimientos animalistas y  ecologistas y la proliferación de organizaciones sociales en defensa de las libertades y derechos humanos, nos muestran el camino de la utopía que será un día ese Reino de Paz anunciado dos mil años atrás por el divino carpintero de Nazaret aplicando esa sencilla fórmula: “Trata a los demás como quieras que te traten, y no hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti”,y que debería coincidir con la utopía comunista: » A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades« Estamos en el alba de un Nuevo Mundo mientras los constructores de la distopía se afanan en evitarlo. Esta es la gran batalla de nuestro tiempo: la batalla final. Tras ella solo puede existir un bando vencedor,  que nunca a va ser el de la oscuridad: el reloj de su tiempo está llegando a la media noche, aunque den coletazos en su estertor como sucede con todos los monstruos moribundos.

 

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