La autosarcofagia de la izquierda y el retorno de la esvástica

Política-Bóstridos

En España nos preguntamos, cuando hablamos de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, ¿Quién es el escorpión y quién es la rana? Gordo dilema. Ahora que el segundo ha metido el morro en la CNI y tiene al primero cogido por los dídimos más de una carcajada habrá rebotado en las paredes del casoplón. Debemos ser intrépidos, como Tin Tín, y responder a la Esfinge cuando nos plantee la cuestión.

La izquierda, que otrora fue una descomunal fuerza republicana que hizo tambalearse los cimientos del capitalismo y la monarquía, cada día se asemeja más a esa Estatua de la Libertad, hundida y agrietada, que aparece, confusa y desterrada, al final de la película El Planeta de los Simios, de quienes descendemos todos y todas.

Atrás quedaron aquellas décadas prodigiosas en las que, cuando “los profetas rojos” hablaban de igualdad, reparto equitativo de la riqueza, etc., provocaban un contagioso entusiasmo colectivo que electrificaba los corazones y las mentes del pueblo, ignorado durante milenios, y lo convertía en protagonista y escultor de la Historia.

También se recuperó la fe en el ser humano. Incluso hubo soñadores, hoy decepcionados hasta la médula, que creyeron que “esa energía” transformadora llevaría la sociedad del bienestar a todos los rincones del planeta. ¡La imaginación al poder! Se gritaba en el Mayo del 68 mientras George Harrison decía “si al amor, no a la guerra” y levitaba en la cuarta dimensión, ciego de LSD, por los caminos prohibidos de Katmandú.

Pero, poco a poco, los regímenes comunistas se fueron desmoronando, cual gigantes con pies de barro, debido a que sus ideales, programas y horizontes, que fueron nobles y bellos en un principio, se fueron pudriendo, corrompiendo. Tal vez nos olvidamos, demasiado pronto, de la “condición humana”. El Leviatán del dinero se tragó la ética, la honestidad, la integridad, y vino la Era de los bóstridos (1) que roznaron nuestros sueños.

En España, la decepción y la nostalgia de “lo que pudo haber sido y nunca será” (2) cubrieron de espesas brumas el horizonte. Los prometedores comienzos y los sórdidos finales mutaron nuestros rostros en muecas del dios Jano. Los viejos luchadores decían, vaciando unas copas de vino y rasgando la guitarra, “contra Franco vivíamos mejor”.

Con la desintegración del comunismo (3) -con la excepción de Cuba, cuya revolución en América Latina sigue siendo estrella polar para cientos de millones de “Nadies (4) – sus enterradores, (en muchos casos ex izquierdistas que fueron cegados por el poder y el oro)  volvieron a poner las cadenas, o en la noria del burro, el palo y la zanahoria, como diría Hannah Arendt, a los eternos perdedores.

En España nos preguntamos, cuando hablamos de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ¿Quién es el escorpión y quién es la rana? Gordo dilema. Ahora que el segundo ha metido el morro en la CNI y tiene al primero cogido por los dídimos más de una carcajada habrá rebotado en las paredes del casoplón. Debemos ser intrépidos, como Tín Tín, y responder a la Esfinge cuando nos plantee la cuestión.

El esperpento que vivimos ahora lo remacha la marioneta de Pablo Casado, manipulada desde su hueco de plástico por Aznar (ese César que dijo OK al aplastamiento de Irak con mentiras que debieran llevarle ante los tribunales para que responda de crímenes de guerra contra la Humanidad). Decenas o cientos de miles de muertos civiles no deberían caer ni en el perdón ni el olvido. Con aquel engaño comenzó todo. Aquello dio lugar al nacimiento del ISIS y, por efecto dominó, a la subsiguiente tumba del Mediterráneo.

Mientras tanto VOX berrea y hociquea -cada vez que un inmigrante pone los pies en nuestras costas- y esgrime la esvástica que heredó del Padre de Todos y Todas, ese que acaba de dejar el Valle de los Caídos y que, desde el Cielo, nos sigue vigilando para que no nos apartemos del buen camino, ese que todos los años continúa en las procesiones Semana Santa y termina, cual encierro, en la plaza de toros de Wall Street.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que millones de españoles y españolas no sólo compartieron lucha sino también mesa, charla, baile, vino y guitarra. Y besos que siempre acababan en los labios de Afrodita o Apolo pues llegamos a ser un poco dioses y diosas.

Mi colega Julio Mateos (5) doctor en Ciencias Sociales formado en Salamanca, me envió hace meses un correo que retrata aquella atmósfera de confraternidad que sucumbió ante el individualismo, el egocentrismo, el “Yo”, la vanidad y otros pecados capitales que se multiplicaron en “el bonsái” de nuestra raquítica democracia. Su corta misiva decía así:

El placer de apreciar la compañía de amigos en ciertos momentos puede construir un hábito que a su vez se acaba convirtiendo en necesidad. Marx expresaba con fino olfato ese fenómeno referencial de otros tiempos, ya muy viejos, del movimiento obrero. El padre del «socialismo científico» escribió estas emotivas palabras: 

«Cuando se reúnen los artesanos comunistas, su objeto es por de pronto la doctrina, la propaganda, etc. Pero, al mismo tiempo, al reunirse les nace una nueva necesidad, la necesidad de comunidad, y de este modo lo que parece ser un medio se les convierte en un fin. Se puede contemplar los resultados más espléndidos en ese movimiento práctico viendo una reunión de “ouvriers” franceses. El fumar, el beber, el comer, etc., no son ya más que medios de unión o medio unificador. Les basta ya con una compañía, una asociación, un entretenimiento que tienen, en realidad, por fin la compañía misma. Entre ellos la fraternidad de los hombres (y mujeres) no es palabrería, sino verdad, y desde estas figuras endurecidas por el trabajo nos ilumina la nobleza de la humanidad».

Este escriba sigue echando en falta a líderes como el ex primer ministro chino Zhou Rongji (al que conocí en Pekín) quien fue “apartado de la vida política” por mostrar “tolerancia cero” con la corrupción del Partido Comunista Chino (PCch). Me cuesta creer en los que, para mantenerse en el cargo no dejan de practicar una cirujía de cuerpos y almas y de señalar con el índice “al enemigo del pueblo”, alter ego de ese oftalmólogo chino, Li Wenliang (6) quien tras avisar por primera vez de una enfermedad rara, fue detenido por la policía por difundir rumores y demostró, con su muerte, que tenía razón.

-1- El bóstrido es un insecto que roe madera por el simple placer de la destrucción, no porque se alimenta de ella. Ese bichito es descrito por José Saramago en su genial obra “Todos los nombres”.

-2- Estrofa de la canción de Amaral “Nuestro Tiempo”.

-3- No cuento Corea del Norte. Ese país es el mayor campo de concentración de la Tierra. Cuando caigan los más doscientos kilómetros de alambradas que separan a ambas Coreas (que caerán por un golpe de estado militar, o por una avalancha de ciudadanos que corten con tenazas el muro de espinas), la gente entenderá mejor lo que estoy diciendo.

-4- “Los Nadies”, expresión acuñada por Eduardo Galeano.

-5- Julio Mateos ya publicó aquí su legendario cuento “El Barco que volaba sobre el desierto”.

-6- La historia de Li Wenliang, quien falleció a los 34 años, tiene un parecido asombroso con la trama de “Un enemigo del pueblo” del dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906). En dicha narración (publicada en noviembre 1882) el doctor Thomas Stockmann avisa de la aparición de una bacteria que puede poner en peligro la vida de la gente tras lo cual es acusado de traidor por las autoridades por los perjuicios económicos que puede traer “ese falso rumor” a la población que vive del turismo y de los ingresos que aporta un balneario de la región ¿Qué importa que tengas razón si no tienes el poder? apostilla la señora Stockmann a su marido, el “enemigo del pueblo”.

La web del autor es: Nilo Homérico.

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