La asignatura pendiente de Trudeau con las comunidades indígenas canadienses

Durante algunos meses, la pandemia del coronavirus marcó el ritmo y hasta hizo creer que el mundo estaba en pausa. Sin embargo, en los últimos días, ha quedado claro que por más recluida que esté la sociedad, la conciencia social no está adormecida. El brutal homicidio de George Floyd, un afroestadounidense de 46 años, a manos de un policía blanco despertó una ola de manifestaciones a lo largo del mundo contra la discriminación racial y la brutalidad policial. 

Al grito unísono de justicia, miles de personas salieron a las calles no solo para condenar lo ocurrido en Estados Unidos, sino para visibilizar el racismo estructural en sus propias sociedades. El mayor pedido de justicia, sin embargo, fue el silencio. Ocho minutos y 46 segundos de silencio absoluto que hicieron más ruido que cualquier pedido a viva voz, para representar los casi nueve minutos en los que el oficial de policía asfixió con su rodilla a George Floyd hasta causarle la muerte. Y mientras las voces encontraron eco en el silencio, varios asistentes se arrodillaron en homenaje a Floyd. Entre ellos, el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quien se arrodilló más de tres veces durante la movilización contra el racismo en Ottawa. Un gesto simbólico que para muchos canadienses, no alcanza para abordar el racismo endémico que sufren las minorías en dicho país.

«Hay discriminación sistemática en Canadá, lo que significa que nuestros sistemas tratan a los canadienses de color, a las minorías canadienses de diferente manera que a los demás», declaró Trudeau días después de su participación en la movilización. Pero en sus declaraciones, Trudeau dejó de lado cualquier mención a medidas o cambios políticos para revertir la situación a la que él mismo describió de horrorífica. Lo que para muchos, fue visto como otro signo de desinterés por parte del mandatario que hizo de la causa de las comunidades indígenas, una de sus promesas prioritarias de campaña. 

En medio de la falta de definición por parte de Trudeau, un hecho ha revelado nuevamente, el racismo estructural al que se enfrentan las minorías canadienses. Imágenes del jefe de la Primera Nación Athabasca Chipewyan, Allan Adam, en las que se observa su rostro visiblemente golpeado y ensangrentado han comenzado a circular días atrás. Junto a las imágenes, Adam denunció que fue agredido físicamente por oficiales canadiense en marzo de este año, a causa de una supuesta placa vencida de su camioneta. Lamentablemente, la denuncia de Allan Adam, no es aislada.

Durante los primeros días de junio, Chantal Moore, una joven de 26 años miembro de la comunidad indígena de Tla-o-qui-aht, fue asesinada durante un control por un oficial de policía de Nuevo Brunswick. Ahora, jefes de una coalición de las Primeras Naciones de Maliseet, reclaman una investigación independiente para determinar en qué contexto ocurrió el fallecimiento de la joven. Pedido al que se suma la jueza indígena y antigua responsable de la investigación nacional sobre mujeres y niñas indígenas desaparecidas y asesinadas, Marion Buller, quien instó al gobierno a realizar una investigación completa e independiente. “Canadá debe saber lo que le sucedió a Moore”, aseguró Buller. El asesinato de Moore se enmarca dentro de un contexto de racismo generalizado. Según una investigación de CBC News de 2018, entre 2007 y 2017, al menos 69 personas indígenas fueron víctimas de encuentros fatales con la policía. 

Según datos del censo de 2011, 1,7 millones de personas en Canadá tienen ascendencia indígena. Lo que representa el 4,3% de la población canadiense total. Muchas de estas comunidades, aún viven marginadas de la sociedad, bajo la pobreza y con un acceso restringido al sistema de salud, servicios básicos como agua potable y recursos naturales como aire limpio, entre otros beneficios ecológicos. Siendo esta, otra cara del racismo que sufren estas comunidades: el racismo ambiental.

El racismo ambiental ha afectado a las comunidades indígenas canadienses por siglos, pero un documental reciente de Netflix, titulado ‘There’s Something in the Water’ y dirigido por la actriz Ellen Page, ha vuelto a poner el foco sobre esta situación. El documental está basado en el libro del mismo nombre, escrito por Ingrid Waldron, miembro de la comunidad indígena Mi’kmaq, quien ha sido testigo del racismo ambiental en primera persona. En su libro, Waldron documenta la larga odisea de los miembros de las Primeras Naciones de Pictou Landing, para conseguir que las autoridades cerraran la fábrica de celulosa Northern Pulp, controlada por Paper Excellence (PE) que a su vez forma parte del conglomerado de origen chino indonesio Sinar Mas. 

Desde los años 80, la comunidad indígena que habita en la zona, viene exigiendo el cierre de la fábrica que continuó descargando sus desechos y contaminando la laguna de Boat Harbour durante más de medio siglo hasta que finalmente en enero de 2020, el primer ministro de Nueva Escocia, Stephen McNeil, anunció el cierre de la planta. Aunque el problema de fondo no ha sido resuelto, ya que las aguas de la laguna siguen contaminadas. Como si fuera poco, ahora el gobierno de Nueva Escocia ha decidido compartir los gastos de la limpieza con Paper Excellence y pagar hasta 10 millones de dólares para este fin.

En una entrevista reciente, Waldron explicó que el cierre de la fábrica, tras años de activismo por parte de las comunidades que se han involucrado para que se llegue a esta decisión, la hizo reflexionar sobre el tiempo que se tarda en resolver asuntos que conciernen a las comunidades indígenas. En su opinión, a pesar de las evidencias que demostraban que la contaminación causada por la fábrica era perjudicial para la comunidad, la planta siguió operando porque su funcionamiento beneficiaba a la comunidad blanca. 

El testimonio de Waldron es sumamente valioso, ya que da cuenta de una realidad ignorada por los medios de comunicación y hasta por las autoridades. Aunque revela tristemente también que la justicia, tarda más en llegar para las minorías étnicas. Lo que recuerda a uno de los lemas que se ha repetido en los últimos días en las movilizaciones: «no hay paz sin justicia».

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