La actitud combativa

Hubo en general del que se dijo por lo bueno que era que incluso en tiempo de paz sólo pensaba en cómo hacer mejor la guerra. Por si acaso la guerra no hubiera terminado, por si acaso la jerarquía social la seguimos negociando de un modo beligerante, por si la lucha de clases no hubiera acabado, la actitud combativa no sería bueno perderla a base de confundir nuestros deseos de paz con la realidad de los conflictos. Una actitud combativa, quizás la más noble ilusión de la beatitud de Spinoza, parece contener la promesa de que nunca nos sentiremos solos mientras nuestra preocupación sea el bienestar de los demás.

  ¡Ay! La extraña magia de los combates a los que no se puede asistir sin poder evitar tomar parte. Cuando te alcanza, cuando ves el frente, la tranquilidad desaparece. Ya no quieres ser conciliador, no puedes ser indiferente, no te puedes zafar, te has puesto en camino: ¡Al-safar zafar! Viajar es la victoria. ¡En el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo! Siempre soñamos que en un momento de descuido -para ello hace falta una noche increíblemente oscura- podamos zafarnos de la línea de combate y seamos elevados, por nuestra experiencia en la lucha por encima de los combatientes, como árbitros.

   Lo que nos espera es el estudio sin tregua, el esfuerzo inaudito, el combate sin parecido, es la noche, la áspera noche del trabajo de la que se levanta, lenta, lentamente la obra, como si fuera un sol. Verlaine: “Ce qu’il nous font à nous, c’est l’etude sans trêve,/C’est l’effort inouï, le combat non pareil,/ C’est la nuit, l’âpre nuit du travail, d’où ont se lève/ Lentement, lentement, l’oeuvre, ainsi qu’un soleil”. La desesperación del hombre de izquierdas está en combatir en nombre de principios que le prohiben el cinismo.

   Una cosa es combatir y otra pretender tener razón, dar al enemigo razones para que vea que el enemigo es él, no nosotros. Más allá de las razones está la fuerza, pero más acá la persuasión, y el que combate, el que enseña, ¿persuade o no al que combate, de lo que enseña?. En un viejo cuento de ciencia-ficción, la literatura utopista por excelencia, unos misioneros han hallado el arma de la perfecta catequesis. Exponen a sus superiores sus dudas acerca de la permisibilidad de su uso. Se les ordena renunciar a “ganarlos para Dios” así. Sentido deportivo, manners before morals, que decía aquel querido mariconazo.

   Si saben lo que quieres oír es posible que te lo digan. Que te lo canten, que se enteren de cuánto estás dispuesto a pagar. Que te cobren por ello. La deliberada negación de la realidad fáctica -la capacidad de mentir- y la capacidad de cambiar los hechos -la capacidad de actuar- se hallan interconectadas. Deben su existencia a la misma fuente: la imaginación. Las mentiras resultan a veces mucho más plausibles, mucho más atractivas a la razón, que la realidad, dado que el que miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera oír. 

   Si puedo hacer oír mi voz, tengo razones para hablar. Si hablo y me siento atendido, tengo razones para seguir participando. Los problemas de acción colectiva surgen, casi siempre, cuando los individuos creen que importa poco que cooperen o no, que su participación de nada sirve en la obtención de la empresa común. Cuando se compara el indiscutible costo de la cooperación con la irrelevancia de la acción desde el punto de vista público, la voluntad cooperativa se desalienta.

  No pienses, no dejes que pase tiempo entre oír tu voz bicameral y hacer lo que te ordena. El antiguo proverbio sumerio que ha sido traducido como: Obra prontamente, haz feliz a tu Dios. Tiene vigencia hoy, sobre todo en el mercado. El que ve sin oír está sin duda mucho más inquieto que quien oye sin sin ver. Las relaciones entre las personas en la gran ciudad se distinguen por la patente y cabal preponderancia del ojo sobre el oído. Los “mensajes” en los teléfonos nos han devuelto a los telégrafos de nuevo. Estamos listos para recibir órdenes de mando. Para ob-audire, para obedecer.

  El complacerse en los combates no es lo mismo que el combatir. Asistimos al espectáculo de juegos y catástrofes, objetivamos el asunto. El instinto combativo se ha desplazado sobre el objeto. Nos hemos vuelto objetivamente modestos. En lugar de hacer, padecemos.

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