La acción como derecho

Las cárceles ocupan un lugar fundamental en el sistema capitalista. Su aparente función es proteger a la población, que, vaya paradoja suele ser la clase propietaria, la misma que dicta la ley, la incumple y es casi invulnerable ante ella. La cárcel es de torpes no de delincuentes. En ellas sólo hay una mínima parte dispar a los miles de explotadores, rateros, y asesinos que muchos de ellos son vistos incluso como héroes.

El poder de la justicia es incuestionable ¿quién se enfrenta a una abstracción?

Los hombres que buscan poder se sirven del que ya tienen. Los jueces tienen poder.

Lo que ocurre en su juicio, es una lucha entre dos licenciados que debaten por ver quién miente mejor, poco importa la sentencia, no hay justicia, sólo retórica.

Su veredicto busca satisfacer la venganza de la sociedad; que el condenado sea castigado y los carceleros le ayuden a ello, o dicho de forma adornada, reeducar al recluso. Cabe mencionar que hablaremos de quienes atentan contra la propiedad.

¿Son estas las condiciones que deben reconciliar a un preso con la sociedad?, ¿inculcarle la ética contraria a la que se intenta irradiar?

El entorno de reclusión en el que se desarrolla, o más bien pudre, es la cuna de las leyes antinaturales, el ambiente antisocial en el que se mueve no contribuye a su recuperación.

El castigo no cura al preso, no al menos en el sentido que lo difunde la ley, estimula el odio a la sociedad que le juzga, condena, abusa de él en prisión y al salir el desprecio de los restantes. Y así aumenta su ira con más ira por parte de quienes le rodean.

El condenado, antes de serlo, fue criado por un sistema hostil, donde el acto vandálico ocupaba la rutina de su gente, el lema común enriquecerse. La interpretación era simple, una mano callosa símbolo de inferioridad mientras que un traje superioridad.

Y oyó hablar del lujo, el dinero que no tiene, todos aquellos detalles materialistas inexcusables para ser alguien en la sociedad actual y buscando serlo se aventuró a lograrlos, a demostrar que él también puede. El sistema le volvió arribista. Adjetivo que bien podría haber sido sustituido por otro de haber tenido una educación eficiente.

En la historia, nos hemos centrado más en el crimen que en el criminal, cuando, en realidad un mismo acto puede ser ejecutado con delirio, pasión, drogadicción, venganza… Las raíces del individuo no tuvieron la firmeza suficiente para tolerar la necesidad y hambre, y si la sociedad no le enseña, dónde sino en la cárcel es donde un obrero puede leer. Si los hijos de los aristócratas viviesen en unas condiciones semejantes, se verían envueltos por los brazos de la penuria y los pies descalzos, buscando qué comer.

Y nuestro deber es combatir todo aquello y más, no hallar remedios sino prevenirlos.

Todos en algún momento hemos tenido intenciones antisociales pero, gracias a la educación no los hemos llevado a cabo.
La solución real es actuar, es nuestro derecho y hacerlo en comunidad y para la comunidad es una condición insobornable. Cuando reformemos el sistema capitalista, trabajaremos según nuestras inclinaciones en provecho de la comunidad, los niños serán educados para entender el trabajo como pasión y no como castigo. Sólo así no existirán clases, y para qué.
Los presos que atentaban contra la propiedad no existirán, que actualmente son la mayoría, y ella tampoco. Nuestra obligación es ser el verbo no el ideal.

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