Julio, dolor y rabia

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«Fue un excelente gestor público. Tenía principios y nunca fue un doctrinario. Como alcalde, no tuvo problemas en gestionar con la oposición»

«Entendió muy pronto que el tipo de modernización capitalista que Felipe González dirigió y organizó tendría consecuencias negativas para la estructura productiva»

«Su preocupación última, la de casi siempre: no basta gobernar ni gestionar, hace falta implicación de los actores sociales, crear organización y convocar al pueblo»

Le afectó mucho la muerte de Susana López. Me llamó con un tono inusual en él, como desesperado. Susana había ido telefoneando a sus amigos y amigas en lo que era, consciente o no, una despedida. Agustina, su compañera, me lo confirmó después. En esos días, me llamó también para hablarme del Manifiesto que estaba preparando. Le dije que lo firmaba sin necesidad de leerlo pero no lo aceptó; quería mi análisis crítico y aportaciones.

Habría que empezar desde lo fundamental: Julio era una persona cabal. Raro, singular y con un carácter muy marcado, en parte, construido por él mismo. Valentía, arrojo y orgullo definían un estilo que luego lo convirtió en política. Era maestro, historiador y aficionado al teatro. Conocía bien las reglas del discurso y las claves de la retórica política. Su llegada al comunismo, igual que para muchos de su generación, fue ante todo, un compromiso moral con las clases trabajadoras, con los comunes y corrientes. Conocía minuciosamente la historia de España, las de Córdoba y Andalucía y sabía muy bien las características que tuvo el capitalismo español. Nunca hablaba “de oído”, estudió mucho hasta el final de su vida y aprendió a rodearse de gente que le aportaban conocimiento e información.

Fue un excelente gestor público. Tenía principios y nunca fue un doctrinario. Esto es importante entenderlo. Como alcalde, no tuvo problemas en gestionar la ciudad con la oposición, buscó el consenso, no desde abstracciones, sino desde el programa entendido como un contrato con la ciudadanía. “Olía crecer la hierba” y tenía una intuición bastante certera de la orientación del voto. Llegó a la política andaluza y nacional como renovador; en muchos sentidos, lo ha sido siempre. Entendió antes de que se cayera el Muro que un ciclo histórico estaba acabando y que era necesaria una nueva política y nuevas formas de ejercerla. Esto llevó a despistes dentro y fuera del PCE. Muchos lo consideraron de derechas y lo apoyaron por eso. Se equivocaron, se equivocan siempre. Julio era un renovador desde y en la tradición comunista.

Entendió muy pronto que el tipo de modernización capitalista que Felipe González dirigió y organizó tendría consecuencias negativas para la estructura productiva de España, para los derechos laborales y sindicales; que hipotecaba un futuro que muchos pensaron que era el fin de un atraso histórico y nuestra llegada a la modernidad. El debate de Maastricht fue muy duro por esto. Una parte de la dirección del PCE y de IU le aconsejó eludir la confrontación buscando terrenos menos pantanosos. Anguita no dudó y supo dar la batalla. ¿Qué estaba en juego? Lo mismo que ahora, la idea de alternativa; es decir, superar en serio el modelo neoliberal yendo hasta las últimas consecuencias.

Lo que vino después es conocido: una campaña sistemática de demolición y derribo contra una persona que se había convertido en referente de una base social compleja y en ascenso. Todo lo que hemos visto contra Unidas Podemos se practicó a lo grande contra Julio Anguita y contra IU: intervención de los aparatos del Estado (cloacas incluidas), grupos empresariales y mediáticos, y una corte de intelectuales que hacían méritos para convertirse en lo que Manolo Sacristán llamó “letratenientes”. Hablar mal de Anguita era recompensado y una señal de respetabilidad social. Sin la división interna en IU no hubiese sido posible el bloqueo político y la posterior derrota electoral. Anguita somatizaba todo y su primer infarto tuvo que ver con este clima.

Anguita, que veía largo, se dio cuenta de que no estaba en condiciones de liderar un proyecto como IU y el PCE y planteó su sustitución en un proceso que debería ser ordenado y democrático. No fue posible. Me remito a lo que el propio Anguita contó. Lo único que puedo decir a este respecto es que Julio lo pasó extremadamente mal y no se sintió acompañado por los que él consideraba camaradas y amigos. Volvió a sus clases y a su salario de profesor de instituto. Algún medio de comunicación -los enemigos ni olvidan ni perdonan- se dedicó durante meses a verificar la profesionalidad del que tuvo como honra ser un maestro de escuela.Se ha hablado mucho de la Transición y Julio Anguita. Lo que se pactó realmente lo hemos conocido después. El nuevo Secretario General, frente a otros dirigentes del PCE, nunca embelleció lo que fue laTransición y sus consecuencias. Supo que era un pacto desigual y que tuvo sus costes. En un momento complejo, cuando Anguita denunció el mal uso que se estaba haciendo de la Constitución y cómo sus aspectos más progresivos estaban siendo mellados o simplemente ignorados, advirtió en público que el PCE e IU estaban en condiciones de situar la Monarquía en el centro del debate. Los que mandan y no se presentan a las elecciones entendieron que se había ido más allá de lo permitido y sacaron la inmensa munición de que disponían contra un proyecto que impugnaba unas reglas del juego no escritas  y que se situaban por encima de la Constitución. La corrupción de la casa de los Borbones ya se estaba convirtiendo en un elemento significativo del sistema de poder.

El 15M lo reconoció como interlocutor. Anguita fue al debate según su estilo, decir la verdad, argumentar con seriedad y no darle coba a un movimiento que estaba emergiendo. Con modestia, señaló sus deficiencias, la necesidad de un proyecto visible y de organizarse sin perder sustancia social. Defendió la unidad de IU y Podemos yendo más allá de una simple coalición electoral y parlamentaria. Soñó con comités unitarios en los barrios, asambleas abiertas y participativas y una movilización social más allá de los ciclos electorales.

Ahora nos deja. Su preocupación última, la de casi siempre: no basta gobernar, no basta gestionar, hace falta implicación de los actores sociales, crear organización y convocar al pueblo cuando se entra en un periodo presidido por una pandemia global, por una crisis económica de grandes proporciones y por un desempleo brutal. Su último documento, el Manifiesto, se ha convertido en su testamento y nosotros en sus legatarios.

 

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