Juegos Olímpicos: una oscura historia

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Coubertin: racista, colonialista y misógino

Los primeros Juegos modernos tuvieron lugar por primera vez en 1896 en Atenas, por iniciativa del barón Pierre de Coubertin. Entonces se trataba de exaltar los ideales aristocráticos, exclusivamente masculinos y blancos. Coubertin no ocultaba su misoginia. En 1912 todavía se oponía a la participación de las mujeres: » El único verdadero héroe olímpico es el varón individual.  Las olimpiadas femeninas son impensables. Serían poco interesantes, antiestéticas e incorrectas. En los Juegos Olímpicos, su papel debería ser fundamentalmente, como en los antiguos torneos, el de coronar a los vencedores»

Los primeros Juegos fueron reservados a los blancos Coubertin, «colonialista fanático» según sus propias palabras, era un racista y un antisemita confeso: «A la raza blanca, superior en esencia, todas las demás  le deben sumisión». Las mujeres, los negros, los pueblos colonizados solo podrán participar en los JO muy progresivamente, encontrando importantes oposiciones.  Así, en 1960, el Vaticano prohibía todavía al clero católico mirar las pruebas femeninas. Más recientemente, el sexismo ha tomado otras formas, como los test de feminidad humillantes para algunas atletas, por ejemplo la corredora sudafricana Caster Semanya.

Nacionalismo y nazismo

Aunque los Juegos han evolucionado mucho no han dejado de exaltar el nacionalismo más patriotero. Es incluso lo que los estructura: todo deportista concurre bajo la bandera de una nación, y los vencedores son recompensados al son del los himnos nacionales.  En el periodo de entreguerras, las organizaciones del movimiento obrero se opusieron a este enfoque chovinista buscando crear modelos alternativos. En oposición al racismo y al elitismo de los Juegos Olímpicos , la Internacional roja del deporte, nacida en 1921 en el seno de la Komintern  organizaba las «Spartakiadas», mientras que la Internacional deportiva de Lucerna, vinculada a la Internacional socialdemócrata, puso en pié las «Olimpiadas obreras internacionales». Estas manifestaciones reunieron a menudo varias decenas de miles de deportistas y tantos, si no más, espectadores como los JO.

Los Juegos Olímpicos de Pierre de Coubertin se impusieron porque han contado con el apoyo de los Estados, que los han utilizado para exaltar los ideales burgueses, el nacionalismo e incluso el nazismo. En 1936, los Juegos de Berlín, fueron para el régimen nazi  una ocasión de oro para su puesta en escena; se beneficiaron del  apoyo  entusiasta del barón de Coubertin, a quien Hitler propuso en vano para el premio Nobel de la Paz. Una campaña internacional de boicot  fue organizada, en especial en los Estados Unidos, porque las arbitrariedades del régimen nazi contra los opositores políticos, los judíos, los gitanos y los minusválidos eran conocidas.

Pero Avery Brundage, un industrial de la construcción de obra pública, futuro presidente del Comité Internacional Olímpico entre 1952 y 1972, batalló con éxito contra este boicot norteamericano. Una vez, ya in situ, los dos únicos judíos de la delegación estadounidense fueron oportunamente separados de la carrera de relevos 4×100 metros que debían correr. Este episodio siniestro se relata en una reciente película de cine, El  Color de la victoria, dedicada al corredor afroamericano Jesse Owens,  ganador de  cuatro medallas de oro en Berlín, al que no solo no saludó Hitler, sino que el presidente Roosevelt rechazó también recibir, para complacer a la opinión segregacionista.

Dinero y dopaje

Gracias a los medios de comunicación, los JO se han convertido en una gigantesca empresa comercial. El periodo de entreguerras vio a las grandes firmas hacer su entrada, comenzando por Coca Cola en Ámsterdam en 1928. Hoy, el primer acontecimiento deportivo del planeta es una gigantesca máquina de hacer dinero. Los principales gastos son asumidos  por los Estados y las ciudades organizadoras: construcción de estadios deportivos desproporcionados, de una ciudad olímpica, de infraestructuras de transporte, etc. En 2004, los JO de Atenas que costaron más de seis mil millones de dólares al país, contribuyeron a un endeudamiento colosal. Los de Río deberían costar doce mil millones de dólares, pero la factura final promete ser más elevada.

Los beneficiarios son muchos, pero los mayores son elegidos con cuidado: se trata primero de los grandes patrocinadores, de los medias que retransmiten las pruebas más vistas, de los industriales de la construcción que construyen las infraestructuras, etc. Dicho de otra manera, los JO son una gigantesca operación de transferencia de fondos públicos  a empresas privadas.  Por eso las  poblaciones se oponen a menudo a la candidatura de su ciudad.

En cuando al dopaje, no es nuevo en la historia de los Juegos.  Pero, con sus crecientes  retos, está generalizado. Si no es sistemático, está organizado o tolerado por algunos Estado o federaciones, como lo ilustra el reciente escándalo del  dopaje ruso. De manera más general la trampa es favorecida por el carácter competitivo de las pruebas, donde un deportista puede encontrar, al final de años de esfuerzos, la consagración o al contrario la desgracia, en unos minutos incluso en unos segundos.  La historia olímpica rebosa de deportistas que entraron el Panteón o por el contrario fueron marginados en su país en función de su resultado.

Los JO no son ni mejores ni peores que la sociedad capitalista. Ellos la reflejan.

Michel BONDELET

Lutte Ouvrière

 

Traducción de Francisco Ponzán

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