Juego de patriotas

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Por Rafael Cid

“La historia es una galería de cuadros
con pocos originales y muchas copias”
(Alexis de Tocqueville)

Las elecciones en la época del trending topic recuerdan al cuadro de Goya que muestra a dos paisanos a garrotazo limpio mientras permanecen enfangados hasta las rodillas. Da igual lo que piense o haga el adversario, pero si no lleva la camiseta con nuestros colores está en el error. Esa es la divisa de moda, el pensamiento único com-partido. Por eso, las opiniones de comentaristas y medios se disciplinan en torno a la lógica de la servidumbre voluntaria. Y así, como en toda contienda, la primera víctima es la verdad. Nadie reconoce nada más allá de lo que haya predeterminado que debe ser su primer mandamiento. La obediencia debida.

Es obvio que la irrupción institucional de Podemos (objetivamente el fenómeno político reciente más interesante después del de la horizontalista CUP) representa un vuelco en la escena partidista, y que de entrada aporta la frescura de quebrar el duopolio dinástico hegemónico. Los de Unidos-Podemos han desembarcado en el tablero político en el don de la oportunidad enarbolando habilidades renovadas. Justo cuando la crisis de la deuda había convertido en rehenes a los ciudadanos con la complicidad dolosa de las dos formaciones ocupantes del poder desde los inicios de la transición. Conservadores y progresistas encerrados con el mismo juguete de la corrupción a espuertas mientras la gente se sumía en el abismo social.

Ese es el innegable talento que el partido morado ha sabido explotar con indudables dosis de originalidad y sincretismo. Se está viendo en la forma de manejar esta segunda campaña electoral para el 26-J, donde han sabido rectificar los errores a dos bandas cometidos en la primera y frustrada intentona salida del 20-D. De un lado, Pablo Iglesias ha dado marcha atrás a su aberrante decisión de rechazar la coalición con Izquierda Unida (IU) con denuestos incluidos para los seguidores de Alberto Garzón. Y de otro, Podemos ha sabido envolver en purpurina las aristas más conflictivas de esas nupcias para no espantar al personal sin atributos ideológicos, siguiendo la tesis de transversalidad del artillero Íñigo Errejón.

De ahí ese ecuménico Unidos-Podemos como postal feliz del enlace. Y el pimpante corazoncito iconográfico flambeado como un delicioso helado de tres sabores. Sucedáneos del merchandising que debe servir para asimilar otros conceptos más controvertidos, como la reivindicación del patriotismo y de la socialdemocracia. En realidad dos regresiones en el túnel del tiempo que han sido metabolizadas por los seguidores de Podemos gracias al efecto combinado de sendos factores. Uno es cosecha de la casa y consiste en ese saber hacer simbólico con que la marca Podemos hace de la necesidad virtud. El otro es prestado y procede del complejo político-mediático opuesto, que con su cerril actitud de estigmatizar a todo lo que se mueva entorno a los morados consigue reforzar sus posiciones al grito ¡ladran, luego cabalgamos!

Y sin embargo, aún queda sitio para el librepensamiento. Lo diga Agamenón o su porquero. Lo de “Todo por la Patria”, salvo en las filas del agit-prop anti-imperialistas (por ejemplo, el “Patria o Muerte” de la Cuba castrista), en estos pagos tiene un significado más bien casposo. Suena a Casa-Cuartel (y aun así el CIS sitúa a Podemos como primera fuerza en Euskadi) y a divisa ultra (“Los españoles primero”). El reclamo promocional “La Patria eres tú”, esgrimido por Unidos-Podemos para la campaña sobre la imagen de una anciana (¿la Matria?), desprende un vago tufo peronista. Pero como el partido de los profesores no suele dar puntada sin hilo, debemos interpretar que así pretende amarrar ese yacimiento de votos que anida en el inconsciente colectivo de los “no alineados”. Otra de las tretas de aquella y recurrente Primera Transición: la apelación a un gran consenso nacional.

El segundo chispazo, el reclamo socialdemócrata, tiene más enjundia y está programado para ser a la vez causa y efecto del primero. Pero también bebe en las fuentes procedimentales que abrió las puertas del régimen del 78. Porque el objetivo de gobernar, vulgo llegar al poder, resultará baldío para Podemos sin contar con el “sí quiero” del PSOE. Y teniendo en cuenta que esa pata del bipartidisimo ha sido el agente más activo del sistema (22 años de gobierno frente a 11 de la derecha) y que, en consecuencia, Ferraz fue la primera en poner en marcha los diktats de la Troika, se haría imposible la operación cohabitación sin adecentar a su partenaire. De ahí, que Podemos casi ignore los agujeros negros del zapaterismo (art.135 C.E.; desregulación pensiones; contrarreforma laboral; liquidación cajas de ahorros, etc.).

Y aquí de nuevo surgen los espasmos de la Primera Transición. También entonces los partidos antifranquistas tuvieron que lidiar con la más fea. El problema era cómo hacer para desertar de la ruptura prometida y aceptar como socios a los herederos del franquismo, con las renuncias programáticas consiguientes, conservando el apoyo de los electores que ansiaban pasar factura al criminal franquismo La solución vino otra vez de los significantes vacíos (mejor vaciados): cambiando el infumable estatus de lo que hasta el día anterior había sido calificado de “dictadura”.

La nueva denominación fue “régimen autoritario”, nunca “totalitario”, con lo se rompía el nudo gordiano de la coherencia democrática que impedía pasar de una dictadura a una democracia “ley a ley”. Lo mismo que ahora, pero más rebuscado. Al proclamarse “nueva socialdemocracia”, Podemos sugiere que el PSOE, en cuanto representante de la “vieja socialdemocracia”, supera la nota de corte para entrar en la carrera hacia el gobierno.

Con semejante finta, “el pablismo” ha conseguido además alejarse del marrón que suponía el modelo “populista” en el preciso momento en que el paradigma latinoamericano, y especialmente el del amigo chavista de referencia, declina a trompicones mostrando su vertiente más insoportable. El propio diario El País, bastión del antiPodemos mercenario, ha intentado a la desesperada cazar en ese filón publicando un artículo de Chantal Mouffe, pareja en la vida real e intelectual del recientemente fallecido Ernesto Laclau y factótum del género. En el texto (“El momento populista”) su autora sostiene que “el pueblo puede ser construido de maneras distintas y no todas van en la dirección progresista”, como aviso a navegantes sobre lo que puede suponer la fórmula populista. Como demuestra la emergencia de partidos ultranacionalistas en Europa aprovechando el desencanto ciudadano movilizado por los estragos del austericido.

Y aunque esa era la intención secreta del nuevo jefe de opinión del diario, el talentoso José Ignacio Torreblanca, al encargar el citado trabajo a la afamada politóloga (desprestigiar académicamente el discurso de Podemos), no se puede ignorar que dicha amenaza existe. La “razón populista” desarrollada por Laclau se inspira en los principios “amigo-enemigo” y “decisionismo” de Carl Schmitt, el padre doctrinal del nacionalsocialismo, mentor del que el profesor argentino postmarxista era rendido admirador, y puede devenir en “asalto a la razón” disfrazado del “asalto a los cielos”. Es como el colesterol, existe un colesterol bueno y uno colesterol. O estás conmigo o contra mí, así de simple. Un rancho para adictos a esa extraña lógica que la vitriólica escritora belga Amelie Nothomb resume en la frase “nadie es importante sino el enemigo”.

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