Judith Butler, éticas corporeizadas

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Por Iñaki Urdanibia

Nombrar a la profesora y activista norteamericana y referirse a la teoría queer es todo uno entrando en debate con los gender studies , estudios a los que realmente dio un vuelco, al poner en duda la neta distinción establecida por el feminismo entre sexo y género, siendo necesario que el segundo, (gender), según tal concepción, fuese distinguido del “sexo”, con el fin de separar el polo natural del polo cultural de la sexualidad. Para ella tanto el género como el sexo son construcciones culturales, lo que le lleva a afirmar que « si se pusiera en causa el carácter inmutable del sexo, se vería tal vez que lo que se llama “sexo” es una construcción al mismo título que el género; en realidad, quizá el sexo es siempre género y, en consecuencia, no habría distinción entre los dos »; en la misma línea discursiva los géneros son performativos, es decir, que constituyen su propio contenido, se apoya para ello en la obra del filósofo británico Austin quien en su How to do Things with Words ( Hacer cosas con palabras ) se refería a las frases que no describen un estado de hecho sino que crean una realidad ( las normas de sexo-género tienen la misma estructura , y han de ser –a diferencia de los enunciados preformativos- constantemente repetidos; es decir que no vale decirlos de una vez por todas: “¡ es un muchacho!”…sino que la conformación se da a lo largo de la vida) . Sin lugar a dudas, ella ha jugado en papel esencial en los debates sobre el feminismo actual , en especial desde que en 1990 publicase su Gender TroubleEl género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad» )en donde la identidad sería “flotante” más que constituida de una vez por todas; su afán por deconstruir la “matriz heterosexual”, le conducía a subrayar una política de lo indefinido que pusiese en solfa los postulados de la heterosexualidad obligatoria. En este terreno de la incertidumbre, y con la guía de Foucault, Derrida y otros pensadores posestructuralistas, además de ser heredera del anti-ontologismo propio del pragmatismo americano, y frente a las teorías sociológicas que desde Durkheim y Max Weber hasta Pierre Bourdieu trataban de explicar cómo funciona el orden social, Butler desplaza la perspectiva y trata más bien de ver cómo el orden simbólico no funciona, ya que nunca se llega a ser plenamente un “hombre” o una “mujer”, ya que los géneros vienen marcados por la impronta de la bisexualiad; subrayando que de una u otra manera todos somos travestis, aunque la mayor parte de los humanos lo ignoremos: una exploración de las normas a través de sus márgenes ( recuerdo, de memoria, aquella afirmación de Félix Guattari que decía que los márgenes son el corazón del sistema). Este desplazamiento se sitúa en la excepción y no en las reglas marcadas por el pensamiento dominante; las fronteras de géneros siendo confusas, resultan flotantes, y en definitiva ligadas a los comportamientos más que en esencias determinadas; teorías que abrieron las puertas al pensamiento sobre las minorías sexuales que resultaban condenadas a los márgenes y al desprecio al ser sometidas a una confrontación con las normas al uso, y al abuso. En este terreno discutirá contra distintas posturas esencialistas como las de Julia Kristeva ( que pone el hecho diferencial en la maternidad), o contra la imposibilidad de comunicación, y universalidad ética, que se da debido a las diferencias entre hombres y mujeres.

Sin entrar en mayores profundidades sí que quisiera incidir en un aspecto realmente importante en la obra de Judith Butler, y es que se esté de acuerdo o no con muchas de sus posturas, lo que resulta indiscutible, y por ello positivo a todas luces, es que su obra resulta un verdadero revulsivo en las mansas aguas de las teorías heredadas; solo eso constituye en sí mismo un indudable motivo de interés para leer a la esta teórica queer, representante del llamado feminismo postmoderno y una de las luminarias postestructuralistas, sin obviar que sus posicionamientos se ubican en el terreno de lo político en esa galaxia de rebeldes americanos, del norte, junto a los Noam Chomsky, Angela Davis, Mike Davis, Ronald Dworkin, Arno Mayer, Howard Zinn, etc.; representantes de la otra América que dirían Daniel Bensaïd y Eustache Kouvélakis ( cfr:. L´autre Amérique. Les américains contre l´état de guerre. Les éditions Textuel, 2002), inscribiéndose, por su parte, en el terreno de las luchas feministas, anti-racistas y en pro de los derechos cívicos. El suyo es un pensamiento en pie, que señala que el feminismo no ha de limitarse a denunciar la opresión, sino que a la hora de pensar el poder no ha de considerarse este como una plancha de plomo que nos aplasta y de la que hay separarse para ser finalmente “liberada”, sino que hay que abrir las puertas a la imaginación de nuevas formas de acción, buscando la clave de las formas de articulación de la dominación y la liberación, explorado para ello –como queda dicho.- los márgenes, más no por una fascinación de las posturas transgresoras, sino como camino de acceso a la clarificación de las asignaciones sexuales.

Los avatares del sujeto

« Nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo »

( Spinoza )

« Incluso si la acción discursiva de las normas puede intentar cautivar a los cuerpos, hay siempre alguna cosa del cuerpo que escapa a esta cautividad»

( Judith Butler )

El autor de la Ética revolucionó las relaciones entre mente y cuerpo, y es que nadie ha podido dar cuenta de hasta dónde puede llegar un cuerpo sin la compañía de la mente. Desde esa óptica resulta obvio, en el caso que nos ocupa, que no resulta posible alcanzar la materialidad del cuerpo sino es con la carga de las ideas que responden al imaginario social, marcado por los discursos, las palabras y las reglas que todo lo normalizan, o al menos lo pretenden.

Desde su tesis doctoral , leída en 1984, sobre «Sujetos del deseo. Reflexiones hegelianas en la Francia del siglo » ( Amorrortu, 2011) puede observarse cuáles son los puntos de interés de la profesora: por un lado, las relación entre sujeto y deseo, y por otro, las lecturas que de Hegel se han realizado en la Francia del pasado siglo, incidiendo en que estas lecturas han tratado de escapar de las redes del pensamiento hegeliano. Temas que continúan en sus obras posteriores ( véase su « Cuerpos que importan . Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”». Paidós, 2002), en donde ahonda en la falacia que supone considerar el “sexo” como una marca indeleble de la biología, ignorando que gran parte de tal no es sino una producción que señala los límites de los cuerpos; separando una supuesta relación causal que identificaría deseo e identidad, como identificado con un género inevitablemente, lo cual despejaría la necesidad de orientar el deseo hacia un género determinado: las puertas de la bisexualidad quedan abiertas de par en par. Así pues, en cada sujeto se da un cruce de masculinidad y feminidad, despejando así cualquier tentación de determinación esencialista que marcaría de una manera tajante una esencia u otra. Siempre en conversación, con Platón, Freud, Lacan, Foucault y en disputa con Luce Irigaray o Slavoj Zizek ( quien, por otra parte, no se queda corto en sus dardos al considerar a la ensayista americana como prototipo de representante de una « postura típicamente posmoderna…desembocando en el tema de la subjetividad nómada», además de afear sus posturas tendentes a la no-violencia. Véase su La filosofía no es un diálogo in Alain Badiou / Slavoj Zizek « Filosofía y actualidad. El debate» ( Amorrortu, 2005 ).

Ahora acaba de ver la luz, publicado por Herder, « Los sentidos del sujeto », en el que se reúnen siete ensayos que se complementan en sus enfoques particulares que van desde las reflexiones sobre el cuerpo a la cuestión de la violencia / no-violencia, centrada en Franz Fanon y Jean-Paul Sartre, pasando por unas detalladas visitas a Malebranche, Merleau-Ponty ( criticando la lectura que de él hace Luce Irigaray), al deseo de vivir en Spinoza, y a otras cuestiones en las obras de Hegel y Kierkegaard. El eje variable e inasible sobre el que pivota la obra de Butler se deja ver ante las inconveniencias, constantemente subrayadas, de hallar definiciones taxativas y definitivas sobre las mujeres como categoría única , al invitar a tener en cuenta la pluralidad de modos de ser, inconveniencias a las que se han de sumar –según su opinión- encasillarse bajo las etiquetas de “ gay” y de “lesbiana”, ofreciendo de ellas una significación unívoca , si bien aceptando que el imperativo político puede hacer necesario el uso de ciertas banderas ( como errores necesarios) con el fin de reunir o representar ciertas reivindicaciones de grupo. Este principio de incertidumbre, de provisionalidad –en busca de las categorías adecuadas.- , podríamos catalogarlo al modo de la epojé, lo amplía , por supuesto a los límites del “nosotros”, ( ¿ a quiénes abarca tal primera persona del plural? ¿ a toda la pluralidad de diferencias dentro de un mismo conjunto?) y también al campo del propio yo: « si el yo puede determinarse él mismo, entonces lo que excluye, con el fin de fabricar esta determinación , permanece como constitutivo de esa mismas determinación[…] el yo excede su propia determinación y produce ese exceso incluso en y por ese mismo acto que apunta al agotamiento del campo semántico de ese yo » . Todo esto le conduce a criticar con dureza la «política de representación» que hace que una minoría se arrogue , al suponerse que conoce los exactos intereses de sus representados -como si de un todo compacto se tratase- la representación; crítica que obviamente no es solamente aplicable al feminismo, y otras yerbas, sino a la política en general..

Parte Butler de la constatación de que antes de que el yo se convierta en sujeto ( ingresando en el lenguaje y en la capacidad de tomar decisiones, digamos que, propias), viene marcado, o hasta inaugurado, por las relaciones-afectivas y de contacto, amén de las lingüísticas- de otros; esto no quiere decir que tal marca haga que no exista cierto grado de autonomía personal, mas siempre se han de tener en cuenta estos condicionamientos iniciales que son una impronta, impresa en el cuerpo, contra la cual, también es verdad, podemos luchar para tratar de moldearnos a nosotros mismos( desde que llegamos al mundo lo hacemos en medio de una red de normas). Desde la niñez la lengua está intrínsecamente ligada con el cuerpo…en los procesos de vocalización y discurso; « si puedo tocar, experimentar y sentir el mundo es solo porque a este “yo”, antes de que pudiera denominarse “yo”, lo agarraron, lo sintieron, se dirigieron a él y lo animaron. El “yo” nunca acaba de superar esa impresionabilidad primera…».

La travesía que propone Judith Butler , huyendo de toda forma de binarismo y apostando por la pluralidad , podría decirse que de la multitud, es la de rastrear algunos aspectos en los que la filosofía habitualmente « colapsa una y otra vez…en la cuestión del cuerpo», recurriendo a distinguir entre pensar y sentir, el deseo , la pasión, la sexualidad y las relaciones de dependencia, destacando « una de las grandes contribuciones de la filosofía feminista…cuestionar estas dicotomías y preguntarse si en los sentidos ya está obrando algo llamado pensamiento, si cuando actuamos , no está actuando al mismo tiempo sobre nosotros…» , poniendo el acento en la intencionalidad, reflexividad y apertura de las sensaciones y las relaciones que se establecen , evitando caer en dualismo alguno, tarea en la que no cabe duda de que le sirve en gran parte Baruch Spinoza además de Jacques Derrida y Jean-Luc Nancy. El recorrido, consistente en ensayos, siete, escritos a lo largo de veinte años de actividad, pivotan entre el cuerpo y la ética , ya que el “yo” es paciente pero también agente, lo cual supone una forma de relación a la que se puede llamar “ética” ( « la ética no describe principalmente una conducta o disposición, sino que caracteriza una manera de comprender el marco relacional en el que los sentidos, la acción y el discurso se hacen posibles. La ética describe una estructura de discurso en la cual estamos llamados a actuar o responder de un modo específico…»); en este terreno Emmanuel Lévinas le sirve de contertulio. Y en el volumen se presentan unos textos filosóficos en una vertiente menos conocida de su trabajo: pone en relación a Spinoza con Freud , para enfocar los lazos sociales y sus relaciones con el inconsciente; lee a Malebranche poniéndole en relación con Merleau-Ponty ( el primero centrando su mirada en la sensación y el segundo en el cuerpo) e Irigaray, Kierkegaard, Descartes y Hegel para ocuparse de las relaciones de la corporeización: pasión, deseo , tacto…siempre prefiriendo más que las actividades del “yo”, « las condiciones sensibles de ser sentido y sentir». Relaciona igualmente a Fanon, con Sartre-y su célebre y furioso prólogo a Los condenados de la tierra– y destaca como el psiquiatra afincado en Argelia incidía en cómo la racialización « establece un tipo de ser que ya está destruido antes de tener la mera posibilidad de vivir y que, para poder vivir, debe recurrir a otro modo de comprensión de la libertad encarnada…». Diferencias y coincidencias en lo que hace a las relaciones del “yo” con el tú, el interrogante acerca de los destinatarios de los mensajes ( ¿ colonizadores y/o colonizados?) con una perspectiva de alcanzar un “hombre nuevo” y una sociedad en la que reine la no-violencia en las relaciones.

Judith Butler nos entrega una « geometría de las pasiones » -por utilizar la expresión de Remo Bodei- destacando cómo el deseo, la rabia, el amor, el dolor juegan un papel esencial en «la conformación del sujeto en los marcos históricos de poder específicos», haciendo a un tiempo que podamos conocer a través de los ensayos reunidos el desarrollo de su pensamiento.

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