Juana de Arco, ¿Santa o nacionalista?

Un debate plenamente actual en Francia.

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Desde hace bastantes años, el Frente Nacional francés que anima el antiguo torturador en Argelia, Jean Le Pen, convoca cada Primero de Mayo   a sus huestes derechistas y xenófobas delante del monumento parisino a Juana de Arco. La indignación de la izquierda insumisa quedó patente en la pluma de nuestro Daniel Bensaïd en su obra Jeanne de guerre lasse, Gallimard, 1991), no se podía dejar a esta hija del pueblo en manos de Le Pen y familia. Daniel dedicó: Une Jeanne d’Arc entre la légitimité et l’insurrection, consciente de que la “pulga” de Orleáns era una hija del pueblo que descubrió la realidad nacional –en oposición al ocupante que martirizaba a los suyos-, y asumió la responsabilidad de una resistencia que –como sucedió en estos andurriales en 1808- habían abandonado el monarca, la nobleza y el clero que se había decantado por la opción colaboracionista para defender sus privilegios. Sin embargo, lo cierto es que tradiciones y mitos están recobrando una utilidad en la prédica de esencialismos conservadores, con lo que las viejas querellas históricas vuelven a tener una suma importancia. No es otra cosa lo que concurre en la última Juana de Arco cinematográfica, la de Jacques Rivette, cuyo rigor histórico apunta directamente contra las maniobras falsificadoras de la familia Le Pen. Contra las huestes de la Francia católica y eterna, cuyos campanarios ve ahora sepultado por los minaretes la que hace décadas fue Brigitte Bardot, ahora señora de uno de los animadores del Frente. Una Francia que, como no, el propio papa Wotyla ha tratado de consagrar a través de la figura de Clodoveo, el Recaredo francés.

Así pues la historia sigue siendo un campo de batalla, de confrontación moral y política alrededor de una vieja historia, que comenzó en el pueblo de Domrémy, el año 1412 y concluyó trágicamente en Ruan, 1431). Juana nunca conoció el de en su corta vida. Era hija de Jacques Darc, un humilde campesino pobre e iletrado, condición que compartió naturalmente ella en un mundo en el que estos carecían de los derechos más elementales, sobre todo si era mujeres. A los 13 años, Juana aseguró que le llegó «una voz de Dios…que me decía dos o tres veces por semana que tenía que irme…y yo liberaría de su asedio a la ciudad de Orleans». Era ya las postrimerías de la Edad Media, y Francia parecía entonces un mundo en guerra, el pueblo llano vivía en permanente tensión, la soldadesca podía asaltar y saquear en cualquier momento. La propia familia de Juan tuvo que huir precipitadamente de su pueblo.

La situación del país era tan agobiante que había surgido, en la fe popular, la profecía de una intervención sobrenatural. Juana creyó que las voces que sentían eran las que sacarían a su pueblo de aquel infierno. Tenía nada más que 17 años cuando se entrevistó con el pusilánime Delfín –la única alternativa mínimamente coherente a Enrique VI de Inglaterra- y le anunció que su misión consistía en hacerle consagrar y coronar rey con el nombre de Carlos VII en la ciudad de Reims, profecía que se convirtió en realidad el 17 de julio de 1429. Nombrada caballero en Poitiers, Juana había conseguido cumplir otra profecía: liberar Orleans en mayo del mismo año. Con el estandarte nacional que, al decir de ella misma, prefería cuarenta veces a la espada…Yo misma llevaba el estandarte cuando atacábamos al enemigo a fin de no matar a nadie. Nunca he matado a nadie. Con estos criterios consiguió sucesivas victorias, logrando lo que ningún Estado Mayor militar anterior jamás había logrado. Esta trayectoria, que asombró y desmoralizó a los ocupantes, concluyó en 1429, cuando la indecisión y mediocridad del monarca facilitó una derrota francesa en París.

Sus intentos por reanudar la ofensiva fracasaron, y en noviembre de 1430 fue hecha prisionera por el partido de los borgoñeses que la vendieron a sus aliados ingleses. Estos no tuvieron dificultades en crear un sórdido tribunal inquisitorial formado por teólogos de la Sorbona para declararla herética, relapsa, apóstata, idólatra. En contra de las mismas reglas de la Santa Inquisición, se le negó el derecho a un abogado, por lo que tuvo que defenderse ella misma !y de qué manera¡, y fue encerrada en una cárcel laica con carceleros masculinos que amenazaban con violarla. Después de un juicio del que quedan las minuciosas actas que sirvieron de base a las inmortales películas de Dreyer y Bresson, Juana fue quemada en la hoguera sin que Carlos VII –en cuya Corte se movía un tal Gillles de Rais, más conocido como Barba Azul, uno de los grandes asesinos de mujeres de la historia, un personaje muy tratado desde el cine– moviera un dedo por salvarla. Juana tenía 19 años, y sus últimas palabras –clamadas a gritos surgidos de entre las llamas- fueron: !Si¡. Mis voces eran de Dios!, no me han decepcionado. Dio su último suspiro tras decir, !Jesús¡.

Luego, ya en 1450, el propio rey promovió un proceso de rehabilitación. Muchos siglos más tarde la Iglesia la beatificaría (1909), y la canonizaría como Santa (1920), canonización sobre la que ironizaría G.B. Shaw al final de su obra sobre ella, cuando su espíritu le pregunta a Dios cuando dejarán de ser necesarios los sacrificios de los santos, y en 1923, la República francesa la proclama patrona de las Galias e instituye un día de fiesta nacional en su honor. La historia y el mito de Juana se convirtieron en un tema recurrente para la literatura, y entre los autores que le dedicaron su especial atención.

Entre los grandes autores que le dedicaron una atención, sobresale, primero el genial poeta vagabundo Francois Villon sobre el que existe un film notable, Si yo fuera rey (If I Were King, USA, 1938), de Frank Lloyd; también Willian Shakespeare hizo una referencia agria sobre ella en su Enrique VI; Voltaire que, en su habitual tono satírico, trata de sustraerla del mito para centrarla en su contexto histórico y en su contenido patriótico por encima de su dimensión mística. Por su parte el escritor romántico alemán, Friedrich von Schiller, le dedicó una célebre obra teatral, La doncella de Orleans (de la que se haría una adaptación a la escena lírica con música de Verdi), donde la erige en símbolo de un conflicto entre el deber y la vocación, por un lado. Por el otro, el amor humano incompatible con su misión divina. El gran historiador romántico Jules Michelet le confirió un profundo sentido histórico y nacionalista de izquierdas, mientras que Anatole France retomó la vena volteriana y anticatólica.

Aunque vista de muchas maneras, lo que no se podía hacer era dejar el mito en manos de los mismos que la quemaron.

Ya  lo dice la Biblia, tú te puedes olvidar del pasado, pero el pasado no se olvida de ti.

 

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