José Martí en Fidel Castro

Nuestro Apóstol sintetizó en su Partido lo imprescindible para la auténtica emancipación enriquecida por el Comandante en Jefe

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Para el grueso de cubanos/as, donde quiera que se encuentre, resulta prácticamente imposible que el 28 de Enero sea una fecha inadvertida: se trata del día en que 1853 llegaba al mundo en La Habana José Martí, el más trascendental y universal de los hijos de Cuba. En consecuencia —y al tiempo que repudio el vandalismo reciente de mercenarios al amparo de EEUU—, comparto este post encarado desde la continuidad martiana protagonizada por Fidel Castro. Convierto en letras, mi sentipensamiento.

Para aquilatar la huella de nuestro Héroe Nacional en nuestro Comandante en Jefe, pudiera solo subrayar dos lances de Fidel al respecto: uno, advirtió al calor del juicio por los sucesos del 26 de Julio de 1953: “Nadie debe preocuparse de que lo acusen de ser autor intelectual de la Revolución, porque el único autor intelectual del asalto al Moncada es José Martí, el Apóstol de nuestra independencia”; dos, sentenció en La historia me absolverá con el impacto de los mismos sucesos: Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro […] ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!”.

No obstante, considero que debo insistir en una creación mariana enriquecida por el quehacer fidelista —convertida en alma del proceso revolucionario cubano: me refiero al Unipartidismo político concebido como ente rector para conducir una Revolución y devenido obstáculo a derribar por el “Norte revuelto y brutal”, sus acólitos internacionales y servidores del patio.

José Martí indicó que en la Revolución de 1868-1878 no fueron los españoles quienes nos arrebataron la espada y nos llevaron al cese de una Guerra Justa sin haberse obtenido la Independencia ni la completa eliminación de la Esclavitud: para él, fue la división de los mambises víctimas del regionalismo y del caudillismo lo que provocó la sonrisa transitoria del colonialismo hispano que nos oprimía. No por casualidad le escribió a Máximo Gómez el 20 de Julio 1882:

“¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablen de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente, erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus proyectos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país —¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponernos en pie”.

Con esta premisa, escapó al acaso que él proclamara la existencia del Partido Revolucionario Cubano el 10 de Abril de 1892, una década después de la citada carta a Gómez, precisamente en el aniversario 33 de la Asamblea de Guáimaro; ni de que esclareciera para ayer y para hoy desde el Periódico Patria en su artículo sobre el propio Partido con una semana de anterioridad: “[…] Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”.

Así, se comprende el porqué los enemigos históricos de nuestra Patria trabajaran por la disolución del Partido de Martí tras la independencia mutilada que le continuó a la intervención yanqui en Cuba en 1898.

Consiguientemente, al amparo de Martí Fidel comprendió la necesidad de suplir la carencia de una sola organización que vertebrara orgánicamente a las principales agrupaciones políticas que fungían como vanguardia del pueblo, y encabezó el proceso de construcción de un solo partido revolucionario que inspirado en su Maestro —también en Lenin— condujera a la nación en las nuevas condiciones.

Un elemento aglutinador de ese proceso constructivo se encuentra en la vocación unitaria de Fidel previamente al desembarco del Granma (1956), junto a la acotación manifestada el 1ro. de Enero de la Cuba victoriosa: “Nunca nos dejaremos arrastrar por la vanidad ni por la ambición, porque como dijo nuestro Apóstol: ‘Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz’”. A ello se suma su convicción expresada el siguiente 8 de Enero según la cual desde el primer momento debió permanecer “una sola organización revolucionaria” o sea, una vanguardia unida capaz de aglutinar al pueblo.

En otras palabras, tras el Triunfo de 1959 Fidel priorizó el trabajo en aras de juntar el Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR 26-7), el Partido Socialista Popular (PSP —Comunista) y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo (DR 13-M). En correspondencia, laboró en los años inmediatamente posteriores.

Entre 1960 y 1961, surgieron las Organizaciones Revolucionarias Integradas (las ORI) que, después de un proceso de rectificación de posiciones sectarias entre los años 1962 y 1963, se transformaron en Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (el PURSC) cuya evolución y perfeccionamiento conllevó a que en la encrucijada Septiembre/Octubre de 1965 optara por el nombre de Partido Comunista de Cuba.

Es de admirar que al calor de este proceso emergió un principio fidelista para ingresar a la Vanguardia política en la Mayor de las Antillas: aludo a la consulta con las masas. Ello constituyó un aporte a la lucha por la calidad del Movimiento Comunista a escala internacional; al paso que devino condición sine qua non para legitimar recurrentemente al Partido conductor de la construcción de nuestro Socialismo desde su propio postulado: “La vinculación más profunda y permanente con las masas fue ayer, es hoy y deberá ser siempre la brújula de nuestro Partido”.

También escapó a la eventualidad, pues, que la contrarrevolución externa e interna realizara/realice lo que esté a su alcance para desarticular el Partido de Fidel que en la actualidad conduce el inédito proceso revolucionario en la Isla, tal como en los finales de la centuria XIX hicieron en torno a lo que fue la disolución del Partido de Martí. Y valga una alerta: la intención fundamental de ahora NO es que haya pluripartidismo en Cuba y SÍ que desaparezca nuestro histórico Partido, porque constituye garantía del abrazo del pueblo cubano con su proyecto bienhechor.

Concluyo: en el tema del Unipartidismo político en Cuba, nuestro Apóstol sintetizó lo imprescindible para la auténtica emancipación de nuestra nación; un asunto que se extendió/se enriqueció creadoramente con el pensamiento y obra de nuestro Líder histórico. He aquí una muestra de cómo José Martí devino faro de Fidel Castro llamado a ser continuidad dialéctica por las presentes y futuras generaciones de compatriotas —hoy, con las orientaciones partidista del Compañero Raúl y las indicaciones del Presidente Díaz-Canel. ¡Amén!

 

Nota: El autor es Presidente de la Cátedra Honorífica de Estudio del Pensamiento y Obra de Fidel Castro Ruz en la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte Loynaz, Cuba.

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