José María Fidalgo, el gran masturbador

Por Víctor M. Muñoz

Uno se acuesta comunista y a la mañana lo que se está quitando frente al espejo son ya legañas neoliberales.

Querido José María Fidalgo:

O sea que era así de simple. Nada de procesos graduales y otras zarandajas. Uno se acuesta comunista y a la mañana lo que se está quitando frente al espejo son ya legañas neoliberales. No obstante, te ha costado entrar, porque en el santoral de los traidores apenas quedan ya peanas libres. Son muy conocidos los casos de Pilar del Castillo, de Josep Piqué, de Jiménez Losantos, el más reciente de Rosa Aguilar o el chiripitifláutico de Pío Moa, que pasó de terrorista del GRAPO a historiador histriónico y manipulador oficial del Régimen. Todos ellos, además, suelen justificar el bandazo ideológico aludiendo a su pasada fiebre revolucionaria como una enfermedad de juventud por la que inevitablemente había que pasar para dar luego el estirón (ocurre más bien, como sostiene Ignacio Sánchez Cuenca, que todos ellos no son más que simples arribistas que han remado siempre a favor de la corriente dominante).

Pero tú, noble Fidalgo, no puedes agarrarte siquiera a esos subterfugios, pues el cambio de chaqueta te ha cogido ya un poco pollavieja. Y así hemos asistido atónitos a tu rápido y tardío viraje. De Secretario General de Comisiones Obreras en 2008 a coquetear con la FAES. De levantar el puño izquierdo a presentar las memorias de Aznar. De cantar la Internacional a sonar como candidato de UPyD. De defensor de los trabajadores a tertuliano de la Cope. ¡Joder, y todo ello a lo loco, en un santiamén y a pelo, sin la precaución de haber tomado ninguna medida profiláctica! Así que ahora vas por ahí preñado de pensamiento ultraconservador, tanto que da vergüencita ajena verte opinar en las radios.

Y digo opinar por no decir babear. Hay que tener redaños para derretirse en elogios hacia la ministra Cospedal hace unos días en el programa de Carlos Herrera en la Cope. Cómo no sería el masaje, Fidalgo, que al lado de las tuyas las preguntas del ex de Mariló Montero parecían dardos envenenados. “A la ministra solo quería darle la enhorabuena”, fue la forma de empezar tu prédica. Se trataba de justificar el aumento del gasto en Defensa, por supuesto, que personalmente siempre has creído –añadiste– muy bajo en este país. Para acabarlo de rematar, recalcaste que este gasto te parecía igual de importante o más que las pensiones. ¡Acabáramos! O sea que nuestros jubilados no tendrán un pedazo de pan que llevarse a la boca pero sí un nuevo tanque que llevarse a los ojos durante el desfile de las Fuerzas Armadas el día de la Hispanidad. Luego atizaste dos o tres veces a los de Ciudadanos, ahora que amenazan con disputarle la hegemonía a los populares, según las encuestas. Por último, le deseaste a la ministra del finiquito en diferido que siguiera mucho tiempo al frente de la cartera de Defensa. No quiero dar más detalles para ahorrarle al lector el bochorno.

No sé qué opinarán de ti tus antiguos compañeros de sindicato, Fidalgo, que son los que deben conocerte bien. Claro que todo el mundo tiene el derecho de evolucionar en su pensamiento y todas esas pamemas. Pero lo tuyo parece sacado de una mala novela, una de esas donde los personajes cambian de repente sin explicación ni justificación alguna. De abanderado de los trabajadores a tonto útil y facha oficial del reino.

Sin eufemismos, como reza la cabecera de este diario.

 

 

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