John Kenneth Galbraith

El economista visionario e incorruptible que se enfrentó a las malignas fauces del capitalismo

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El economista visionario e incorruptible que se enfrentó a las malignas fauces del capitalismo

El periódico en el que colaboraba me pidió que realizara un reportaje sobre la llegada a Bilbao del maestro de la ciencia económica, el canadiense John Kenneth Galbraith. Invitado por una entidad bancaria bilbaína, vino a dar una conferencia sobre economía, con motivo de celebrarse el Día Mundial del Ahorro. Esto sucedía el 27 de octubre de 1994.

Con sus bien llevados 86 años, el hombre de Ontario vino acompañado de su esposa Catherine Merriam Atwate Galbraith, a la que llamaba cariñosamente Kitty.

El local estaba abarrotado de público, entre ellos muchos conspicuos de las finanzas y la politiquería locales. Todos querían ver de cerca al mito de la economía. Los más enterados se sabían de memoria el currículo del conferenciante. Allí estaba el graduado en agricultura en la Universidad de Toronto, quien en los años treinta se mudó a los Estados Unidos y obtuvo su doctorado en agricultura en la Universidad de California (Berkeley); defensor de los controles de precios; liberal neokeynesiano y contrario a la sociedad de consumo; había sido profesor de economía en las universidades de California, Princeton, Cambridge, Bristol y Harvard; desempeñó cargos públicos desde la época de la Segunda Guerra Mundial, bajo el mandato de Franklin D. Roosevelt, y fue nombrado por John F. Kennedy, años después, embajador de Estados Unidos en la India.

De la nómina de sus numerosos libros destacan El capitalismo americano, La sociedad opulenta, El crac del 29, El nuevo estado industrial, Naciones ricas, naciones pobres, Historia de la economía, Breve historia de la euforia financiera y La cultura de la satisfacción.

En el más asequible de sus libros, La sociedad opulenta, se opone a la fe ciega de quienes todo lo cifran en las ventajas del crecimiento económico. Señala en el libro el peligro de instalarnos cómodamente, a través de la opulencia, siendo indiferentes hacia los excluidos de sus beneficios y su cultura. Como tan a menudo ha sucedido hasta ahora, hay fundados temores en que siga existiendo la posibilidad de desarrollar una doctrina que justifique la desatención.

La disertación de Galbraith en aquella noche bilbaína cautivó a los presentes. Muchos de ellos guardarán entre los pliegues de su memoria las palabras con las que daba fin a su intervención: “Hagamos que la eliminación de la pobreza en la sociedad opulenta ocupe un sitio importante –incluso principal– en la agenda social y política. Protejamos nuestra riqueza de aquellos que, en nombre de su defensa, dejarían el planeta sólo en sus cenizas”.

Despedido con una atronadora salva de aplausos, dejó el estrado aquel a quien el mundo académico ha valorado por su agudeza y penetración de estilo, la valentía de sus diagnósticos, el dominio de las cuestiones y la exhibición de programas de acción práctica. Se fue con su inseparable Kitty.

Once años después murió Galbraith. Alguien ha dicho que la miseria del mundo lleva mucho tiempo dirigida por computadoras desde el Pentágono. Sea o no cierto, lo incuestionable es que nada ha cambiado en la geoestrategia de las economías dominantes. Nuestra liberaloide sociedad opulenta es culpable de tener encapsulados por el hambre a millones de seres humanos. El rico, águila blasonada, nadando en oro y el pobre, gorrión de miseria, ahogándose en la nada.

[John Kenneth Galbraith (1908-2006)]

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