Joder a los nazis hablando su mismo idioma

«Estoy harta de dejar las calles a la ultraderecha» son las palabras y un poco el cartel con el que nace Aufstehen. Traducible como De Pie o Levantarse, es el movimiento presentado por Sahra Wagenknecht, presidenta del grupo parlamentario alemán Die Linke, La Izquierda. El objetivo es muy concreto: retomar la iniciativa en el debate de la inmigración, el derecho de asilo y las fronteras para arrinconar física y electoralmente a movimientos neonazis como Pegida o partidos como AfD.

La receta es clara: hablar de representación y políticas sociales en un momento en que ambas están siendo capitalizadas por fuerzas ultras. Aufstehen aspira, según Wagenknecht, a hablarle directamente a una ciudadanía huérfana de los partidos e instituciones tradicionales. A hablar el idioma de los que se manifestaron la pasada semana en Chemnitz en un acto de claras connotaciones xenófobas que acabó con episodios violentos.

«No todos son nazis», ha dicho de ellos. Tampoco oculta que Aufstehen quiere recuperar a todos los exvotantes que Die Linke sabe que secundaron a AfD. «Volver a ser interlocutores de los frustrados» ha definido el exsecretario de Estado de Exteriores Ludger Volmer, otro de los responsables.

Cómo hacerlo mete de lleno al movimiento, desde su nacimiento, en un debate incómodo para la izquierda.

Primero la comida, después la ética

«Primero la comida, después la ética», decía el dramaturgo comunista Bertolt Brecht. La frase, además de que la ha recuperado Bernd Stegemann, otro de los impulsores, puede aproximarnos al eje en el que quiere jugar Aufstehen, que también parte de militantes de Los Verdes y del SPD: volver a hablarle a la clase trabajadora de eso, de puestos de trabajo y de seguridad física en un momento en el que esta ha sucumbido electoralmente -en Alemania AfD es la tercera fuerza del Bundestag y algunas de sus propuestas en materia de pensiones para alemanes que hayan trabajado en el país al menos 35 años ya superan a las de la izquierda- a los cantos de sirena del «primero los de casa». Más materialismo y menos moralismo.

La batalla no es nueva para Wagenknecht, que lleva denunciando asuntos como la “apertura incontrolada de fronteras” a migrantes o la austeridad presupuestaria del gobierno Merkel, que a su juicio habría mermado los recursos de la policía ante atentados como el de la camioneta contra un mercadillo navideño en Berlín hace dos inviernos. La nochevieja anterior, dijo que “quien abusa de la hospitalidad, pierde el derecho a la hospitalidad” en el marco de las agresiones sexuales de Colonia. También se ha referido de manera crítica a la «cultura de la bienvenida sin límites». Y ha hablado sobre Trump: “Ha entendido que una política industrial estatal es mejor que la creación de puestos de trabajo baratos en los servicios”.

Ahora, en el texto de presentación de Aufstehen se dice que “el desarrollo de la política de asilo ha provocado una inseguridad adicional» y que «muchos ven en la inmigración sobre todo una mayor competición por los trabajos mal pagados”.

El ataque del movimiento de Wagenknecht está claramente dirigido a lo que desde la derecha se suele (des)calificar como «buenismo» de la izquierda. En ese sentido, Aufstehen no cree que abrir fronteras sin más sea «de izquierdas», e incide en la idea de que la mayor oferta de mano de obra que eso genera baja los salarios de los empresarios, que a la postre serían los mayores interesados en esto ocurra. Sus posiciones más constructivas no distan demasiado de las generales de la izquierda europea de la que quiere desmarcarse: solucionar en los países de origen las causas que generan el éxodo de personas y prohibir la venta de armas a países como Turquía o Arabia Saudí.

De abajo a arriba

A nivel mediático -y aunque está acompañado por su marido, el exministro de finanzas y expresidente del SPD Oskar Lafontaine- se está poniendo el foco de Aufstehen en Wagenknecht. Es comprensible. En Alemania es una figura política de primer nivel. Ella es la cara más visible de Die Linke y seguramente también la más problemática a nivel interno. En un congreso del partido activistas antifascistas le tiraron una tarta a la cara por su actitud, cuanto menos ambigua, con respecto a las personas refugiadas. En España El País quiso llamarla «La Pasionaria de Berlín». Reivindica la memoria de la RDA, donde nació y creció. Se afilió al SED, el Partido Socialista Unificado del régimen justo el año en que cayó el Muro. Su tesis en Económicas la hizo sobre el ahorro.

Precisamente la otra novedad de Aufstehen es que nace, en principio, de abajo hacia arriba. No importa tanto que algunos intelectuales ni pesos pesados de la política alemana lo hayan apoyado como que el movimiento surge para acompañar -y contrarrestar- una realidad. Han empezado fuerte: en menos de un mes 100.000 personas se han unido virtualmente a Aufstehen.

De su vocación de secundar al ciudadano más que de guiarle habla el hecho de que el programa vayan a elaborarlo con sus seguidores. Para ello han abierto una página en Pol.is, una plataforma de discusión colaborativa que también usan gobiernos como el de Canadá para conocer la opinión de los ciudadanos.

Entre 2012 y 2015 Europa vivió el ascenso de una izquierda que cuestionaba la austeridad impuesta por la Troika a los países del sur de Europa. En Grecia, Syriza llegó a ganar las elecciones para posteriormente capitular ante las exigencias del rescate. Ahora Aufstehen quiere coordinar esa reivindicación de soberanía nacional a nivel social con la disputa a una ultraderecha que ha visto en necesidades básicas sin cubrir y la explotación del miedo al otro, al usurpador de fuera, un cóctel eficaz para colarse en las casas, las instituciones y los gobiernos.

La pregunta es doble. ¿Será capaz un movimiento como Aufstehen del necesario robo de la agenda social a la ultraderecha? ¿O por el contrario puede contribuir a la desorientación de la izquierda y, lo que es peor, a validar precisamente las posiciones intolerantes que dice combatir?

Source www.playgroundmag.net

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