Joan Fuster depara el mismo placer si escribe sobre sor Isabel de Villena o Brigitte Bardot

Joan Fuster depara el mismo placer si escribe sobre sor Isabel de Villena o Brigitte Bardot
Enviado por Admin el Sábado, 26 de Junio de 2004 – 08:21 CET
Fusteriana


LA VANGUARDIA – 26/06/2004



ANTON  M. ESPADALER

Todo el ensayismo en lengua catalana, y de una manera avasalladora el que se escribe en Valencia, está tocado por la manera de hacer de Joan Fuster. Y se comprende. Fuster discursea con briosa contundencia, y aunque a menudo plantea dudas y esgrime con total honestidad sus desconocimientos, uno se deja vencer por un desarrollo lógico implacable que transmite una enorme seguridad, y que se aposenta no en la certeza sino en la lucidez. Desde las páginas del Tele/eXpres o La Vanguardia, Fuster hizo un periodismo que respondía al mismo rigor intelectual, a la misma manera de operar.

Quiero decir que Fuster no cedió a la tentación de reservar una manera liviana para el papel diario y otra más densa para el papel de estantería. Fuster dio con un estilo apto para los dos mundos, lo que sin duda le hizo ganar lectores y, más importante aún, mantenerlos. Un lector de Fuster se zampa con idéntico placer sus páginas sobre sor Isabel de Villena o un artículo a vuelapluma a propósito de Brigitte Bardot. Es probable que la lección de los que cimentaron su literatura sobre el periodismo no le sea ajena: Pla, y también, y por qué no, un tapado de lujo, que aún espera su reivindicación definitiva: Just Cabot.

En el origen, y con el mismo peso en uno y otro campo, están los Essais de Montaigne, un conjunto de reflexiones que nacen como escritura privada, que es la fuente primera y principal tanto del periodismo como del ensayo. Lo que en el caso de Fuster resulta revelador es descubrir que también él forjó su obra en su propia escritura privada. En unos dietarios como los que acaba de publicar un experto como Francesc Pérez Moragon: Dos quaderns inèdits (Ed. Bromera), que corresponden a los años 1954-55. Por aquel entonces Fuster aún practicaba la abogacía, lo que no era obstáculo para que tuviera una presencia relevante en los ambientes culturales, sobre todo literarios, de Valencia y de Barcelona.

El estilo ya está hecho, las preocupaciones más esenciales afloran sobradamente, los centros de interés de nuevo cuño comienzan a perfilarse, mientras el dietario toma el aspecto de un depósito del que luego extraerá material para toda clase de papeles. Tal es la riqueza de esos cuadernos que a uno le entran ganas de compararlos con aquel saco sin fondo que significa el Diari.1918 para J.V. Foix. Los años cincuenta no daban para demasiadas florituras, por lo que la mayor parte de lo que se anota en el diario difícilmente hubiera podido publicarse. La página confidencial, sin embargo, no tiene por qué ser siempre clandestina. Un diario es el lugar idóneo para recoger un anecdotario la mar de sabroso al que el paso del tiempo acaba dando dimensión histórica. No quisiera quemar la curiosidad del futuro lector, pero merecería que llegara a formar parte del dominio común lo que se cuenta sobre la visita acompañando a Vicente Aleixandre a casa de un remilgado Juan Gil- Albert, con el poeta Vicente Gaos soltando sapos; o sobre el mítico Congreso de Poesía de Santiago de Compostela, en el que, entre otras extravagancias de no menor calado, José María de Castroviejo intentó marear, literalmente, a los vates meseteños, llevándoles a alta mar en día de ventolera, y en el que Luis Rosales y José García Nieto competían en ingenio, y Carlos Edmundo de Ory emprendía alocadas hazañas, mientras Carles Riba aguantaba el tipo. Emerge entonces un Fuster narrador, que puede ser un gran descubrimiento.

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